Por evolución convergente o por puro azar, los profesores José Ignacio Latorre y Angel Garcimartín han reparado en medios de comunicación que facilitan el acceso al saber riguroso en este mar de información que nos anega. Por mimesis siquiera, quiero sumarme a ese empeño. La profesora Natalia López Moratalla está editando en la Universidad de Navarra una serie de documentales sobre el cerebro que constituyen un modelo de síntesis y pedagogía. La bibliografía aducida lleva al espectador a las revistas Investigación y Ciencia y Mente y cerebro. Una óptima combinación de lectura reposada y dinamismo plástico. Del interés del tema da fe la exposición que se ofrece en el Museo Americano de Historia Natural, de Nueva York, bajo el epígrafe Brain: The Inside Story. ¿Cuál es la entraña del cerebro? La metáfora preferida lo asocia a un computador, a una madeja enredada de cables, transistores, relés y conmutadores, que han de explicar cómo opera el sistema nervioso, de qué modo aprendemos, qué ocurre cuando nos emocionamos, por qué nos desmoralizamos o perdemos la ambición de la juventud.

 

Con el computador se asocia en particular el sentido de la visión. Sin visión no hay conocimiento. No podríamos aprender por imitación. La historia de la neurociencia ha sido, en buena medida, el estudio del órgano de la vista. Tras una etapa de investigación fisiológica, ya sea en el calamar gigante o, sobre todo en primates, el enfoque cibernético ha pasado a primer plano. Los orígenes del método se remontan al ecuador del siglo pasado. Apareció entonces un nuevo campo, el estudio de la estructura de sistemas reguladores, estrechamente emparentado con la teoría del control y la teoría de sistemas. Aplicada al caso de la visión, los investigadores comenzaron a distinguir tres niveles de inquisición: el nivel computacional, que especifica la naturaleza precisa del problema óptico en cuestión, el nivel algorítmico, que nos permite resolver las restricciones impuestas a cualquier problema óptico, y el nivel físico de ejecución, que atañe a las neuronas implicadas en el proceso.

 

No es fácil mantener con rigidez ese patrón metodológico. De hecho, la complejidad del cerebro supera las posibilidades de los ordenadores. Actos tan sencillos como la risa escapan a cualquier horma, por más que las técnicas de formación de imágenes nos muestren unos mapas cromáticos de especial viveza mientras sonreímos o saltamos la carcajada ante el chiste. Que sea complejo, sin embargo, no quiere decir que se escape a toda explicación. López Moratalla ha construido una hermosa exposición a modo de preámbulo para la serie.

 

 

José María Valderas
José María Valderas

Biólogo por la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en filosofí­a, fundó la revista Mente y cerebro durante su etapa de director general de Prensa Cientí­fica, S.A. Ha recibido el premio "European Science Writers Award".

Sobre este blog

Cuando el filósofo aborda la naturaleza humana evoca las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es el hombre? Kant reduce las tres primeras cuestiones a la última. Aquí prestaremos particular atención a la identidad de la que tratan los neurocientíficos, basada en las sinapsis.

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