La desertificación es un concepto escurridizo. Se han propuesto más de cien definiciones. Por ejemplo la de Naciones Unidas de 1978 dice que es "un aspecto del deterioro generalizado de los ecosistemas bajo la presión combinada del clima adverso y fluctuante y la explotación excesiva" y la de Hellden de 1991 que es "la propagación de condiciones desérticas de baja productividad biológica debido al impacto humano bajo las variaciones climáticas". La actualmente vigente no parece contentar a todos los actores implicados. Se trata de la adoptada por la Convención de Naciones Unidas sobre Desertificación, y reza así: "desertificación es la degradación de las zonas áridas, semiáridas y seco subhúmedas como consecuencia de las variaciones climáticas y de las actividades humanas".
La falta de precisión queda patente ante la imposibilidad de cuantificarla, lo que se refleja en el hecho de que el último Atlas Mundial de Desertificación (AMD) cuente con una amplia cartografía, pero no haya ni un solo mapa de desertificación. Además, la ambigüedad ha estado siempre presente en el mensaje institucional, que ha vinculado la imagen de los desiertos y de la sequía con la desertificación. Este lastre perdura desde que empezó a forjarse el término 'desertification', de origen francés. Las primeras explicaciones del fenómeno lo describían como un desierto que avanzaba gracias a la desaparición de la vegetación circundante. Como consecuencia, las lluvias desaparecían y el desierto se afianzaba. Esta teoría de la desecación, fruto del pensamiento colonial, tiende a comparar paisajes ajenos con los de procedencia y a desprestigiar a la población local con la que se topaban los puntales de la civilización, a los que se acusaba de desmantelar la cubierta vegetal y favorecer la expansión de los desiertos.
Siguiendo este estigma de equiparar paisajes con poca vegetación con desertificación, las primeras evaluaciones a nivel global mostraban que el problema era sumamente grave. Se estimaba que el 70% de las tierras secas estaba desertificada en mayor o menor grado. Sin embargo, el proceso de depuración conceptual fue moderando estas cifras, al relativizar la existencia de biomasa de un lugar con la que potencialmente puede producir dado su balance hídrico. Esto es, la vegetación arbustiva y rala de muchas zonas áridas no es un estadio de degradación, sino la biomasa esperable en un ambiente en el que llueve poco y se pierde mucha agua por evaporación.
En todo caso, la concepción actual de desertificación se ha quedado desactualizada. El cambio ambiental global en el que estamos inmersos ha modificado sustancialmente el panorama mundial y se antojan necesarios unos cuantos cambios para modernizar el concepto. En el caso que aquí nos ocupa queremos destacar la importancia de ampliar el ámbito de la desertificación. Llama poderosamente la atención la exclusión de las zonas híper-áridas de la definición y aquí daremos cuenta de las razones que nos llevan a proponer su consideración.

Distribución de las zonas híper-áridas del mundo.

La categoría de aridez "híper-árida" es aquella en la que el índice de aridez (IA), la ratio entre precipitación y evaporación potencial, es inferior a 0,05. Esto quiere decir que la lluvia solo cubre menos del 5% del agua que demanda el territorio. Los datos que proporciona el AMD nos dicen que hay unos 9,5 millones de km2 en la Tierra que cumplen con este requisito. Todos ellos los encontramos en los desiertos, que además tienen zonas de tipo árido (es decir, con un índice de aridez comprendido entre 0,05 y 0,20). Por dar una idea de su extensión diremos que suponen casi un quinto de todas las tierras secas, es decir, el 6,4% de las tierras emergidas. Visto de otro modo: equivale prácticamente a todo el territorio europeo.
El calentamiento del planeta hace que cada vez haya más territorios con un IA inferior a 0,05. En efecto, al disminuir las precipitaciones y aumentar la temperatura, parte de los territorios áridos (aquellos en los que la aridez está comprendida entre 0,05 y 0,20) se convierten en híper-áridos. Durante el período 1981-2010 el híper-árido ha crecido un 0,09% y es probable que esta última década, donde tenemos los años más cálidos registrados, su superficie haya vuelto a aumentar. Hay países como Pakistán donde el aumento ha sido de un 0,52% en el último siglo.
Si aplicamos la definición de desertificación todas estas áreas que se han convertido en híper-áridas dejan de ser potencialmente desertificables. Es decir, que en zonas áridas en las que, por ejemplo, haya problemas de sobrepastoreo y erosión, al convertirse en híper-áridas su desertificación se queda en el limbo. Desde luego es una forma limpia y rápida de acabar con el problema. Dejando a un lado la ironía, ¿no sería apropiado ampliar el ámbito de la desertificación a estas zonas?
El razonamiento en el que tradicionalmente se ha apoyado la UNCCD para excluir el híper-árido de la definición de desertificación es un tanto simple. Puesto que la definición apela a la actividad humana para que se desencadene el problema, y en el corazón de los desiertos las condiciones son tan extremas como para que no viva nadie (a todos nos viene la imagen de un mar de arena donde es difícil imaginar que allí pueda haber algo con vida), es lógico pensar que no hay actividad económica.

Adrar Plateau, Mauritania, Sahara Atlántico. Foto: María E. Sanjuán.

Los datos del Millenium Ecosystem Assessment, aunque un poco antiguos, nos dicen que estas regiones tan inhóspitas albergan a unos cien millones de personas. Y de algo tendrán que vivir. El principal uso de la tierra era el pastoreo nómada, aprovechando los pastos ralos que surgen tras las escasísimas lluvias y apoyándose en la red de pozos y oasis que vertebran estos duros parajes. En estos oasis es posible una agricultura modesta pero heterogénea, que produce comida suficiente para autoabastecerse e incluso comerciar.
Las cosas han cambiado, de ahí nuestra insistencia en que el cambio global ha creado una serie de oportunidades insospechadas que obligan a revisar la definición de desertificación. ¿Alguien podía imaginar que la compañía Danone tendría uno de sus principales centros de producción en medio del desierto Arábigo? Pues lo tiene en la localidad de Al-Safi (Arabia Saudí), que alberga unas 32.000 vacas que producen 600.000 litros de leche al día. La cantidad de agua necesaria para mantener este sistema de producción es asombrosa. A las necesidades de riego de los cultivos que se utilizan para alimentar al ganado, hay que sumar lo que beben estos rumiantes (las vacas lecheras necesitan entre 75 y 110 litros de agua al día; es decir, 1,2 millones de metros cúbicos anuales) y la que se utiliza para refrigerar las instalaciones en medio de un desierto. Para mantener esta industria, así como para abastecer su mercado interno de cereales y diversificar su economía, Arabia Saudí consumió en tres décadas (1970-2000) 300.000 millones de metros cúbicos, se convirtió en el sexto exportador mundial de trigo y agotó sus preciados acuíferos. El agotamiento del inmenso acuífero árabe se refleja en la tendencia negativa detectada por las mediciones por satélite, y la dinámica de unos llamativos círculos verdes que podemos ver con Google Earth. Si ampliamos las imágenes ocres del Sahara o del desierto Arábigo, encontraremos unos circulitos verdes que no dejan de ser una extravagancia. Tienen alrededor de 1 km de diámetro y no son naves espaciales, ni centros secretos, ni vestigios de antiguas civilizaciones. Son cultivos que se riegan con aguas subterráneas, algo tan sorprendente como que haya vida inteligente en Plutón. Estos acuíferos son el legado de un pasado húmedo que dejó su herencia en forma de aguas fósiles. Estas excepciones verdes solo pueden ser sinónimo de algo insostenible, puesto que la tasa de recarga en estos lugares es prácticamente nula. Si vemos lo que ha ocurrido con estos círculos desde 1985 no queda duda de que el agua para regarlos se está terminando. El acuífero se ha secado. El sistema se ha desertificado porque se ha acabado con el principal recurso de la región, que es el agua subterránea.

Evolución de los círculos de cultivo cerca de Al-Safi. A medida que el agua se acaba y está más profunda cuesta más bombearla y los círculos se abandonan.

A base de tecnología y petróleo, muchos de estos acuíferos en el Norte de África y el Medio Oriente se están vaciando a un ritmo vertiginoso. Arabia Saudí lanzó una política autárquica que consistía en crear enormes vaquerías para autoabastecer al país, un importante consumidor de productos lácteos. Para que todo el ciclo productivo quedase dentro de sus fronteras, el Gobierno decidió plantar alfalfa en el desierto y no tener que importar pienso. Ocurrió lo esperable: una reserva de agua que parecía infinita se agotó en veinte años y el Gobierno tuvo que prohibir por decreto cultivar alfalfa. Ahora la traen de Arizona, un lugar también muy lluvioso.
El deterioro de las masas de agua como consecuencia de una serie de factores sociales, económicos y tecnológicos (creación de un mercado, subvenciones estatales, tecnología de perforación de pozos profundos, sistemas de riego) encaja con la "actividad humana" a la que se alude en la definición. En efecto, en los desiertos hay una actividad económica importante que puede desembocar en el deterioro de sus recursos. Esta es la segunda y más importante razón que nos lleva a proponer que las zonas híper-áridas sean consideradas en la definición de Naciones Unidas.
La explotación de un acuífero en un desierto tiene un horizonte muy claro, que es su extinción. En un lugar con unas tasas de recarga ínfimas, la explotación del agua subterránea se asemeja a la minería, donde el recurso es finito. La agricultura de regadío intensiva en zonas híper-áridas y áridas tiene un carácter efímero. Sin embargo, no es lo mismo agotar un recurso en treinta años que en mil. Por en medio pueden ocurrir muchas cosas que cambien el contexto. No parece razonable acabar con el principal recurso para la vida, en un desierto, con un cambio climático por medio. Sobre todo cuando había otras opciones para desarrollar la región, como es practicar la agricultura sostenible que durante milenios han permitido a los oasis explotar estas reservas de agua. Acabar con recursos estratégicos como el suelo o el agua solo es justificable en situaciones de precariedad extrema. Destruir el futuro de una región árida cegados por la rentabilidad a corto plazo tiene un precio demasiado alto: su desertificación.

 

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Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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