Si por algo es conocido Albacete, aparte de por su tardeo (cuya creación se disputa con Murcia) y por ser la cuna de un grupo de algunos artistas que se enmarcan dentro del conocido como humor manchego, es por sus navajas y sus cuchillos. 

El Museo de la cuchillería, a espaldas de la catedral, da buena fe de ello. Se trata del templo del cuchillero, y narra al visitante la historia y las curiosidades de todo lo que tenga filo. Hace apenas dos semanas lo estuve visitando y el mundo cuchillero me pareció tan interesante (y a mi parecer, tan desconocido), que solicité permiso por escrito al museo para realizar esta entrada con material fotográfico obtenido de sus vitrinas. Una vez conseguido el permiso, ¡empezamos!

Quizá hoy en día, con la tecnología tan presente en nuestras casas, no pensaríamos en el cuchillo como un objeto esencial e impresicindible, como aquello que salvaríamos de un incendio. Pero si pensamos en la España de hace unos años, la cosa cambia. Los cuchillos suponían una herramienta tan esencial para los trabajadores del campo, para los artesanos, para las familias humildes como ahora nos parezcan los teléfonos móviles a cada uno de nosotros. De todas sus utilidades da cuenta este poema que es tradición adjuntar a la compra de una navaja en tierras albaceteñas: 

Aquella navaja de mi padre
(J.J. García Carbonell)

Éramos como la mayoría

una familia pobre de artesanos.
Mi madre repartía
la fuente del guisado por los platos.
El buen pan de la Roda
mi padre hacía pedazos,
el pan grande en el pecho,
la navaja en la mano.
Servía la navaja para todo:
para sacarle punta al tranco,
para alfilar el lápiz,
para el corcho rebelde,
para el tocino magro,
para mondar naranjas,
para mojar la sopa en el caldo,
para pelar las patatas,
arreglar el gazapo,
cortar el nudo, despegar la caja,
y poner un cartón a los zapatos.
Echar la sal al huevo
y cortar a la vid el primer ramo,
Para pelar la vara del camino
y poner nuestros nombres en un árbol (...)

El objeto cortante, de hecho, fue una de las primeras herramientas de la humanidad. Al conjunto de herramientas fabricadas con piedras por los humanos (cantos rodados, lascas, bifaces...) se le denomina industria lítica. Y esta industria de instrumentos cortantes fue esencial para arrancar la piel de los animales cazados o que encontraban muertos, así como para defenderse de predadores o para fabricar las primeras ropas, entre otras cosas. La posterior llegada de los metales no hizo sino mejorar la calidad de estas herramientas, y resulta sorprendente comprobar que un cuchillo de hace veinte siglos guarda una forma muy parecida a los que podemos encontrar en cualquier tienda actual (no se me ocurren ahora demasiados objetos que hayan conservado su forma exacta a lo largo de los siglos): 

Una de las piezas del museo: cuchillo de hierro y bronce. Data de los siglos I-II d.C. (Todas las fotos de esta entrada cuentan con el permiso por escrito del Museo para ser reproducidas con fines didácticos. En caso de querer utilizarlas, os recomiendo escribir a: info@museocuchilleria.es)

Ahora bien, un cuchillo no lo puede fabricar cualquiera. Los "cuchilleros" eran los encargados de fabricarlos. Parece ser que en España los primeros cuchilleros datan del siglo XV, aunque el oficio se consolida en el siglo XVIII. Los maestros cuchilleros distribuían sus talleres por las calles de la ciudad y a ellos acudían los aprendices, que eran enseñados en el arte de ejecutar las mejores piezas. Y ahora viene lo interesante. Si bien cuando miramos un cuchillo o una navaja y no somos entendidos lo que podríamos diferenciar es el mango y la hoja, cada uno de estos instrumentos tiene unas partes muy bien diferenciadas y con unos nombres muy concretos. Vamos a verlas.

Izquierda: Diferentes partes de un cuchillo. Derecha: Diferentes partes de una navaja típica albaceteña.

A estas partes se pueden añadir aún más tecnicismos, especialmente en la navaja, pero por el momento nos basta. Continuemos. Para que ambas piezas fuesen útiles, se necesitaba mantener el filo bien afilado. Es entonces cuando nace la figura del afilador. Los afiladores eran personas que, generalmente en bicicleta, recorrían las calles de las ciudades y pueblos con una rueda que una vez accionada y colocando la hoja del cuchillo sobre la misma, permitía devolver a la pieza su capacidad de corte. Para hacer saber su llegada, los afiladores se anunciaban soplando un chiflo, flauta de Pan o silbato (generalmente hechos de madera de boj, roble o castaño). Para aquellos de mi generación y anteriores, junto al sonido de los pájaros, todas las ciudades y pueblos compartían esa cancioncilla propia de los domingos, que identificaba la llegada del afilaor (aunque en algunos pueblos lo bucólico se cambiaba por lo temible, de acuerdo a la leyenda negra que relacionaba la llegada de un afilaor con la próxima muerte de algún lugareño).

Bicicleta típica del afilador. Junto al manillar se puede apreciar la rueda que permitía devolver al cuchillo su filo, tal y como representa la infografía del fondo.

Y junto a la funcionalidad y la búsqueda del mejor corte, se empezó a conceder un valor estético a las piezas. Así, los artesanos competían por realizar las piezas más asombrosas, bien por el tallado del lomo, bien por los materiales empleados en la cacha. Para ello, se aprovechaban los astados de los ciervos (o incluso los colmillos de hipopótamo y los cuernos de otros animales) o se buscaban maderas exóticas (de wengué, palisandro, ébano, carmín o palmeras). Aunque los portadores podían escoger la frase que tallar en el lomo, la más común era "Sirvo a mi dueño". Hoy en día se conservan concursos para premiar a las navajas más bonitas y de elaboraciones más complejas. 

Un ejemplo de navaja en el que se ha aprovechado un astado para confeccionar la cacha.

Algunos ejemplos de navajas modernas. Observad cuidadosamente los detalles, ¡qué difíciles de hacer! Os saludo, por cierto, a través del reflejo del cristal.

Así, una vez confeccionada la navaja o el cuchillo, y una vez bien afilada, solo hacía falta venderla. Los vendedores ambulantes de navajas fueron muy populares durante el siglo pasado. Eran personas con algo parecido a riñoneras gigantes o a cinturones de carpintero, con múltiples bolsillos donde colocaban sus navajas. También se confeccionaban maletines ad hoc

Estatua típica albaceteña del vendedor ambulante de navajas.

El tiempo fue trayendo nuevos usos para los cuchillos y navajas, y se le fueron añadiendo elementos. Así, por ejemplo:

  • la "almarada" era un cuchillo de hoja fina y alargada con un botón sobresaliente entre la empuñadora y la hoja que permitía introducirla en la bota y mantenerse bien cogida a ella gracias al botón, que servía de tope;
  • la "puntilla" o "misericordia" era una hoja ancha, parecida al cubierto que sirve para servir trozos de tarta, pero que en este caso se empleaba para asestar el golpe de gracia al adversario o a la res;
  • los "abrecartas" servían para abrir los sobres y en ocasiones, con la hoja ancha, para rectificar la tinta, rasgando el papel sobre el que se hubiese escrito.

A estos elementos cortantes también se unirían las tijeras, con múltiples formas. Por ejemplo,

  • las "despabiladeras" tenían a mitad de las hojas unos sobresalientes que permitían cortar la cera de las velas y así lograr que la mecha prendiese mejor en el siguiente uso;
  • las "tijeras del ganado" eran parecidas pero con la parte sobresaliente curvada, de manera que se pudiese esquilar con facilidad la lana. 

Tijeras empleadas para quitar la parte carbonizada del pabilo y así avivar la llama de las velas en el siguiente uso.

Y en el campo de los elementos cortantes podríamos introducir las espadas, y las múltiples formas de armas blancas tales como los alfanjes, las cimitarras o las del Cid.

Pero es otra historia. Ahora, de momento, una canción

Nereida Bueno Guerra
Nereida Bueno Guerra

Me cuesta definirme, profesionalmente hablando, porque no me siento representada por una sola materia. De formación soy psicóloga y criminóloga, pero vivo la ciencia de manera interdisciplinar. Eso me ha llevado a trabajar en cárceles y en las sabanas de Tanzania, en aulas y hospitales. Actualmente me adscribo al departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde soy la coordinadora académica del área de Criminología. Mi mail: nbguerra@comillas.edu

Sobre este blog

Siempre me han caído mal dos ranas viejas que intentan desanimar e imponer una creencia al protagonista del poema «Los encuentros de un caracol aventurero», de Lorca. Os invito a luchar contra esas dos ranas en cada entrada, para que a través del beso divulgativo de la ciencia las transformemos en seres críticos, científicos y curiosos. Para ello hablaremos de todo, pero con especial atención a la psicología, criminología, la evolución y el lenguaje.

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