En los años ochenta la intensificación del sector ganadero español era una realidad. El tremendo éxodo rural que vivió el país tuvo consecuencias tanto en la oferta de productos ganaderos como en su demanda. En efecto, buena parte de los productores agrarios dejaron de serlo al establecerse en las ciudades, en busca de una vida con menos sobresaltos y más comodidades. El modelo de concentración urbana tuvo su réplica en la progresiva aglutinación de los centros de producción. Aunque requiere una inversión inicial mayor, la economía de escalas premia estabular la agricultura y la ganadería. Prueba de ello es el auge de los invernaderos o de las granjas con poca superficie y muchos animales. Entre 2005 y 2013 se han perdido 108.000 granjas y la única categoría que muestra un crecimiento considerable (del 25 %) son aquellas sin superficie de pastoreo (es decir, las naves industriales).

Evolución del número de granjas según su superficie de pastoreo. Fuente Eurostat. Estos datos y todos lo que hemos elaborado para este estudio están disponibles en <a href="https://doi.org/10.6084/m9.figshare.13134977.v1">Figshare.</a>

La eficiencia productiva es el sanctasanctórum de este proceder. Los rendimientos por hectárea o por animal dejan lugar a pocas dudas. El regadío produce de media seis veces más que el secano y las razas ganaderas, que se han ido seleccionando y modificando genéticamente de acuerdo a su vertiente productiva, alcanzan cifras espectaculares. Durante el período 1960-2019 las vacas lecheras han aumentado un 352 % su producción de leche, las gallinas ponen un 130 % más de huevos y los pollos "broiler" (los más utilizados para producir carne) han aumentado su peso un 99 %, es decir, lo han duplicado.

Si tenemos en cuenta otros valores distintos de la productividad —que, en definitiva, viene a hablar de la rentabilidad—, este cambio de modelo productivo no es tan ventajoso. Una de las primeras víctimas del modelo ganadero vigente fueron las razas autóctonas, animales que con el paso de los siglos fueron encajando en el paisaje para aprovechar lo mejor posible sus recursos y condiciones bioclimáticas. Con la apuesta por unas pocas razas, las de mejor aptitud cárnica y láctea, ese valioso acervo se perdía sin remedio.

Ahí empezó mi interés por este tema. Mi padre, Silvio Martínez, investigador del CSIC, y su colega Miguel Ángel García-Dory, el entrañable 'Miajo', dedicaron buena parte de su actividad investigadora a estudiar los efectos tan devastadores que suponía este cambio de paradigma. Entre sus resultados destaca el modelo RAPIM, un modelo de simulación dinámica cuyo acrónimo habla por sí mismo: 'Razas Autóctonas frente a Piensos Importados'.

Una de las obras que realzan el valor de las razas autóctonas.

Aquellos memorables trabajos debieron de ir haciendo su efecto. Fue casi cuarenta años después —¿en serio?— cuando la siguiente noticia me llevó a plantear el estudio que hoy comentamos: 'España será el primer productor europeo de piensos compuestos para animales este 2019'. Es decir, que aquel proceso de intensificación ganadera había seguido a un ritmo aún mayor.

Como decíamos, es posible que hayamos ganado en productividad, pero hay unas cuantas cosas que hemos olvidado en aras del dios dinero. La desaparición de la ganadería implica una pérdida evidente de la calidad de los alimentos ganaderos. No es lo mismo alimentar a un animal con pasto, que a base de harina de pescado, restos cárnicos de todo tipo o soja. El control de los incendios forestales provisto por el ramoneo y el pastoreo desaparece (ahora hay iniciativas para utilizar el ganado como cortafuegos: léanse los trabajos de Varela y Ruiz-Mirazo sobre el tema) y la desaparición de la trashumancia y los pastores, además de ser una evidente merma cultural, ayuda a desvertebrar un poco más la vida rural, consolidando el vacío de buena parte del país.

Alimentar a toda la cabaña ganadera estabulada requiere una cantidad enorme de recursos. El 36 % de la producción de cereales y el 75 % de la soja se utiliza para alimentación animal; en total 350 millones de hectáreas son exclusivamente cultivadas con el propósito de cubrir buena parte de las necesidades del ganado. Aquí entra en duda que este modelo sea tan eficiente: 1 kg de carne de vacuno requiere 15,415 m3 de agua, mientras que 1 kg de legumbres solo 4.055 m3. Hay otros ratios interesantes: por cada 100 calorías de cereal que se utilizan en alimentar al ganado, sólo obtenemos unas 40 calorías de leche, 22 calorías de huevos, 12 de pollo, 10 de cerdo o 3 de ternera. No parece un negocio muy redondo. En lugar de comernos directamente cereales y legumbres, las utilizamos para dar de comer al ganado que luego nos comemos. Un rodeo un tanto absurdo que habría que corregir en la medida de lo posible.

Para cerrar el tema de la eficiencia, que parece ser el que manda ¿hay alguna máquina que sea capaz de convertir celulosa y lignina en leche? Los rumiantes hacen eso precisamente.

Vacas lecheras que ya no pastan en el campo.

Sin ser objeto de nuestra investigación, no podemos olvidar los aspectos éticos de esta manera de tratar a los animales: enjaulados, hacinados y diseñados para ser bolas de carne que gasten lo menos posible en mantenerse vivos y dediquen la mayor parte de lo que ingieren (conviene a nuestra visión de la eficiencia) en fabricar músculo o leche. En este punto me planteo quién es el virus que está asolando el planeta.

Nuestra idea con este trabajo es dar visibilidad a otro de los aspectos relacionados con la evolución de este modelo agroindustrial. Al reverdecimiento del paisaje gracias a la desaparición del ganado parecía interesante buscarle la cara B, es decir, la deforestación en otros lugares, asociada a la producción de pienso para alimentar a una cabaña ganadera que, aunque ha desaparecido del campo, sigue existiendo.
En efecto, hoy en día, con la globalidad imperante, no parece muy sensato restringir nuestra visión a fronteras políticas. En un interesante trabajo, Yu y colaboradores nos hablan de cómo está cambiando la proporción de los alimentos que se producen dentro y fuera de un país. Puede que no nos sorprenda que esta ratio sea 8-92 para Japón o 20-80 en el Reino Unido, dos islas densamente pobladas. Pero sí es llamativo que en Europa, de media, entren más alimentos de fuera que los que se producen y que en un país como España, con tanto campo, la proporción sea 37-63. Nuestra huella fuera de nuestras fronteras es profunda.

Todo este modelo de producción intensivo ganadero pivota alrededor del suministro de pienso lo más barato posible. Y uno de los principales ingredientes es la soja, producida a gran escala para disminuir su coste. Diversos trabajos (como este de Boerema o el de Bai referido a China) e informes (tanto de WWF como Greenpeace) vienen advirtiendo de las consecuencias de este modelo agroindustrial tan dependiente de materias primas producidas sin miramientos a miles de kilómetros.

Es cierto que el campo, tras el abandono rural, tienen mucha menos presión. Pero no hay que olvidar que seguimos comiendo proteína animal. En realidad, mucha más que hace medio siglo: el consumo de proteína de carne en España ha pasado de unos 9 kg/persona y año en 1960 a 27 en 2000 para moderarse a los 23 actuales. Nuestras aspiraciones conservacionistas no deben olvidar que la carne, huevos y leche salen de algún lado. Nuestro consumo desmesurado de proteína animal supone la destrucción de ecosistemas como la Amazonía, el Chaco o el Cerrado (que está un poco más abierto).

Deforestación del Chaco (Argentina) para producir soja.

A partir del mapa de condición de la tierra de España elaborado por nuestros colegas de la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC y coautores de este estudio, María Sanjuán, Gabriel del Barrio y Alberto Ruiz, hemos calculado que 7.078 kha de potenciales zonas de pastoreo han mejorado su condición, es decir, han acumulado biomasa. Con los datos de importación de soja procedente de Sudamérica hemos estimado que 1.188 kha de ecosistemas primarios de gran valor ecológico han sido sustituidos por monocultivo de soja. El bosque Atlántico brasileño, la Amazonía, el Cerrado, el Chaco paraguayo y argentino son las principales víctimas. Se trata de los algunos de los principales reservorios de biodiversidad de la Tierra, terrenos impenetrables donde la motosierra y los bulldozer han acabado con lugares prístinos para poner enormes extensiones de soja.

Cambios en la condición de la tierra en el período 2000-2010 en las zonas potencialmente pastables de España.

Una primera lectura puede llevarnos a la precipitada conclusión de que compensa esta forma de hacer las cosas. A nosotros nos parece lo contrario, por las razones ya expuestas y alguna otra. La acumulación de biomasa supone el crecimiento de bosques secundarios, en el mejor de los casos, que están muy lejos de poderse comparar con los bosques primarios sudamericanos. De hecho el aumento de incendios forestales de grandes proporciones (los denominados megaincendios, que queman de golpe más de 500 has) ha aumentado como consecuencia de la acumulación de leña en el monte y la formación de masas forestales continuas. En un paisaje como el nuestro, acostumbrado a la presencia humana desde hace siglos, este abandono desordenado y rápido del campo ha aumentado el riesgo de incendios forestales. Digamos que el cambio climático pone las cerillas y el abandono rural la yesca.

Camino rural en el Chaco paraguayo.

Este modelo productivo importa alimentos y exporta degradación. En efecto, trasladamos el impacto de la producción a otros lugares, donde las leyes ambientales son más laxas o inexistentes. En el fondo, y considerando que el 73 % del territorio nacional son tierras secas, se puede considerar que esta es una manera de blanquear los problemas de desertificación. Lo cual debería contravenir los principios productivos y medioambientales de la UE. Como bien sostiene este trabajo de Fuchs y colaboradores, los estándares de producción deben aplicarse a los productos que vienen de otros lugares.

Hoy más que nunca, una visión holística es necesaria para deshacer las contradicciones que nos impone el mundo globalizado que hemos construido. Con este trabajo pretendemos dar una pincelada sobre ello. Alguna de las lecciones que podemos extraer es que debemos reducir nuestro consumo de proteína animal, consumir una mayor proporción de la que proceda de explotaciones extensivas y exigir como consumidores que lo que comemos se produce de manera sostenible y socialmente justa.

Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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