El miedo es una respuesta biológica ante estímulos o situaciones amenazantes de nuestra integridad. A veces se aprende, como cuando los ratones tiritan ante la observación de compañeros sometidos a repetidos choques eléctricos en las patas, en particular si se trata de parientes o parejas. Tiene mucho que ver ahí, se dice en neurociencia, el córtex cingulado anterior.

Menos estudiada ha sido la influencia del miedo en genética y ecología. Por ejemplo, ¿condiciona el miedo la demografía de una comunidad? En los estudios de ecología de poblaciones y gestión de la naturaleza salvaje, los efectos de los depredadores sobre la cuantía de presas se ha venido adscribiendo, de forma exclusiva, a la acción directa del verdugo. Pero el propio miedo a la depredación ejerce una poderosa influencia sobre el comportamiento. Demanda una mayor cantidad de tiempo que dedicar a la vigilancia de las crías o limitar el tiempo de permanencia en espacio abierto.

Las bajas directas pueden comprobarse sin dificultad.  Lo que no constituía motivo habitual de estudio era la influencia posible, en la reproducción y demografía, de la percepción que la presa tuviera del riesgo de depredación. Liana V. Zanette, Aija D. White y Marek C. Allen, de la Universidad de Western Ontario, junto con Michael Clinnchy, de la Universidad de Victoria, se aprestaron a investigarla, tomando por modelo individuos de la especie Melospiza melodia,  un ave canora. Se trataba de averiguar si la energía invertida en la respuesta contra el depredador suponía la merma del número de descendientes y si aumentaba la mortalidad por otras causas. Las respuestas desplegadas contra el depredador podrían abarcar cambios en el uso del hábitat, vigilancia y comportamiento de forrajeo, así como cambios fisiológicos. Cualquiera de tales cambios redundaría en el número de individuos de la población amenazada.

Sabido es que la tasa del crecimiento de una población viene determinada por el número de descendientes producidos por año, amén de la supervivencia de juveniles y adultos. El número de descendientes producidos por año es función del número de propágulos (huevos o neonatos) y su supervivencia en el estadio juvenil. Había que evitar la depredación directa si se quería someter a prueba la hipótesis sobre otros efectos de los depredadores. El diseño experimental ideado por los investigadores, sencillo, no carecía de ingenio. Para eliminar la depredación directa protegieron los nidos con mallas eléctricas y redes. Con la eliminación de la depredación directa se acotaba y, por ende, se contrastaba empíricamente, hasta qué punto, por sí sola, la percepción del riesgo de depredación condicionaba el número de descendientes producidos por año. Manipularon la  percepción del riesgo introduciendo llamadas y sonidos enlatados (“playbacks”) de depredadores (mapaches, córvidos, halcones, lechuzas, garrapateros) y no depredadores (focas, ganso, aleteo, somorgujo, colibrí).

Y descubrieron que, por sí sola, la percepción del riesgo de depredación, reducía el número de progenie por año en un 40 por ciento (reducción del tamaño de la nidada). En sí misma, la percepción de riesgo constituye, pues, un factor poderoso para condicionar la dinámica de la población en la naturaleza. Es el miedo que guarda la viña.

 

 

José María Valderas
José María Valderas

Biólogo por la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en filosofí­a, fundó la revista Mente y cerebro durante su etapa de director general de Prensa Cientí­fica, S.A. Ha recibido el premio "European Science Writers Award".

Sobre este blog

Cuando el filósofo aborda la naturaleza humana evoca las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es el hombre? Kant reduce las tres primeras cuestiones a la última. Aquí prestaremos particular atención a la identidad de la que tratan los neurocientíficos, basada en las sinapsis.

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