Sisyphus, por Tiziano, 1549 (imagen obtenida de Wikipedia)

Varios de mis compañeros científicos y docentes han pensado en dejarlo. Reconozco públicamente que a mí también se me pasa esa sombra del abandono de vez en cuando, y unas rachas le hago más caso que otras, a riesgo de que un día esa racha sea la última. Pero lo que más me duele es que algunos compañeros en concreto se planteen dejarlo por temas ajenos a su trabajo. Por ese dolor he sentido la necesidad de escribir esta entrada. ¿Por qué una parte del potencial creativo e investigador de España se plantea dejar su profesión? ¿Es tan duro ser profe o investigador? ¿A qué será debido y qué consecuencias personales y nacionales puede tener?

El autor anónimo pero claramente perteneciente al mundo de la academia del reciente libro Científico en España. Guía de supervivencia que publica Aguilar consigue acercar la realidad de la ciencia y la universidad al público general de una manera divertida, fresca, pero que esconde un poso de verdad tal, y tan silenciado, que se podría considerar una de las obras cumbre del que quiero denominar realismo trágico. Y no debo ser demasiado dramática al decir realismo trágico cuando estudios recientes sobre la salud mental de los investigadores muestran que investigadores predocs (aquellos que aún no tienen un doctorado, y están trabajando para conseguirlo) y posdocs (quienes ya han conseguido su doctorado, pero dedican unos años después del mismo a profundizar aún más en su tema) sufren ansiedad, depresión, problemas de sueño o estrés, entre otras patologías. ¿Tanto? ¿Tan difícil es el trabajo como profesor o como investigador?

Sí. Para aquellos no muy familiarizados con cómo se llega a ser profesor universitario, o investigador, he aquí mi intento para resumirlo:

  1. Estudiar carrera (si todo va bien, entre 4 y 6 años): esto sabemos todos qué significa. Consiste en aprobar las asignaturas de un determinado plan de estudios para obtener el certificado oficial que confirma que se han superado todos los exámenes. Estudiar una carrera generalmente significa, a nivel de conocimiento, adquirir ideas generales sobre una disciplina particular, pero la sensación al acabar suele ser la de no dominar ciertos aspectos concretos o sutiles.
  2. Estudiar Máster Oficial (si todo va bien, entre 1 y 2 años): el máster es el primer momento en que miramos nuestra disciplina y decidimos escoger un campo concreto para formarnos en mayor profundidad. En ocasiones, el ejercicio de algunas profesiones exige obligatoriamente cursar un máster, sin el cual no se puede trabajar en ese ámbito. Estos son los másteres habilitantes (por ejemplo, el CAP para profesores de Secundaria; el habilitante para el ejercicio de la abogacía; el General Sanitario para ejercer como psicólogo clínico...). A su vez, existen dos tipos de posgrado, los oficiales y los propios. Los oficiales (también llamados "universitarios") son aquellos que el Ministerio reconoce como estudios previos habilitantes para poder llevar a cabo un doctorado (en esta web pueden consultarse cuáles son estudios oficiales). Por tanto, si la idea es hacer un doctorado en el futuro, conviene fijarse bien si el máster que escogemos es oficial, porque si no lo es, tendremos que realizar otro que lo sea.
  3. Hacer el doctorado (si todo va bien, entre 3 y 6 años): hacer el doctorado, contrario a lo que piensa a veces el público general, no es equivalente a "seguir estudiando". El doctorado ya es un primer paso laboral, porque es la primera vez en que la persona va a poner en práctica todo aquello que ha ido aprendiendo llevando a cabo una investigación concreta cuyo fin es obtener un resultado. No obstante, conseguir un salario para hacer el doctorado no es siempre tarea fácil. El Ministerio ofrece contratos (FPU y FPI) que pagan salarios fijos mínimos (lo cual supone una discriminación para aquellas personas que realicen su doctorado en ciudades con precios más elevados que otras). El año pasado se ofrecieron, por ejemplo, 850 plazas de FPU a expedientes que superasen una determinada nota media (la más baja fue un 7,6). No obstante, fueron casi 100.000 las personas que terminaron un Máster el año pasado (página 60). Es verdad que no todas las personas que terminen un máster querrán hacer un doctorado, pero la proporción de egresados/becas/nota media del expediente da una idea de lo difícil que puede ser conseguir una ayuda económica para un trabajo que ayudará al progreso científico del país. Es verdad que hay ayudas externas, como las propias que pueda tener una universidad o la que conceden ciertos organismos privados, pero siguen sin ser tan abundantes como para que cualquier persona que quiera hacer el doctorado obtenga un salario por su trabajo.
  4. Publicar artículos científicos: dado que aquello que no se escribe, es como si no existiera, el trabajo del investigador/futuro docente es compartir sus resultados con el mundo. Para ello debe escribir en un formato determinado, que varía según cada disciplina, los resultados de sus investigaciones para enviarlos a revistas de prestigio. Estas revistas están ordenadas por relevancia para el campo (lo que se llama factor de impacto), y para publicar un artículo en ellas hace falta que al editor le guste el tema (y en ocasiones que le guste también los resultados, ya que los estudios con resultados negativos, donde no se obtuvo lo que se buscaba, no suelen ser tan publicados como los que tienen resultados confirmatorios, pese a que ambos son igualmente ciencia. Imaginaos entonces si nuestro experimento no sale con resultados "positivos" a la primera: más tiempo hasta que podamos publicar), y pasar entre 2 meses y 12 meses esperando los comentarios de colegas que corrigen el trabajo de forma anónima y sin remuneración para verlo publicado online. No obstante, para que el resto del mundo pueda verlo también online, hará generalmente falta pagar un dinero que ronda entre los 500 y los 2.500 euros, y que muchas veces es pagado de los propios bolsillos de los investigadores si no tienen en ese momento ayudas económicas.

<em>El profeta</em>, de Pablo Gargallo. Es una obra que siempre me ha gustado mucho contemplar. Creo que en este caso puede representar la necesidad de investigadores y docentes por dar a conocer sus resultados.

A todo esto, claro, cabe añadir entre otras cosas el acudir a congresos, hacer estancias en laboratorios/universidades extranjeras. Una vez terminado todo este proceso, que como se ve puede variar entre los 8 y los 14 años, el futuro docente o el futuro investigador aún no tienen nada seguro. ¿Podemos imaginar las implicaciones personales que tiene esto para la tranquilidad emocional?

a) Quiero ser profesor universitario

Ahora el futuro docente tendrá que acreditarse en la ANECA (demostrando que cumple ciertos requisitos que se consideran necesarios para poder ser profesor de universidad pública: haber dado entre 250 y 700 horas de clase; haber publicado varios artículos...), sin los cuales, no puede ser contratado. Por lo que si no los cumple, deberá buscar puestos de trabajo como profesor combinando la docencia con otro trabajo, lo que se denomina "profesor asociado" y así llegar a las horas totales mínimas que se exigen para ser acreditado. El sueldo en la universidad de estos profesores puede estar entre los 250 y los 600 euros mensuales. Y no, no me he equivocado con las teclas numéricas.

Si se consigue acreditar, el salario base como ayudante doctor será de unos 940 euros y como contratado doctor de unos 1.100 euros (he aquí la tabla de una universidad escogida al azar), que al ser complementados podrán llegar a los 1.400-1.700 euros mensuales, como señala además un lector en los comentarios. Lo esencial de estas cifras es recordar que la persona se ha formado durante unos 10 años de su vida, y el salario que obtiene se acerca al mínimo interprofesional. ¿Qué motivación podemos encontrar entonces en dedicar una vida entera a la investigación y la docencia? La motivación, y esto es lo perverso del asunto, suele estar de manera intrínseca en quienes se dedican a este mundo y lo aman, porque aman hacerse preguntas e intentar responderlas de manera científica tanto como aman formar a otros en saber formularse esos interrogantes. Y ese amor les vale como motor, por eso continúan. Pero el amor, lamentablemente, no paga los alquileres.

Aún hay más: para tener plaza en propiedad y un salario vitalicio hace falta ser funcionario, para lo cual uno debe cumplir aún más requisitos y enfrentarse a un tribunal. Hay más información sobre las distintas modalidades de profesor aquí. En cualquier caso, para obtener un plus económico, hará falta continuar publicando, rellenar interminables formularios para solicitar ayudas económicas para proyectos de investigación de los que no obtendrá un solo euro (porque todo el dinero será empleado para material de investigación o salarios para contratados) y obtener sexenios (una figura española que reconoce la labor de investigación llevada a cabo durante tramos de 6 años), si bien un hilo en Twitter recuerda la existencia de trienios y quinquenios, que también pueden ayudar económicamente. En la privada la acreditación también existe, así como el reconocimiento de los sexenios. En cuanto al salario, en la privada suelen ser más elevados.

Durante todo este proceso, el futuro docente deberá enfrentarse a luchas internas en cada universidad por plazas que quieren reservarse para personal ya conocido de la casa. También tendrá que estar atento a todas las convocatorias que vayan surgiendo, en cualquier momento del año, lo que implica una continua incertidumbre sobre en qué ciudad se vivirá y qué asignatura se impartirá, y cómo serán los nuevos compañeros. No es un proceso comparable a la búsqueda de trabajo a través de Infojobs, donde uno puede ofrecerse a las empresas, sino suele ser más bien el proceso contrario, donde uno ruega que le permitan incorporarse a una universidad para poder enseñar aquello que sabe.

b) Quiero ser investigador

Ahora el futuro investigador entra en una situación de pánico porque lo que se suele hacer es un posdoc. Esto consiste en contratos temporales (normalmente de 2 años) para investigar una temática muy concreta en un lugar extranjero o en un centro diferente al que se ha estado, lo que dará más solidez al CV. Si echamos cuentas, esto implica que nuestro futuro investigador ya estará acercándose a los 30 años, y debe volver a pasar seguramente unos meses en el paro (porque es mucha casualidad poder enganchar justo el término del doctorado con el inicio de una posdoc); volver a mudarse; y volver a esta situación cuando pasen los dos años de contrato. Una vida estable no suele llegar a tenerse hasta los 35 años, en los mejores casos, si se ha mantenido un buen ritmo de publicaciones.

La vuelta a España no suele ser muy cómoda, porque los contratos de atracción del talento se suelen reservar para personas muy distinguidas en su campo, y aunque esto es beneficioso y necesario, deja a muchas otras personas que, tal vez no con tantas publicaciones, puede también ser muy útiles en un puesto investigador.

En definitiva, la dedicación bien a ser profe, bien a ser investigador, o a ambos, es muy dura en España. Conlleva incertidumbre, competencia, mudanzas, tolerancia al rechazo, paciencia, una exigencia constante y una capacidad de resiliencia que, en muchas ocasiones, hacen que uno se pregunte si merece la pena de verdad todo esto. Uno se siente imbuído de Sísifo y de esa cuesta que hay que subir arrastrando a las espaldas una enorme carga. Estoy segura de que esas personas suben la cuesta porque les invade una sensación superior, algo que les dice que ese esfuerzo individual que ellos hacen contribuirá de alguna manera al conocimiento o al futuro bienestar de otros que seguramente no serán ni siquiera ellos mismos. Por eso siguen subiendo, y siguen. Pero son humanos, y los humanos también se cansan. También quieren vivir una vida con tranquilidad, donde no todas las horas del día impliquen investigación, preparar clases o congresos. Al final, la vida fuera de la academia podría ser más fácil, con más salario, más estabilidad, menos mudanzas. Es normal que surja la duda,y sobre todo que surjan múltiples sensaciones psicológicas (y físicas) negativas. Y aquí lo peor llega cuando algunos compañeros de profesión ven en esa duda por dejarlo, en vez de empatía, un síntoma de flaqueza, de "no valer para esto". En mi opinión, esa actitud es equivocada, porque valer para esto no debería ser equivalente a saber sufrir. No se debería sufrir con lo que uno hace.

Yo digo a todos aquellos que os planteáis dejarlo, que no sois pocos, que os comprendo. Yo también dudo muchas veces. Si sigo en esto todavía es porque aún me siento con fuerzas, pero también sé reconocer que no soy imprescindible. Por tanto, no es malo dejarlo. Será buscar la felicidad, la misma, pero en otra parte. No es un fracaso sino un cambio. Quizá, eso sí, antes de dejarlo recomendaría preguntarse si lo que falla es lo que uno hace, el lugar en el que está o las personas que trabajan a su lado. Porque muchas veces una mala experiencia con determinadas personas llevan a grandes mentes a alejarse de una disciplina que antes disfrutaron. En ese caso, aunque la persona puede estar harta, quizá convendría plantearse si un nuevo cambio, ojalá el último, podría traer mejores momentos. Muchas veces la universidad nos absorbe y nos hace pensar que vivimos en una burbuja, y que no hay vida más allá del sitio que conocemos. Sin embargo hay miles de laboratorios y centros donde sus trabajadores lo pasan bien y hay buen clima.

Con esta entrada obviamente no quisiera desanimar a quienes pensaran en dedicarse a esto. No todos los investigadores y docentes sufren esas patologías, ni todos piensan en dejarlo. Pero como he vivido en primera persona esas preguntas de "Si eres profesora de universidad, vivirás como una reina, con tres meses de vacaciones" o "¿Y qué haces cuando terminas las clases?", que demuestran desconocimiento sobre los ritmos y las dificultades de nuestra profesión, creo que es necesario un post con el que puedan empatizar aquellos que han vivido algo similar o sobre todo aquellos que se han planteado dejarlo. Insisto, no quiero desanimar, pero, como el autor anónimo del libro que comentaba al principio de este post, conviene saber lo que hay, para así decidir libremente, y también ser conscientes de que otros dudan, y de que la duda no es sinónimo de fracaso.

De hecho, los profesionales de la academia hemos sabido hacer de la duda y de los problemas virtud. Mirando internet y librerías, se puede comprobar que para esta profesión abundan las producciones humorísticas, paródicas pero ciertas de lo que supone la carrera investigadora. El humor desde luego parece haberse convertido en la vía de escape que hemos acordado entre todos para consolarnos, y por eso es lógico que abunden webs dedicadas a lo que supone ser un estudiante de doctorado, cómics que tratan las distintas peripecias por las que pasa un investigador en su carrera.

De otras publicaciones que de broma reflejaban a un grupo de investigadores que al llegar al aeropuerto eran recibidos por miles de fans, como si de los Beatles se tratara, ya hablaremos en otra ocasión. Reconozco que me duele que esto deba causar gracia y no reflexión. ¿Por qué los científicos y académicos, aquellos que contribuyen al conocimiento del mundo, no pueden también hacer despertar el fervor y admiración de otros, como lo hacen futbolistas, cantantes y actores?

Pero eso es otra historia. Ahora, de momento, una canción.

Nereida Bueno Guerra
Nereida Bueno Guerra

Me cuesta definirme, profesionalmente hablando, porque no me siento representada por una sola materia. De formación soy psicóloga y criminóloga, pero vivo la ciencia de manera interdisciplinar. Eso me ha llevado a trabajar en cárceles y en las sabanas de Tanzania, en aulas y hospitales. Actualmente me adscribo al departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde soy la coordinadora académica del área de Criminología. Mi mail: nbguerra@comillas.edu

Sobre este blog

Siempre me han caído mal dos ranas viejas que intentan desanimar e imponer una creencia al protagonista del poema «Los encuentros de un caracol aventurero», de Lorca. Os invito a luchar contra esas dos ranas en cada entrada, para que a través del beso divulgativo de la ciencia las transformemos en seres críticos, científicos y curiosos. Para ello hablaremos de todo, pero con especial atención a la psicología, criminología, la evolución y el lenguaje.

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