Exponer el fondo del mar a la luz del sol es siempre una situación inquietante. Ocurre cuando hay un tsunami y el mar se retira para volver luego con fuerza. Moisés, cuenta la Biblia, tuvo que abrir un pasillo en el mar Rojo para poner a salvo al pueblo israelita. El caso que nos ocupa no es menos apocalíptico (aunque aquí el principal protagonista es el Homo sapiens), y tiene que ver con la desertificación. En efecto, existen varios ejemplos bien documentados en el que el uso desaforado de los recursos hídricos ha vaciado mares y lagos. El siguiente gráfico es muy elocuente, y muestra la evolución de la superficie de algunas de masas de agua en el tiempo.

Evolución de la superficie (en porcentaje) de los principales lagos y mares interiores del mundo. Fuente: <a href="/%20https:/doi.org/10.1038/ngeo3052" target="_self">Wurtsbaugh et al., 2017</a>

El caso más famoso, que da nombre a este peculiar síndrome de desertificación, es el del Mar de Aral. En su esplendor, era la cuarta masa de agua interior más grande del mundo (68.000 km2). La quimérica idea de convertir las áridas tierras que rodeaban el Aral en campos de algodón, para autoabastecer a toda la Unión Soviética, supuso el fin de esta enorme y rica masa de agua. El megaproyecto contemplaba derivar el agua de los ríos que alimentaban el mar de Aral, el Amu Daria y el Sir Daria, para regar millones de hectáreas (en 2010 se alcanzaron los 8.2 mill. ha; en España toda la superficie de regadío ocupa casi 3,8 mill. ha). El ritmo de extracción fue tal que muchos años los ríos no llevaron ni una sola gota de agua. La falta de aportes, unida a la evaporación, fue reduciendo el volumen de agua. Ello se tradujo en un aumento de la salinidad y de la reducción de su superficie. En 2007 tan solo quedaba un 10% del Aral. La industria pesquera (que en su día llegó a cuotas de producción de 40.000 t anuales y proporcionó 60.000 puestos de trabajo) hacía décadas que se había ido al garete y el lecho marino se convirtió en un surtidor de sal que el viento se encargaba de dispersar por toda la región, anulando la capacidad productiva del suelo (en la región se ha pasado de un rendimiento medio de 2,9 t/ha en 1980, a las actuales 0,64 t/ha).

Evolución de la superficie del Mar de Aral. Fuente: NASA

Lo ocurrido en el mar de Aral sentó un precedente de tal magnitud (se ha calificado como una de las peores catástrofes medioambientales causadas por el ser humano) que creo una saga de casos; en todos ellos se repite un mismo patrón: en una cuenca endorreica, es decir aquellas que no tienen salida a un mar abierto, los ríos que llenan estos lagos interiores de agua son derivados para regar. El caudal remanente es insuficiente para contrarrestar la evaporación, con lo que el lago o mar se va contrayendo y sus aguas tienen cada vez una mayor concentración de sales, lo que altera o elimina la biodiversidad de esas aguas. Si esta dinámica se mantiene en el tiempo el mar desaparece por completo, acabando con las distintas actividades económicas de la región. En la fase terminal se proponen soluciones de emergencia para al menos conservar una pequeña fracción del ecosistema original. En numerosas ocasiones resultan tan rocambolescas como inútiles. Por ejemplo, en algunos casos se construyen diques para preservar una pequeña parte del lago original. En el Aral se han invertido 106 millones de dólares para hacer un dique de 13 km y preservar un 5% del lago original. En otras se plantea traer agua de otras cuencas, lo cual supone trasladar el problema a otro sitio. Por último, en el lago Owens se deja una mínima lámina de agua para evitar que se forme polvo.
Pese a sentar un precedente, hay casos muy anteriores a lo que ocurrió en el Aral. El primero del que se tiene constancia tuvo lugar en la cuenca de Tarim, en el noroeste de China, uno de los lugares más áridos de la Tierra. Allí está el desierto de Taklamakan y hubo un gran lago, el Mar de Punchang -se estima que llegó a ocupar hasta 50.000 km2- que desapareció hace unos dos mil años. A pesar de la aridificación del clima sufrida durante este período, recientes estudios concluyen que la expansión de la superficie de regadío vinculada a una creciente presión demográfica fue el principal factor de su desaparición.
La lista de masas de agua interiores que se 'aralizan' no para de crecer. En Irán el lago Urmia ya solo ocupa el 20% de su superficie original, que era de más de 5.000 km2. Este proceso de desecación ha ocurrido en las últimas dos décadas. De nuevo aparecen los rasgos distintivos de este síndrome. El drástico descenso del nivel del agua después de 1998 corresponde a un aumento sustancial (∼25%) de las extracciones de agua superficial para satisfacer la demanda de agua potable y agrícola aguas arriba, que coincidió con un descenso del 48% de la escorrentía durante la prolongada sequía registrada en el período 1998-2002. El retroceso de la línea de costa del lago ha dejado al descubierto 400 km2 de costra salina que el viento convierte en tormentas de sal que disminuyen la fertilidad de las tierras agrícolas cercanas, alteran la biodiversidad de la región y tienen consecuencias negativas para la salud humana.

Lago Urmia, Irán. Fuente: NASA.

El lago Chad, que en algún momento fue el sexto mayor del mundo, ha pasado de 25.000 km2 en 1960, a 300 km2 en 1980. A pesar de que resulte fácil achacar a su localización (en el Sahel) y a las sequías parte de esta desaparición, el papel del regadío de nuevo es clave. El 90% de los aportes de agua del Chad vienen de uno de los humedales más importantes de África y del planeta: unos 300.000 km2 de terreno inundado que descargaba sus aguas a través del río Chari en esta singular masa de agua continental. Aunque es cierto que el lago se partió en dos debido a su peculiar batimetría -con una profundidad máxima de 11 metros y una elevación que lo parte en dos- y a las severas sequías de esos años, si no se hubiese derivado tanta agua para riego el lago hubiese recuperado su unidad tras el período más húmedo que vivió la zona en los años noventa.

Evolución del lago Chad entre 1973 y 2017. Fuente: NASA

El lago Owens, en el este de California, se desecó completamente en 1940 debido al desarrollo de la ciudad de Los Ángeles, que necesitaba agua para beber y para regar sus tierras de cultivo. El cuenco de polvo que dejó el lago se ha convertido en un emisor de partículas que enrarece el aire. La ciudad se gastará, durante los siguientes 25 años, la asombrosa cifra de 3600 millones de dólares para paliar los efectos de este polvo sobre la salud de sus habitantes.
El octavo lago salado del mundo -como puede imaginar el lector este ranking es muy variable dependiendo de la dinámica de cada lago o mar interior-, el Gran Lago Salado (Utah, Estados Unidos) alcanzó en 2016 su nivel más bajo de su historia: su área se había reducido en un 50%. Los registros históricos de precipitación que hay desde 1847, cuando llegaron los primeros colonos a la región, nos hablan de subidas y bajadas, pero sin grandes cambios que hayan podido afectar los caudales de sus ríos tributarios. Por el contrario, el desarrollo agrario y los desvíos del río han producido una reducción persistente del flujo de agua que llega al lago, cercana al 40% en los últimos años.
Hay varias lecciones o conclusiones que se pueden sacar a la vista de estos casos. En primer lugar se trata de uno de los síndromes de desertificación más paradójicos, porque su efecto es sobre ecosistemas acuáticos. En segundo lugar, reiteramos desde este espacio el papel del ser humano en la aparición de este problema. La conversión de extensas láminas de agua en suelos cuarteados puede dar la impresión de que el desierto ha invadido el lugar. La realidad es que el agua desaparece porque la utilizamos para regar. Sin embargo somos reacios a asumir nuestra mala gestión y en todos los casos presentados se busca en las sequías la explicación del declive. Aunque el clima sin duda influye, en todos los casos se ha demostrado que su papel es menor en la desecación de estos lagos ya que en el largo plazo los años secos son compensados por los más húmedos. Otra enseñanza interesante es que nuestra capacidad de transformación del medio es más inquietante que esperanzadora. No solo redibujamos continuamente los mapas políticos, creando nuevos países o troceando otros, sino que somos capaces de alterar los mapas físicos. Y, para finalizar, contabilizando las pérdidas pesqueras y agrarias, añadiendo los costes para la salud, teniendo en cuenta la biodiversidad arrasada y los paisajes que se perdieron para siempre, sale a relucir la pregunta del millón: ¿mereció la pena tanta destrucción? Este dilema es extrapolable a otros muchos problemas medioambientales y no podemos eludirlo. Si es que no, tenemos que cambiar nuestras prioridades. Si sale que sí entonces hay que ir buscando otro planeta. Aunque puede que toda la basura espacial que nos rodea nos complique la huida.

Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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