Hace unos meses encontré en la bandeja de entrada un e-mail inesperado. El consulado alemán en Málaga me proponía un encuentro con el Presidente del Grupo parlamentario Los Verdes y Diputado en el Parlamento Alemán, el señor D. Anton Hofreiter. La preocupación por el origen de los alimentos que un alemán medio consume, ponía el foco en las provincias de Almería y Murcia, de donde salen buena parte de las hortalizas que se consumen en Alemania.

La comitiva del señor Hofreiter arrastró a varios periodistas, así que mis palabras, y las de otros expertos, acabaron en un artículo de Le Monde que más tarde atrajo el interés de otros medios. En definitiva, todos preguntaban lo mismo: ¿de verdad son ecológicos esos tomates que nos comemos en Francia, Alemania, Dinamarca...? Y la verdad es que no.

Claro que la verdad es algo difícil de precisar. Hay muchas verdades relativas que revolotean alrededor de la verdad absoluta, un enigma inalcanzable. En ciencia decir que algo es "verdad" no deja de ser una temeridad y, como mucho, nos atrevemos a proponer teorías, a sabiendas de que en algún momento algún dato las desbancará y una nueva teoría desbancará nuestra "verdad".

Si nos ceñimos a la legalidad vigente, hemos de decir que los tomates son ecológicos, puesto que se producen de acuerdo al Reglamento (CE) nº 834/2007, que determina qué prácticas y productos son obligatorios para que un alimento lleve la etiqueta "eco" o "bio". Si por ecológico entendemos todo sistema de producción de alimentos alternativo al industrial, en el que se cultiva de una manera completamente sostenible (es decir, sin poner en juego el futuro de los recursos naturales que se utilizan en la producción), entonces no podemos decir que los tomates, pimientos, etc. sean ecológicos; están muy lejos de serlo.

En realidad la pregunta que hacen los consumidores europeos es un poco naive. No puede ser muy ecológico un tomate que viaja en camión 3.000 km. Ni puede serlo un cultivo que es propio del verano y que, por una acumulación de aberraciones, resulta que se produce en cualquier época del año excepto en el verano. En efecto, las tomateras (que ya no son tales, sino una especie de plantas trepadoras sostenidas por un entramado de alambres) se plantan en septiembre y se arrancan en junio. Es imposible encontrar un tomate en verano en un invernadero del sureste español. Están de vacaciones. Más allá de estos "pequeños" inconvenientes, el señor Hofreiter quería saber cómo se producen realmente esos tomates y demás hortalizas. El grupo de expertos, entre los que me incluyeron, dimos cuenta de algunos detalles más que, definitivamente, hundían en el barro esa idea quimérica del producto "ecológico" que aún se sostiene entre muchos consumidores. El fabuloso etiquetado y la publicidad juegan un papel definitivo para sostener en el imaginario colectivo esta idea del agricultor bondadoso y hacendoso que flota alrededor de lo "ecológico".

Hay tres cuestiones clave que alejan la producción en invernaderos de esa romántica idea del productor que cultiva la tierra con mimo y espera pacientemente, entre cantos de mirlos y bucólicas puestas de sol, que la planta dé sus frutos.

Lo primero y más crítico es que las más de 30.000 hectáreas de invernadero de la provincia de Almería se basan en la sobreexplotación de acuíferos costeros que se han ido salinizando debido a las bestiales extracciones de agua de las últimas décadas. La intrusión marina está detrás, paradójicamente, de que el principal cultivo sea el tomate. No es una tradición histórica ni una querencia especial. Es que este cultivo es el que mejor soporta aguas con alto contenido en sal. Muchas de las apreciadas variedades, como el raf, no tienen su origen en la búsqueda de paladares selectos, si no en el diseño de algo que aguante aguas más y más salinas.

El segundo problema es que el modelo productivo necesita mucha energía para mantenerse. Además de tener que bombear a profundidades cada vez mayores (no es un pozo de 10 metros en el que nuestro animoso granjero saca un cubo de agua con su burrito; son perforaciones de 500 m bombeando agua a base de quemar diésel), el transporte (más de 2000 camiones salen de la provincia a abastecer los mercados europeos cada día), y el mantenimiento de unas condiciones de humedad y temperatura estables en el invernadero, suponen un gran gasto energético. Este segundo inconveniente podría ser mucho peor si la principal alternativa para suplir a los acuíferos, las plantas desaladoras, se pone en marcha. En efecto, a día de hoy, todas estas desaladoras funcionan con combustibles fósiles y requieren unas cantidades extraordinarias de energía para extraer agua dulce mediante ósmosis inversa (1,4 kgCO2eq/m3).

El tercer problema es de índole social y echa por tierra esa cándida idea del agricultor dedicado felizmente a cultivar su granja. Los invernaderos han pasado de ser negocios familiares a pertenecer a grandes multinacionales que, entre sus objetivos, necesitan satisfacer a sus inversores. Para ello se necesitan cuentas de resultados suculentas, que se consiguen disminuyendo costes. Y el coste laboral es un incordio. Así que una baja remuneración salarial ayuda en ese sentido. Pero ¿quién está dispuesto a trabajar en un ambiente sofocante, durante las horas que sean necesarias, sin contrato, y sin protestar? Los inmigrantes ilegales.

Así que ahí está el cóctel explosivo de la agricultura "ecológica" de los invernaderos que suministran a los europeos buena parte de los alimentos frescos. No hay muchos sitios por dónde cogerlo. Aunque hay una asidera francamente tentadora: el precio. En general, cuando vamos a comprar algo, el principal criterio que utilizamos es el precio. Solemos buscar lo más barato. Un segundo criterio, un par de órdenes de magnitud inferior, es considerar la calidad del producto. De este criterio no se libran los alimentos, aunque nos los comamos y formen parte de nuestros tejidos.

Poco a poco se han ido abriendo paso ciertas sensibilidades en relación al medio ambiente y la salud. Empezamos a estar interesados por la manera en la que se producen las cosas. Y estamos dispuestos a pagar algo más si los tomates son saludables (porque no llevan pesticidas ni vaya usted a saber qué) y si cultivarlos no implica destrozar el medioambiente. Pero a la vez queremos tomates perfectos, brillantes, homogéneos. Y que no valgan el doble que los tomates convencionales. El hecho de que el mercado certifique que determinados productos cumplen con esas nuevas sensibilidades nos viene muy bien. Podemos tener la conciencia tranquila pagando un poquito más. Producir de una forma tradicional, como esa que imaginamos cuando pensamos en 'ecológico' significa varias cosas que no encajan en este mundo acelerado y caprichoso que hemos construido: (1) La cesta de la compra sería bastante más cara; (2) No tendríamos de todo todo el año; (3) Habría que modificar o romper unos cuantos acuerdos comerciales; (4) Seríamos más vulnerables a problemas de desabastecimiento (5) Olvídense de esos bonitos productos que refulgen en los estantes de los supermercados. La cara más amable del cambio sería: (1) Comeríamos menos cantidad, mucho más adecuado a nuestras necesidades reales; (2) Eso, junto a que los productos serían naturales, nos mejoraría la salud; (3) Desde luego el medioambiente estaría bastante mejor.

La preocupación por no pasar hambre puso en marcha la denominada revolución verde (de nuevo resulta paradójico el uso de adjetivos que no se adecúan en absoluto a la realidad de los objetivos que persiguen). A base de modificaciones genéticas, riego, insumos químicos y pesticidas que no dejaban un bicho vivo, se consiguió triplicar el rendimiento por hectárea. Las secuelas en el medio y en la salud de esta agricultura industrial son patentes: erosión del suelo, contaminación del agua por nitratos y fosfatos, pérdida de biodiversidad, desecación de ecosistemas fluviales, etc. El contrapunto a este modelo productivo tan nocivo para la naturaleza podemos leerlo en Primavera silenciosa. En este libro, la bióloga Rachel Carson denuncia, con ejemplos y datos, el efecto devastador del uso masivo de pesticidas y productos químicos. Su mensaje, que podría resumirse en que rociar el planeta con DDT podrá darnos de comer pero matará a todas las aves y las primaveras serán silenciosas, logró que el DDT se prohibiese en Estados Unidos (después otros países seguirían el ejemplo).

Parece como si el único vínculo entre agricultura industrial y medioambiente fuese el uso de sustancias químicas. Así lo parece reflejar el reglamento de producción ecológica, en el que se muestra un decálogo de intenciones y propuestas muy interesantes pero que finalmente solo obliga, para ser ecológico, a reducir el uso de determinadas sustancias y a evitar otras. Con estas únicas obligaciones, lo ecológico queda muy lejos de lo sostenible. Los consumidores incautos (que somos casi todos los que no conocemos los entresijos de la producción de alimentos) no son los únicos que sufren esta especie de engaño legal. Uno de los principales sectores que vive el drama en primera persona son los agricultores verdaderamente ecológicos, que los hay.
Aunque la mayor parte de ellos se acogen a este etiquetado para al menos disfrutar de las ventajas de un precio final algo mayor, se resisten a que se les denomine "ecológicos". Llaman a la agricultura "ecológica" agricultura "certificada", pero creen más oportuno denominar su manera de producir alimentos como agricultura "regenerativa", puesto que sus métodos de producción son un verdadero ciclo natural, donde los residuos sirven para producir nuevos alimentos.

Es necesario que una agricultura verdaderamente sostenible se convierta en una alternativa real, y deje de ser una variante del negocio del modelo industrial actual (una lectura interesante en este sentido es El dilema del omnívoro, de Michael Pollan). Si queremos combatir con éxito la plétora de problemas medioambientales que nos asolan y nos preocupa nuestra salud, debemos cambiar el modelo productivo. Para ello se debe legislar en ese sentido, siendo mucho más exigentes y rigurosos, y certificar lo que se produzca de manera sostenible. Mientras tanto, asistiremos a un baile de denominaciones cada vez más estrambótico: agro-ecológico, bio-dinámico, orgánico, ecológico...

PD. El señor Hofreiteir y su comitiva se marcharon un tanto sorprendidos por las múltiples aristas que ofrecían esos tomates supuestamente ecológicos: sobreexplotación de acuíferos, contaminación de suelos, residuos plásticos, intrusión marina y mano de obra ilegal. Eso sí, la lucha contra las plagas era con abejorros.

Fernando T. Maestre y Santiago Soliveres
Fernando T. Maestre y Santiago Soliveres

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad Rey Juan Carlos. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". Perfil en twitter

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE.UU. y Marruecos, sobretodo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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