En 2007 se celebró en Madrid la Octava Conferencia de Naciones Unidas Contra la Desertificación (COP 8). España, como anfitriona del evento, aprovechó para presentar su Programa de Acción Nacional contra la Desertificación (PAND), que se había comprometido a elaborar al ser signatario de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD). El Plan es, en realidad, una especie de libro blanco de la desertificación, puesto que no hay detrás un programa concreto con obligaciones y objetivos específicos. Es decir, el PAND no es un documento ejecutivo, sino informativo. La parte más jugosa y de más calado científico es la de diagnóstico. Sorprende, a día de hoy, que el enfoque fuese tan vanguardista. Tanto como para anticiparse casi veinte años a lo que vino a proponer el último Atlas Mundial de Desertificación (AMD), publicado por la Comisión Europea en 2018.
Cuando se pasan las páginas del Atlas -que la Comisión envía de forma gratuita a cualquier ciudadano europeo que lo solicite desde esta página- al lector le llama la atención no encontrar un solo mapa de desertificación. Quizás un usuario menos ansioso repare en que ya se advierte de ello en las primeras páginas del Atlas. No tiene sentido cartografiar una variable que no es medible, justifica el AMD. Hasta la fecha la desertificación se ha cuantificado y cartografiado como un agregado de otras variables utilizando múltiples criterios. Uno de las metodologías más extendidas es la propuesta por el proyecto MEDALUS. En el caso español fue aplicada para calcular un mapa del riesgo de desertificación. Este se calculaba sumando una serie de factores (aridez, erosión, uso de acuíferos y superficie quemada por incendios forestales) que se baremaron según una serie de criterios totalmente subjetivos. Por ejemplo, cuando la erosión estimada mediante el modelo RUSLE está entre está comprendida entre 0 y 12 t ha-1 año-1, el peso del factor erosión es 1; si lo está entre 12 y 25 ha-1 año-1 entonces vale 2. Cada variable aporta una serie de puntos y cuanto mayor sea la suma mayor es el riesgo de desertificación. Sirve como una primera aproximación, pero el riesgo debe incluir probabilidades y sinergias entre esos componentes.

También es posible hacer mapas de variables que actúan como indicadores de la desertificación, como los cambios en la cantidad de biomasa que produce anualmente la vegetación, más allá de la causada por oscilaciones climáticas propias de climas áridos y semiáridos, o indicadores de la erosión del suelo o su pérdida de fertilidad. Pero la desertificación, definida por la ONU como "es la degradación de las tierras de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas", es un concepto tan amplio y ambiguo que se puede representar de muchas maneras, ninguna de ellas plenamente convincente o a gusto de todos los interesados (próximamente ahondaremos en Arida cutis sobre este tema, de la mano de uno de los mayores expertos del mundo en desertificación, James F. Reynolds). Por eso el AMD propone, alternativamente, un método que denomina "Convergencia de la Evidencia". Se trata, en síntesis, de ver dónde confluyen valores llamativos de determinadas variables biofísicas (aridez, estrés hídrico, pérdida de cubierta vegetal, etc.) y socioeconómicas (densidad demográfica, nivel de ingresos, densidad ganadera, etc.) que puedan indicar que allí se están gestando o desarrollando procesos de degradación de la tierra y puedan despojar al territorio de su productividad natural. Además, este paradigma advierte de que es esencial estudiar cada caso dentro del contexto local o regional. En definitiva, que no es un método fácilmente homogeneizable ni exportable. Más bien requiere de un trabajo amanuense, que empieza por conocer cada zona en detalle.
España presentó en 2007 una colección de paisajes de desertificación a modo de síndromes de este fenómeno. Se detallaban sus causas, procesos implicados y síntomas observables. En todos ellos se especificaba un uso del suelo (incluyendo abandono agrario) y sus consecuencias más visibles (erosión, sobrepastoreo, etc.). Estos paisajes bebían del proyecto Surmodes, que había denominado "puntos calientes" y los situaba en las provincias españolas pertinentes. Surmodes se utilizó el solapamiento de una serie de variables climáticas y socioeconómicas y después se habían analizado los cambios de uso del suelo a nivel provincial. Por ejemplo, uno de estos paisajes son los cultivos leñosos (olivos, almendros, vid, frutales) afectados por problemas de erosión, que son consecuencia del cultivo en lugares con pendientes altas, y labores de arado y eliminación de la cubierta vegetal que dejan expuesto un suelo altamente erosionable a las lluvias torrenciales. De manera algo menos sofisticada, pero diez años antes, Surmodes procedía tal como propone la Convergencia de la Evidencia.

Mapa de "puntos calientes" del proyecto Surmodes.

Los paisajes de desertificación ofrecen buenas asideras para diseñar soluciones que atajen el problema en nuestro país. De hecho, podemos leer en el PAND que "dicha descripción [de los paisajes de desertificación] y sobre todo, la reflexión sobre las causas últimas reales de su desarrollo, los motores del fenómeno, y de sus efectos, pueden contribuir a sentar las bases para la concepción de las soluciones". Sin embargo, el PAND de 2008 no ofrece, como hemos dicho, un plan concreto de actuación para buscar estas soluciones. Más bien se limita a incluir todo aquello que "suene" a lucha contra la desertificación. Y lo hace clasificándolo bajo tres políticas sectoriales: la agraria, la forestal y la hidrológica. Así, tras un más que meritorio diagnóstico, el PAND hace aguas y una década después nos encontramos con que esos paisajes han ido mutando y expandiéndose, como ocurre por ejemplo con el olivar súper-intensivo.
Tras la COP de Madrid la desertificación ha ido perdiendo protagonismo en nuestro país –y en general en todo el mundo- y ha quedado arrinconada frente a crisis ambientales mejor definidas y medibles, como lo son el cambio climático o la extinción de especies. Lo que sin duda ha ayudado a que los errores conceptuales asociados a este fenómeno se perpetúen y asienten. Fundamentalmente se sigue equiparando desertificación con avance del desierto y entendiendo que la desertificación es un estado terminal, en lugar de un proceso que conduce a un estado que recuerda a un desierto por su baja productividad. La diferencia es que la baja productividad de un desierto se debe exclusivamente a causas naturales, mientras que un proceso de desertificación conduce a ecosistemas con bajas productividades debido a la intervención humana. Tampoco ha ayudado mucho la propia CNULD, institución que a menudo ha difundido un mensaje equivocado asociando desertificación con desiertos y sequías, y convirtiendo al problema en una amenaza externa. Si algo tiene que quedar claro en este asunto de la desertificación es que fundamentalmente es un problema derivado de nuestra (mala) gestión del territorio y los recursos naturales.

Imagen de uno de los paisajes de desertificación del PAND. Cultivo leñoso (olivar) afectado por erosión. Foto de José Alfonso Gómez (IAS, CSIC)

La reciente declaración de Emergencia climática y ambiental por parte del Gobierno de España ha vuelto a poner el foco sobre el problema de la desertificación en nuestro país. En efecto, una de las obligaciones que se desprende de este documento es la preparación de un nuevo Plan Nacional de Lucha contra la Desertificación (PAND2). El Gobierno subraya la necesidad de articular este tipo de planes en un marco de actuación conjunta mediante "el fortalecimiento de las sinergias con las políticas de desarrollo rural, de protección de la biodiversidad y reconocimiento de servicios ambientales, el impulso de las oportunidades de la transición energética y las energías renovables." (Compromiso 21 de la Declaración).
Poco a poco la pesada maquinaria administrativa se ha puesto en funcionamiento y el pasado 7 de octubre se celebró en el Ministerio para la Transición Ecológica una Jornada sobre la elaboración del nuevo Programa de Acción Nacional contra la Desertificación, que contó con la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Teresa Ribera. Nuestro grupo de investigación tiene un papel destacado en este nuevo plan. En colaboración con la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC, ha participado con una de las presentaciones acerca del diagnóstico (a partir de min 44 en el video). Nuestro propósito ha sido aclarar los aspectos que hemos ido mencionando: el acierto en el diagnóstico inicial, la necesidad de refinarlo y actualizarlo y la conveniencia de utilizar los elementos del diagnóstico para atajar los procesos de desertificación activos. La vicepresidenta Ribera cerró la jornada con un discurso que denotaba interés y conocimiento (su intervención comienza a las 4h 10min en el video). Más allá del tono diplomático sus palabras no fueron protocolarias, sino que lanzó mensajes claros, alineados con nuestra visión del problema.

Video de la Jornada Técnica sobre Desertificación celebrada el 7 de octubre de 2021 en el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El interés por la desertificación se ha activado. Ahora queda un largo camino que recorrer ya que de lo que se trata es de evitar errores del pasado y que el PAND2 aporte soluciones específicas, y genere compromisos y objetivos medibles, para abordar de forma efectiva el problema de la desertificación. Son muchos los agentes implicados y administraciones relacionadas con la temática (el agua y la agricultura son materias esenciales), que además operan a distinta escala territorial. Se necesita hacer un frente común que empuje en la misma dirección para abordar y solucionar este problema. No podemos permitirnos seguir cayendo en las contradicciones actuales donde unos aprueban el uso de aguas subterráneas que otros consideran sobreexplotadas. Compatibilizar desarrollo y conservación de nuestro medio ambiente es muy complejo, y lo será todavía más en el futuro debido a los impactos del cambio climático, y el PAND2 puede ser una excelente oportunidad para mostrar que es posible hacerlo. Desde las páginas de Arida Cutis seguiremos divulgando sobre los avances del PAND2, que ojalá marque un antes y un después en las políticas y actuaciones de gestión en la lucha contra la desertificación en España.

Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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