Charlton Heston besa a la doctora Zira en el Planeta de los Simios, 1968.Clasificar es una necesidad básica de todas las ciencias naturales. Clasificar es necesario para poner en orden una variabilidad a menudo sorprendente e indomable. Es necesario para comunicar, compartiendo nombres y conceptos. Es necesario para analizar y para comparar, y ambas actividades necesitan "muestras", es decir grupos suficientemente amplios y homogéneos para representar ciertos modelos animales, vegetales o minerales, así como sus posibles variaciones. La sistemática intenta poner orden entre estos grupos, y la taxonomía los nombra según reglas convencionales. El nivel de especie es el ladrillo esencial de todo este código, y puede que tenga cierto significado biológico, representando a su manera una unidad evolutiva y reproductiva. Pero aun así este pilar de la clasificación es mucho más resbaladizo de lo que parece, y sus fronteras son más borrosas de lo que se suele imaginar. Todos los demás niveles taxonómicos, desde las razas hasta las familias o los órdenes, son totalmente arbitrarios y convencionales. Se trata de ponerse de acuerdo para desarrollar un lenguaje común, intentando marcar algunos criterios que pueden ser útiles a la hora de individuar similitudes y diferencias. Existen algunas instituciones que son de referencia taxonómicas para la comunidad internacional, y existe una cantidad inmensa de bibliografía donde especialistas de todos los grupos biológicos, grandes y pequeños, proponen nomenclaturas y marcan pautas terminológicas. Pero en realidad no existe regla indiscutible, más allá del sentido común. Un sistema convencional como este puede generar "escuelas" y "tendencias", pero no puede dictar leyes, y mucho menos verdades.

Las dos principales perspectivas históricas que se enfrentan en este debate son la escuela fenética (que clasifica y agrupa en función de la similitud biológica) y la escuela cladística (que clasifica y agrupa en función del nivel de parentesco evolutivo). La primera es más tradicional, la segunda está más en boga básicamente por fardar del aval molecular. En el primer caso se intenta aproximar el modelo biológico de una especie, considerando todos sus caracteres (anatomía, fisiología, bioquímica, etc). En el segundo caso se usa el grado de similitud genética como estimación aproximada de la cercanía evolutiva. Ambas elecciones tienen sus defensores y sus detractores, sus límites y sus ventajas. Pero la naturaleza no sabe de genética o de anatomía, y los procesos evolutivos no conocen la matemática de los algoritmos de agrupación. Nuestras clasificaciones son intentos decentes de organizar la variabilidad evolutiva en cuadriculas que, sencillamente, no existen. Nos viene muy bien y nos ayuda mucho, pero tenemos que ser conscientes de los límites.

La antropología evolutiva en las últimas décadas ha vivido un momento histórico de miedo a las diferencias. Después de los excesos del siglo pasado, donde las diferencias (de sexo, de raza o de especie) todavía llevaban a la persecución de los ajenos y a las peores atrocidades del género humano, nuestra cultura occidental ha intentado responder alejándose del riesgo más que enfrentándose a los problemas. Confundiendo similitud biológica con derecho e igualdad moral, hemos intentando suavizar las diferencias, hasta negándolas, cuando fuese posible. Esta oleada de nivelación ha alcanzado todos los sectores de la antropología, incluso la interpretación de los fósiles y de los primates en general. Los neandertales han pasado de ser pintados como brutos animales a ser representados como guerreros majos y sonrientes, espabilados y orgullosos, hasta atractivos. Pasando por alto las muchas diferencias entre ellos y los humanos modernos, se les ha hecho el feo de moverlos de una posición de humanos atrasados e imperfectos a humanos como nosotros sin más. Es decir, se sigue descuidando la posibilidad de reconocer sus cientos de miles de años de evolución independiente, de reconocer su derecho a ser diferentes, de reconocer que puede haber existido una alternativa, perfectamente legítima pero distinta, a nuestro modelo humano actual. O sea, parece que no hay elección: o brutos, o como nosotros. O iguales o peores: "diferente" no es una opción.

Los simios antropomorfos han sufrido el mismo destino. Para intentar sobrevivir a la persecución y a la tortura, han tenido que pasar de un estatus de ser primitivo a una condición de pariente cuanto posible más cercano. Otra vez, parece que nos cuesta reconocerles los millones de años independientes que han recorrido desde que hemos compartido nuestro antepasado común, años que han generado algo distinto y que, efectivamente, no parece humano. También a nivel de lenguaje, en el intento de denegación de las diferencias se utiliza la misma palabra "herramienta" para un palillo como para un pendrive, y la misma palabra "cultura" se aplica tanto al lavado de una patata como a las obras de Unamuno. Más allá de las posibles diferencias en los mecanismos y procesos que están detrás del producto evolutivo, se pasa totalmente por alto la diferencia, abismal, en grado. Comparando un rasguño coloreado en una cueva con la Capilla Sixtina, se concluye con soltura: somos todos iguales. Y el novio Tarzán, hombre asilvestrado de rasgos hollywoodiano pero con alma y grito de mono, puede besar a la novia Zira, científica peluda, bípeda y moral, mona sabia de aquel planeta de los simios que antaño pertenecía al género humano, Edén perdido por ambos bandos en un exceso de falsa cordura.

Los nombres son las verdaderas esencias de nuestros conceptos y de nuestra capacidad de razonar. Nombrar es necesario para pensar. Un nombre orienta el pensamiento, influye sobre las relaciones que somos capaces de ver o de entender. El conocimiento moldea los nombres, y a su vez los nombres moldean el conocimiento. Hasta la década pasada se utilizaba el término de "Homínidos" para identificar la familia (Hominidae) que incluye los humanos (el género Homo) y sus linajes extintos (básicamente los australopitecos). Las similitudes genéticas entre humanos y chimpancés dieron la clave para empezar el proceso de nivelación de las diferencias taxonómicas, dando más importancia a la distancia molecular (porcentaje de genes símiles) que no al resultado evolutivo (las más que patentes diferencias biológicas entre un ser humano y un simio antropomorfo). Todo ello se amparaba detrás de la buena intención de proteger a los primates no-humanos de los abusos de los primates humanos. Lástima que esta aproximación esconda un riesgo importante: se da por hecho que hay que respetar solo a los que son como tú, solo a los que son de tu gremio, y solo a los que han pasado las pruebas que lo demuestren. Es decir, esta aproximación, que supuestamente defiende a los ajenos bajo el principio de igualdad evolutiva, es más bien una variante amistosa de un racismo/especismo ingenuo y emocional, que exige pruebas de afinidad tribal para defender el individuo. La idea de que solo merece respeto el que se parece a mí es, desde luego, peligrosa, y no habría que confundir diversidad biológica e igualdad de derechos.

Pero estas cosas se suelen entender solo cuando el daño ya está hecho, y en poco tiempo se dio el cambiazo terminológico. Algunos propusieron hasta poner humanos y chimpancés en el mismo género zoológico. Otros se conformaron con que compartieran por lo menos la misma familia. Claro está que, a pesar de que todo el mundo sabía de qué iba la cosa, llamar a un chimpancé o a un gorila "homínido" cuesta un poco. Así que la cosa más sencilla fue simplemente esconder el término bajo de la alfombra. La palabra "homínido", para referirse a los humanos y a sus linajes extintos, fue borrada de los escaparates académicos, y sustituida por "hominino". Con este cambio se limita nuestro grupo filogenético más homogéneo y característico a una subfamilia (en taxonomía, identificada por sufijo "–inae") o hasta a una tribu ("-ini"), dando por entendido que la familia es el rango superior, que incluye por lo menos "algunos" (sin especificar para no meterse en jardines) simios antropomorfos. Todo esto suena un poco raro en zoología, por dos razones. La primera es que entre los primates el "modelo biológico común" suele ser agrupado en el nivel taxonómico de la familia. Y, en este caso, no cabe duda de que un gorila y un ser humano no parecen ser alternativas diferentes de la misma idea. Segundo, estos menudos detalles en la nomenclatura no suenan muy serios porque utilizar una taxonomía tan fina como el nivel de subfamilia o hasta de tribu requiere un conocimiento muy avanzado de la variabilidad evolutiva. En el caso de insectos u otros grupos zoológicos numerosos, es más fácil porque hay más información y más variabilidad, pero en el caso de los humanos es casi imposible. Los pocos restos de los pocos fósiles de las pocas especies no dan garantías taxonómicas irrefutables. En paleoantropología es casi imposible conocer con suficiente confianza el nivel, mucho más grueso, de especie o de género, ¿cómo puedo pretender ir más adentro, hasta evaluar niveles mucho más borrosos como la subfamilia o la tribu? Solo lo puedo hacer de una forma: confesando que es una pura especulación basada en opiniones personales. Una sensación, una corazonada, o un prejuicio.

Ahora bien, a pesar de estas incoherencias patentes, la gente no se hizo muchas preguntas y adoptó los nuevos dogmas académicos sin más. Al revés, la moda se expandió con una fuerza y una dinámica muy interesante, porque el uso de la nueva terminología se presentó como credencial de modernismo y popularidad: utilizar un nombre u otro revela si eres una joven promesa o un viejo carca, si eres "de los hunos" o "de los hotros". En algunos contextos editoriales si utilizas la nueva terminología (Hominino) no te preguntan nada, pero si utilizas la vieja (Homínido) te piden justificarlo y, a ser posible, cambiarlo. Recientemente he leído un artículo de un antropólogo muy competente que mencionaba la necesidad de algunos análisis sobre "homininos y hominoideos", es decir, utilizaba la subfamilia en boga para los humanos (homininos) y la superfamilia aún lícita para todos los simios antropomorfos (hominoideos), saltándose patentemente el nivel intermedio de familia para no tener que pronunciar la palabra prohibida (homínidos). Optó por evitar el término "homínidos" para no parecer obsoleto y para no desentonar con las modas académicas, pero al mismo tiempo evitaba también utilizar este término para un chimpancé, recurriendo al nivel taxonómico superior (la superfamilia, con el sufijo –oidea), a pesar de que esto conllevase manifiestamente el destierro cruel del grado taxonómico intermedio de toda la vida (homínido).

Este cambio aparentemente poco sensato en la nomenclatura corriente ha podido ocurrir, en mi opinión, por dos razones principales. En primer lugar, la competencia taxonómica. Los entomólogos trabajan con miles de especies de insectos, con lo cual necesariamente tienen que desarrollar un control muy competente sobre los principios de la clasificación. En cambio, los antropólogos trabajamos con un puñado de bichos, y un conocimiento fino de los criterios de la nomenclatura no es requisito esencial. Es decir, los antropólogos no controlamos el tema, y si la sociedad académica dicta un decreto sobre sistemática y taxonomía (por la razón que sea) lo aceptamos sin más. Cuando pregunto sobre el motivo de utilizar "Hominino" en lugar de "Homínido" en general me contestan "porque la regla lo dice así", desconociendo que no existe ninguna regla. Algunos retoman el tema del porcentaje de genes en común, desconociendo que los rangos taxonómicos no tienen correlaciones o umbrales constantes con la distancia genética o biológica. Es decir, se repite el mantra, sin más.

La segunda razón del éxito del "golpe" taxonómico se debe a sus escasas consecuencias. Los que trabajan con miles de especies tienen que tener cuidado, porque cualquier cambiazo puede desbaratar el panorama igual que un terremoto. Pero en antropología, seamos sinceros, muchas veces llamar con un nombre u otro tampoco nos cambia la vida. Los demás cambios terminológicos son más una cuestión de opinión personal y geopolítica institucional porque, con tan pocas especies y tan poca información, las combinaciones y las perspectivas son muy escasas y todas igualmente posibles, en comparación con grupos taxonómicos mucho más numerosos.

Total, el diktat de la sociedad académica fue tomado al pie de la letra, un poco por desconocimiento general, un poco porque no cuesta realmente nada quedar bien con la peña sencillamente cambiando un sufijo que ni nos va ni nos viene. A lo mejor algo sufren la lógica y el rigor científico, pero qué le vamos a hacer, el investigador a menudo necesita respaldo más que coherencia, y muchos siguen pensando que, como se suele decir, ¡es mejor vivir tranquilo que tener razón!

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Sobre nomenclatura y taxonomía os invito a leer dos artículos publicados en este mismo blog, uno sobre el concepto de especie y el otro sobre el concepto de raza.

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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