«Algo realmente grave debe de estar pasando con esos tomates como para tirarlos, con lo árido que es este lugar y lo que cuesta producirlos. Estarán infectados y por eso los llevan a destruir, para que no se propague el virus o las bacterias, o lo que sea que tengan.» Esta era mi cándida reflexión, al poco de haber llegado a vivir a Almería, cuando me cruzaba en la carretera con remolques colmados de tomates que, era evidente, no iban a ninguna cooperativa. Amontonados, sin estar convenientemente colocados en cajas, estaba claro que no iban a comercializarse. El goteo de contenedores repletos de tomates que se desaparecían por caminos polvorientos era continuo. Con el tiempo, gracias a un amigo aficionado a dar paseos en bicicleta por caminos apartados, averigüé dónde iban a parar esas y otras hortalizas.

Tomates tirados por su bajo precios. Foto: Alberto Guerrero

Hace unos meses decidimos, desde el Instituto Multidisciplinar para el Estudio del Medio (IMEM), de la Universidad de Alicante, en el marco del proyecto Biodesert, investigar sobre este tema. Lo que encontramos es sorprendente y confirma la teoría de la racionalidad limitada de Herbert Simon. En efecto, en la zona con el mayor déficit hídrico de Europa se cultivan hortalizas que después se tiran. Lejos de ser una práctica ilegal está soportada por las ayudas de la Política Agraria Comunitaria, ya comentamos esto brevemente en otro post. Así que en lugar de gestionar adecuadamente los recursos hídricos, a lo que obligan distintas leyes, nos encontramos que un alimento en perfecto estado se tira a la basura. Existe una explicación económica para esta práctica, lo cual demuestra que los razonamientos meramente económicos, apoyados por la 'racionalidad' del mercado adolecen de unos principios éticos básicos e ignoran hechos como que millones de personas pasan hambre. Veamos primero el contexto de la situación para intentar comprender lo absurdo de la misma.

La provincia de Almería estaba a mediados del siglo pasado, en el furgón de cola de la economía nacional. Una tierra aislada, seca, donde buena parte de sus recursos forestales se los había comido la minería, veía cómo la gente emigraba en busca de un mejor futuro. Este es el territorio más árido de la Europa continental, con más de 3.000 horas anuales de sol y una precipitación media de 250 mm. La industria del esparto fue una de las pocas oportunidades económicas que tuvo este lugar tras el colapso de la minería y la escasa agricultura de regadío se concentraba alrededor de las ramblas.

Entonces ocurrió lo que se ha convenido en denominar el 'Milagro Almeriense'. Los ensayos experimentales del IRYDA consiguieron desarrollar una técnica de cultivo, denominada enarenado, que prometía buenos resultados. Con el apoyo del agua subterránea, el suelo artificial y las defensas contra el pertinaz viento de la zona, comenzó la producción de hortalizas en la región. En 1965 había 3 hectáreas de invernaderos; en 1999 se alcanzaron las 25.000. Este crecimiento exponencial tuvo lugar gracias a: (i) una fuerte demanda de productos de este tipo en los mercados europeos (en los años 80 se exportaba el 10% de la producción y hoy esa cifra es del 80%) y (ii) el uso de aguas subterráneas.

Evolución de la superficie de invernaderos en la provincia de Almería (1966-2019). Fuente: <a href="https://www.publicacionescajamar.es/series-tematicas/informes-coyuntura-analisis-de-campana/pagina/1">Informes de Coyuntura de las campañas horticofrutícola, CAJAMAR</a>.

Tras esa fase de crecimiento desmelenado los recursos hídricos se han visto seriamente dañados. Así, un Real Decreto del año 1986 declaró sobreexplotados los acuíferos de Níjar y Dalías (y otros) y obligaba a detener el crecimiento de la superficie de invernaderos y el volumen de agua extraída. La superficie de invernaderos ya ha superado las 32.000 hectáreas (90% de los invernaderos de Andalucía) y aunque poco a poco se ha ido imponiendo una agricultura más limpia, la gobernanza del agua en la zona está un tanto descuidada. Pozos ilegales, incumplimiento de la Directiva Marco y declaraciones de políticos que aseguran que el agua bajo el suelo almeriense es 'infinita'. Herbert Simon reafirmaría sus teorías si se diese un paseo por aquí.

Es cierto que la lucha biológica contra las plagas ha sustituido a los pesticidas, y que buena parte del plástico se recicla (aunque no todo, como bien evidencia esta reciente noticia sobre el plástico que literalmente inunda las ramblas del Poniente Almeriense), y que la eficiencia del regadío es altísima, alcanzando el 99% (es decir, que de cada 1000 metros cúbicos que llegan a un invernadero, 999 son aprovechados por los cultivos). Además, el rendimiento es extraordinario. Atendiendo a la ratio litros de agua por kilogramos de producto, hay muy pocas zonas agrícolas en el mundo que se acerquen (véanse aquí cifras a nivel global para diversos cultivos): la soja, por ejemplo, requiere 2000 litros de agua por kilo, las hortalizas, de media, unos 300. Aquí se utilizan entre 50-60 litros por kilo y hay invernaderos que merodean los 40 litros de agua por kilo.

No todo es admirable en este sistema. Las condiciones laborales de los trabajadores no se corresponden con la sofisticación del agronegocio y la gestión del agua es francamente mejorable. La eficiencia, a nivel de invernadero, no es un aspecto definitivo si no se considera el territorio en su conjunto, como bien demuestra la Paradoja de Jevons, es decir, que el aumento en la eficiencia del uso de un recurso lleva, paradójicamente, a un mayor uso de ese recurso. La alta productividad de los invernaderos hace que, durante determinados períodos del año, la oferta de producto supere a la demanda. Entonces el precio baja y al agricultor no le compensa vender su cosecha. Prefiere deshacerse de ella y aguardar a que los precios se recuperen cuando el mercado esté más desabastecido. Con el fin de proteger al agricultor ante eventuales caídas del precio, la PAC cuenta con distintos mecanismos. Uno de ellos es sufragar hasta el 5% de las pérdidas de cosecha para compensar por la caída de los precios.

Sandías tiradas en una rambla a la espera de que pase el ganado por allí.

Este mecanismo puede ser útil ante catástrofes puntuales, pero si se convierte en una práctica regular lo único que promueve es el despilfarro de recursos. El Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA) es el encargado de canalizar estas ayudas en España. Por ello, el FEGA registra anualmente cuanta cosecha se queda a las puertas del mercado. En 2019 más de 114.000 toneladas de frutas y hortalizas fueron descartadas en nuestro país antes de ser comercializadas y los productores recibieron subsidios a cambio de ello. Si bien es cierto que una buena parte va a bancos de alimentos, también lo es que 12.000 toneladas se tiraron directamente a la basura hasta y que otras 24.000 se utilizaron para alimentación animal (si bien hemos podido comprobar cuando realizábamos nuestro estudio que algunas de las hortalizas destinadas a que sean comidas por los animales se pudren en las ramblas). Esto, desde el punto de vista de la racionalidad económica no resulta muy sensato. Desde el punto de vista medioambiental y ético es reprobable e insostenible.

En nuestro estudio hemos calculado para la provincia de Almería el coste ambiental de estos descartes de hortalizas (12.944 toneladas en 2019) y los datos dicen que en este lugar, 'en el que se aprovecha hasta la última gota de agua', se han malgastado hasta 300.000 m3 de agua. Además, se han desperdiciado 136,5 toneladas de fertilizante y se han arrojado a la atmósfera más de 7.500 toneladas equivalentes de CO2. Aunque parte de la cosecha retirada se desvió a bancos de alimentos (49,1%) o a alimentación animal (7,4%), una parte considerable (43,5%) fue destruida (siempre según estadísticas oficiales).

Cantidades de hortalizas descartadas y recursos despilfarrados en Almería (2019). Fuente: adaptada de Martínez-Valderrama <em>et al.</em> (2020), <a href="https://t.co/NvUwIlHgda">Nature Food 1: 622-625</a>. Puede acceder a los datos utilizados en su cálculo <a href="https://figshare.com/articles/dataset/Discarded_Food_Resource_Depletion_Data_xlsx/12053685">aquí</a>.

Nuestro objetivo no es demonizar a esta provincia andaluza, sino tan solo mostrar la magnitud de este problema, que resulta especialmente chocante en un lugar en el que se supone que no sobra el agua. Tirar 300.000 metros cúbicos de agua no se alinea con ese supuesto. En Murcia, recientemente, apareció una noticia del mismo tipo: una cosecha entera de melones se deja perder (el año pasado ocurrió algo similar con las lechugas). Tampoco es un problema exclusivo de España. En toda la UE se desecharon más de 9 millones de toneladas de alimentos antes de entrar en el mercado en 2012 y durante el período 2008-2015 se destruyeron 82.000 toneladas al año de frutas y otras 52.000 de verduras frescas El desperdicio de comida a nivel mundial es desalentador. Hasta un tercio de las cosechas se pierden en todo el mundo en el camino que va del campo a nuestras neveras (un 14% lo hace antes de entrar en los circuitos comerciales). Si pretendemos conseguir los objetivos de desarrollo sostenible que plantea Naciones Unidas para 2030, como la de Hambre cero (Objetivo 2) o la meta 12.3 (reducir a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita mundial) del Objetivo 12, este no es el camino.

Nadie quiere volver a esa situación de pobreza que vivió Almería durante buena parte del siglo pasado y es por eso, precisamente, por lo que hay que cuidar los recursos de los que todos vivimos. Los agricultores ven con pavor cualquier amenaza a su negocio. El aumento de las exportaciones de terceros países, como Marruecos o Senegal, la aparición de estudios como el nuestro o que se les niegue agua (cedida gratuitamente) por parte de otras cuencas, son algunas de sus mayores preocupaciones. Sin embargo nuestro punto de vista es bastante parecido al suyo. Nuestro cometido no es desmantelar la agricultura de invernadero de la zona. Este es un motor de crecimiento y desarrollo importantísimo a día de hoy (los ingresos totales de la campaña 2018-2019 son de 2.244 millones de euros, un 5,3% más que la campaña anterior), y puede seguir siéndolo en el futuro. Más allá de las espectaculares cifras del negocio, la agricultura ha generado una industria auxiliar relevante y ha propiciado inversiones importantísimas en investigación y desarrollo. Almería está en la vanguardia de tecnología de riego, invernaderos o bancos de semillas.

Con nuestro trabajo pretendemos aportar información que ayude a prolongar esta forma de vida de manera indefinida y que las siguientes generaciones puedan también vivir de ello. Adecuar la superficie de regadío a los recursos hídricos de la zona, desarrollar una industria de transformación que aproveche los excedentes de producción, luchar por unos precios más dignos, donde los agricultores se lleven una mayor parte del beneficio (en detrimento de las grandes distribuidoras) o apostar por la calidad en lugar de la cantidad son algunas de las propuestas que se hacen desde el mundo académico para evitar tirar comida producida con tanto esfuerzo y con un coste ambiental tan alto.

Aunque los agricultores tienen la urgencia del corto plazo (las inversiones en este tipo de agricultura son enormes y los créditos los sumen en una espiral productivista), es necesario mirar el largo plazo. Almería ya acabó con buena parte de sus bosques y su suelo con la minería del siglo XIX. Cuando el negocio dejó de ser rentable los inversores se fueron con el capital a otra parte y aquí quedo un paisaje empobrecido y saqueado. No podemos dejar que pase lo mismo con el agua así que, verdaderamente, valoremos cada gota como si fuese la última.

Si te has quedado con ganas de más, aquí os dejo un vídeo resumen del artículo:

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Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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