Aunque de humanos es errar y de sabios enmendar el yerro, no deja de resultar un punto humillante tener que retractarse de un artículo publicado. En particular si el artículo apareció, no en una revista escondida o de escasa circulación, sino en una publicación de prestigio. Pensemos en Nature o Science. El desprestigio que ello acarrea puede fácilmente arruinar una carrera. Sin adquirir proporciones de epidemia, no resulta ya insólita la sección de anulación de artículos, donde la publicación añade a la retractación de los autores, el aviso de que el artículo ha sido borrado de los archivos, como si nunca hubiera aparecido. En 2010 Nature exigió en cuatro ocasiones la retratación de los autores. En promedio, a lo largo del último decenio, la autoinculpación se produjo con frecuencia de dos por año. Si tenemos en cuenta que Nature publica unos 800 artículos al año, no parece a primera vista un porcentaje alarmante. Sí empieza a serlo cuando nos percatamos de que, desde 1990, la proporción de retractaciones en las publicaciones científicas de primera línea se decuplicó. De ese comportamiento no ha quedado exento algún grupo español.

 

Suele atribuirse esa mala arte al apremio del “publish or perish”, a la necesidad de amontonar artículos de máxima puntuación para asegurarse un puesto académico, sobre todo allí donde la competencia dura bastante tiempo. Entre nosotros, esa ansiedad suele terminar con la incorporación en el régimen funcionarial, uno de nuestros vicios estructurales. En algunos países han optado por reducir a cuatro o cinco artículos el número de publicaciones a reseñar para optar a un contrato laboral, una subvención, un cargo, etcétera. Es la antítesis del curriculum a peso que rige por estos lares. Desde la propia tesis doctoral que en no pocos casos es un centón caótico, sin nada que ver con la tersura de la brevísima de Kurt Gödel, que debería servir de modelo en lo que tiene de innovación que es lo propio de ese trabajo de madurez intelectual. El afán de la primacía constituye otro factor que en nada ayuda a la honradez investigadora.

 

La mala praxis científica, que altera resultados, incorpora datos no contrastados o inventados, deforma procesos, etcétera, provoca reacciones que a algunos podrían parecerles desmesuradas. La Universidad de Konstanz tomó en 2004 la decisión de arrebatarle el título de doctor que le había concedido en 1997 a Jan Hendrick Schön por considerar “inmoral” que lo llevara tras la serie de artículos que había publicado entre el año 2000 y el 2002, siendo jefe de la dirección de física de los Laboratorios Bell en Nueva Jersey. Una decisión que revocó un juzgado de Friburgo el pasado mes de septiembre. A veces quien no juega limpio es el delator. Así ocurrió, por ejemplo, con la denuncia que un autoproclamado “Stem Cell Watch” realizó contra un artículo publicado por el grupo de Konrad Hochedlinger, de la Universidad de Harvard, en octubre. El fraude era la denuncia.

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José María Valderas
José María Valderas

Biólogo por la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en filosofí­a, fundó la revista Mente y cerebro durante su etapa de director general de Prensa Cientí­fica, S.A. Ha recibido el premio "European Science Writers Award".

Sobre este blog

Cuando el filósofo aborda la naturaleza humana evoca las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es el hombre? Kant reduce las tres primeras cuestiones a la última. Aquí prestaremos particular atención a la identidad de la que tratan los neurocientíficos, basada en las sinapsis.

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