Para un hispanohablante, la palabra generación le lleva a José Ortega y Gasset, en su primera parte de El tema de nuestro tiempo (1923). La fuente de información en biología la encuentra Ortega en Jacob Johann von Üexkull, etólogo alemán traducido en su editorial de La Revista de Occidente. Buena parte de su razón vital se la inspira éste. Para Ortega, una generación es una variedad humana, “en el sentido riguroso que le dan a este término los naturalistas”. No es demasiado explícito en su caracterización: “Los miembros de ella vienen al mundo dotados de ciertos caracteres típicos, que les prestan fisonomía común, diferenciándolos de la generación anterior”.

 

De una generación peculiar quisiera hacer mención, la de los discípulos de Giuseppe Levi, introductor en la Universidad de Turín de las técnicas de la biología moderna que había aprendido en Berlín. A principios de los años treinta, buscaron guía en su laboratorio tres jóvenes que obtendrían el premio Nobel: Rita Levi-Montalcini, Salvador Luria y Renato Dulbecco. Aparte de sus méritos científicos, debemos a Dulbecco, recién fallecido, el impulso decisivo para una de las empresas de mayor alcance de nuestro tiempo, la secuenciación del genoma humano.

 

En el número de Science correspondiente al 17 de marzo de 1986, aquel virólogo entre los virólogos instaba la identificación de los cambios operados en el genoma que desembocaban en el cáncer. Hoy eso nos parece prehistoria, habida cuenta de los distintos tipos de organismos secuenciados y refinamiento de las técnicas alcanzado. Dulbecco sostenía que un gran programa a gran escala, y no un enfoque sectorial, sería el mejor camino para progresar en el camino contra el cáncer. Un proyecto de secuenciación del genoma entero resultaría beneficioso para el estudio de cualquier enfermedad, no sólo del cáncer; lo obvio, añadía, era empezar por el genoma humano. Mediante la secuenciación sistemática de los 3000 millones de letras del ADN humano, los científicos identificarían los 100.000 genes humanos estimados, la porción del código genético que porta las instrucciones sobre la síntesis de proteínas del cuerpo. Su apostilla final se ha repetido en numerosas ocasiones desde entonces: “Su significación sería equiparable al empeño que nos llevó a la conquista del espacio y debería desarrollarse con el mismo espíritu. Sería incluso más atractivo convertirlo en una empresa internacional, porque la secuencia del ADN humano es la realidad de nuestra especie, y todo lo que sucede en el mundo depende de esas secuencias”. Rememora James Watson, en su autobiografía intelectual, que “My initial reaction ... was of surprise, wondering why my highly intelligent friend believed that the time had come for such a massive endeavor” (A passion for DNA, 2000, pp.171-172)

 

A través de una serie tenaz de experimentos que inició en el Instituto de Tecnología de California en Pasadena y luego en el Instituto Salk de la Jolla, demostró Dulbecco que la conducta de las células cancerosas podía rastrearse hasta los genes adquiridos. En 1968, con Joseph Sambrock demostró que el ADN vírico se integraba en el ADN celular; el virus incorporaba genes en el genoma de las células. Así se inducía el proceso canceroso.

 

 

José María Valderas
José María Valderas

Biólogo por la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en filosofí­a, fundó la revista Mente y cerebro durante su etapa de director general de Prensa Cientí­fica, S.A. Ha recibido el premio "European Science Writers Award".

Sobre este blog

Cuando el filósofo aborda la naturaleza humana evoca las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es el hombre? Kant reduce las tres primeras cuestiones a la última. Aquí prestaremos particular atención a la identidad de la que tratan los neurocientíficos, basada en las sinapsis.

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