Vitruvianos, talosianos y otros monos cabezudos

08/11/2018 4 comentarios
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Veneramos a la diosa Inteligencia, pero con recelo, porque tenemos mucho miedo de su cordura, que puede ser tajante y despiadada.

Los Talosianos del episodio piloto de Star TrekAntropología y neurociencia están atrapadas en este bucle conceptual generado por ser los humanos sujetos y objetos del mismo estudio, perdidos en una circularidad donde la mente sondea la mente, el ser pensante reflexiona sobre el pensar, y el ojo intenta mirar por el otro lado de un espejo que, con el mismo propósito, le devuelve la mirada. Pero, aunque pueda generar algunos conflictos de interés, a veces no viene mal ser al mismo tiempo observador y observado. En este sentido, la antropología siempre ha tenido una ventaja sobre otras disciplinas: su objetivo (el ser humano) tiene una talla física muy cómoda, que se ajusta a la vida cotidiana y tecnológica del investigador. Quien trabaja con células o galaxias se tiene que apañar para ver algo que no se ve, manipular algo que no se toca, medir algo que está en una escala ajena a su realidad. Sobre todo, quien trabaja con algo más pequeño que un perro o más grande que un caballo tiene que inventarse herramientas adecuadas para llevar a cabo sus medidas. En cambio, nuestra realidad diaria está diseñada para los seres humanos, y entonces es perfecta para desarrollar estudios sobre algo de su mismo tamaño, que somos nosotros mismos. No en vano, los antropólogos siempre han sido pioneros en técnicas y métodos, un poco porque les gusta vagabundear entre disciplinas, un poco porque son inquietos y curiosos, un poco porque lo han tenido más fácil, indagando sobre algo que encaja perfectamente con espacios y tecnologías habituales. Se puede hacer antropología con herramientas tomadas en préstamo de donde sea, y los ejemplos van desde el metro del sastre hasta la tomografía computarizada del hospital más cercano, desde la bascula del baño hasta la cinta para correr del gimnasio. Con insectos, células o galaxias, las cosas hay que diseñarlas adrede, justificando con antelación la inversión tecnológica y enredándose en problemas técnicos desconocidos. En fin, todo ello nos lleva a la antropometría, la medición del ser humano, un ser que, como en el famoso Hombre de Vitruvio de Leonardo, es explorador de un espacio donde se usa a sí mismo como unidad de medida, y por supuesto como criterio de comparación.

La medición ha sido desde siempre la base de la investigación, pero en antropología tenemos que esperar al siglo XVIII para que el afán de medir se incorpore definitivamente a los principios básicos de la disciplina. Desde entonces hemos intentado medir todo lo que atañe a nuestras características personales, a veces con resultados increíbles, a veces perdiéndonos en cábalas numéricas que solo han generado dolor de cabeza, mitos y leyendas. Lo más directo es medir el cuerpo, pero nos hemos otorgado la medalla del ser sapiente, y no es de extrañar que desde los primeros pasos de la antropometría alguien intentara medir también nuestras capacidades cognitivas. Los frenólogos intentaban predecir comportamientos y habilidades a través de la anatomía del cerebro, y la psicología experimental indagaba las capacidades sensoriales, perceptivas y mentales de las diferentes poblaciones y razas, intentando descodificar las bases comportamentales de la diversidad humana. La psicometría hoy en día diseña tests y pruebas para intentar cuantificar los diferentes aspectos de la cognición y del comportamiento, para comparar grupos, evaluar potencialidades y limitaciones de cada uno, e investigar correlaciones de las capacidades cognitivas (mnemónicas, espaciales, lingüísticas, matemáticas, etc.) con factores internos (la biología) y externos (la cultura).

En este sentido, la sociedad humana desde siempre ha conferido el valor supremo a algo que llamamos «inteligencia», y esto es algo curioso, considerando que no tenemos ni idea de lo qué es. Definiciones hay muchas, estudios hay muchísimos, pero queda claro que estamos hablando de un concepto que es altamente subjetivo, que no puede tener una medición rigurosa, y que además cambia sensiblemente en el tiempo (en diferentes épocas históricas) y en el espacio (entre culturas diferentes). Su interpretación y su valoración dependen sensiblemente del contexto y de los objetivos. Es decir, dividimos desde siempre el mundo en listos y tontos, en función de un criterio que ni siquiera tiene una definición clara.

En realidad habría una forma de medir la inteligencia, aunque no pasa por la biología. En su iluminador librecillo Allegro ma non troppo (Las leyes fundamentales de la estupidez humana), Carlo Cipolla define a los inteligentes como las personas que logran hacerse bien a sí mismos haciendo, al mismo tiempo, bien a los demás. Las otras tres categorías son los incautos o mártires (que se dañan a sí mismos para hacer bien a los otros), los malvados o ladrones (que dañan a los demás en beneficio propio) y evidentemente los estúpidos (que se perjudican a sí mismos a la vez que perjudican a la sociedad). En realidad, muchas veces el ladrón y el incauto logran algo a corto plazo pero no beneficios a largo plazo, con lo cual es posible que el esquema de Cipolla, si lo vemos en perspectiva, se pueda simplificar dejando solo dos categorías. De hecho, incluso el ladrón, si es inteligente de verdad, entiende que como parásito es mejor evolucionar en una simbiosis que potencie los recursos de sus huéspedes y aumente sus ingresos energéticos para poder chupar más del bote, y no matarles, ya que ello cortaría el grifo de su propio sustentamiento (la velada crítica a la política y a sus gestores es intencionalmente casual).

El gráfico de Carlo Cipolla

Más allá de lo que nos parece recomendar el sentido común, hoy en día tenemos, de todas formas, muchas herramientas para trabajar con el concepto de inteligencia a nivel estadístico y antropométrico, y un sinfín de estudios con muchos números y conclusiones. Pero tenemos que recordar que todo está sujeto a convenciones y definiciones, pruebas y tareas específicas diseñadas para simplificar el complejo comportamiento humano, fórmulas algebraicas que siguen criterios formales, y muestras más o menos grandes pero nunca tan grandes como para abarcar la asombrosa variabilidad de nuestra universal y polifacética especie. En muchos casos no hemos logrado identificar factores biológicos (anatomía, fisiología, genes) determinantes para cazar las claves de esta indefinible inteligencia. En otros casos sí que hemos encontrado factores probablemente involucrados, pero que generan «tendencias», más que reglas. Es decir, delatan un sustrato biológico, pero parcial, insuficiente para contar toda la historia. Muchas evidencias sugieren que unas cuantas funciones del cerebro sencillamente varían en proporción al número de neuronas, aunque luego no parece que haya acuerdo sobre si esto se asocia a más o mejores habilidades. También se sabe que hay cierta correlación entre algunas dimensiones cerebrales y la puntuación de algunas pruebas psicométricas, pero, cuando la hay, en general explica solo un 20% del resultado. Esto quiere decir que incluso cuando el 20% de las respuestas psicométricas se deben por ejemplo a ciertos factores biológicos, el restante 80% se debe a «otros factores», personales, individuales, idiosincráticos, probablemente culturales, a veces casuales, que hacen de cada persona un mundo aparte.

Pero lo más sugestivo de todo esto es que, aparte de conferir el valor máximo de nuestra capacidad cognitiva a un concepto que no sabemos cómo definir o como localizar, además le tenemos cierto miedo e incluso cierta intolerancia, lo cual, además de raro, suena también algo hipócrita. Siempre hemos tenido cierto conflicto con lo que llamamos «inteligencia», una situación de amor y odio, donde reconocemos su valor soberano pero a la vez desconfiamos de sus excesos. Un exceso de estupidez pasa a menudo desapercibido, excusado o tolerado, mientras que un exceso de agudeza se paga frecuentemente con aislamiento y sospecha, y en muchos casos se ha pagado incluso con la muerte. El genio se queda genio hasta que sale rentable a los que no los son, pero si no se puede sacar tajada de él, entonces no se tarda nada en cambiarle la etiqueta por la de loco, lo cual delata una frontera borrosa y contingente entre locura y sabiduría. La inteligencia es el valor supremo, pero te puede poner en apuros y, cuando esto pasa, lo que te aconsejan es ... ¡hacerse el tonto! Es una situación paradójica y confusa donde, aunque el ser humano presume de animal sesudo, luego interpreta un exceso de lógica como una pérdida de humanidad. Juicio y sensatez nos hacen humanos, pero es opinión común que en dosis excesivas nos hacen perder la misma humanidad que nos han otorgado. Es decir, el nivel de «humano», precisa una «cierta dosis» de capacidad mental, que no hay que pasar ni por defecto ni por exceso si no se quiere perder la afiliación a la tribu. Y esto porque, aunque fardamos de raciocinio, a la vez tenemos mucho miedo a sus consecuencias. Glorificamos y exaltamos la inteligencia cuando estamos arriba en el púlpito, pero luego, en lo cotidiano, exigimos niveles de juicio, agudeza y coherencia mucho más moderados, por no tener que confesar culpas y limitaciones de una especie que, a pesar de su inversión evolutiva en la capacidad de razonar y de pensar, al fin y al cabo sigue siendo un simio más, con todos sus instintos y sus debilidades. No hace falta hurgar en los muchos casos en que nuestra sociedad, alabando la inteligencia como valor indiscutible, luego promociona, apoya y defiende modelos y ejemplos de éxito que, precisamente, se alejan patentemente de ella.

En el episodio piloto de Star Trek, los Talosianos, humanoides hipermentales con grandes frentes abultadas y de frágil corpulencia, necesitan esclavos humanos para recuperar su desastrosa sociedad, aunque finalmente deciden recular por ser estos terrestres demasiado violentos. No sabemos qué ha sido de aquel planeta, pero sí que sabemos que el episodio no tuvo éxito con los productores de la serie, y se rechazó por ser —paradójicamente— demasiado «cerebral». Los alienígenas de todas las épocas, proyecciones subconscientes de nuestros miedos e incertidumbres, nuestros otro-yo futuristas y evolucionados, delatan nuestra desconfianza hacía una excesiva masa neuronal. Frente a sus bulbosas cabezas hinchadas por un macrocerebro hipertrófico y superanalítico, en nuestros guiones siempre acaban mal, a veces por insensibles y codiciosos, a veces por haberse cargado —a pesar de su gloriosa superioridad intelectual— sus hermosos planetas. Entonces, según una larga y firme estadística de películas de ciencia ficción, un gran cerebro conlleva una pérdida de valores humanos, y casi seguro que está correlacionado con extinción. Oído cocina, terrícolas, que por fardar de ser tan listos acabaréis siendo vosotros mismos, antes o después, ¡vuestro mayor peligro!