De "ciencia inspiradora" a "cómo llegamos a la ciencia"

28/06/2014 0 comentarios
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Esta semana tuvo lugar el tercer encuentro de investigadores postdoctorales "Francis Crick Institute". En la entrada les resumo su contenido, y algunas reflexiones posteriores.

El instituto Francis Crick se inaugurará en 2015. Con una inversión inicial 650 millones de libras, el instituto albergará a más de mil científicos con el objetivo de investigar las causas y desarrollar nuevas terapias para enfermedades infecciosas, neurodegenerativas, o el cáncer.

Como muchos recordarán, Francis Crick fue el componente británico de uno de los dúos más famosos en biología molecular: la primera pareja de científicos que vio con claridad la estructura en doble hélice del ADN1. Aunque las grúas todavía se erigen frente a la estación Internacional de Saint Pancras, donde se establecerá el instituto bautizado en su honor, la comunidad científica londinense ha comenzado a prepararse para la inauguración del ambicioso centro. Desde hace tres años, los investigadores postdoctorales patrocinados por las seis entidades que participarán en el consorcio del Crick (Imperial, University y King's College London, Medical Research Council, Wellcome trust y Cancer Research UK) se reúnen para debatir nuevas ideas y establecer nuevas colaboraciones.

La reunión de este año, a la que he podido asistir, se celebró la pasada semana en la Biblioteca Británica. El tema de la reunión fue Inspiring Science, y los ponentes no sólo hablaron de su línea de investigación, sino que explicaron su historia personal, qué les atrajo de la ciencia y cómo llegaron a donde están ahora, con el objetivo de aconsejar a los investigadores más jóvenes que asistíamos a la jornada.

El profesor Mark Lythgoe, de University College, abrió la sesión relatando toda una vida antes de llegar a la ciencia: incapaz de acabar el instituto, trabajó por primera vez en una fábrica de plásticos de Manchester. Pero aunque el trabajo no le desagradaba, decidió que no quería pasar toda la vida allí. Fue adiestrador de perros en Israel, técnico de rayos X en Australia, y escalador en todo el mundo durante 8 años. Hasta que conoció a unos científicos y decidió que quería ser uno de ellos. Actualmente, tras formarse como físico, dirige el Centro de Imagen Biomédica Avanzada, que él mismo fundó. Entre otras técnicas de última generación, su equipo es capaz de "etiquetar" células madre con nanopartículas de óxido de hierro, visualizarlas, y guiarlas a tejidos dañados.

A la izquierda, huevos de prinia, especie huésped. A la derecha, huevos de cuco, especie parásita. Fuente: Wired.com

La doctora Claire Spottiswoode, de la Universidad de Cambridge, nos habló de los cucos. Estas aves parásitas depositan sus huevos en los nidos de otros pájaros, más pequeños e incautos. Si los propietarios del nido no se dan cuenta, cuando el joven cuco nace, se deshace de los huevos de sus hermanastros, o los mata con su afilado pico. En esta guerra de los nidos, los pájaros parasitados ponen huevos con coloreados patrones, únicos, que les permiten distinguirlos; a su vez los huevos de los cucos mimetizan los patrones de los huéspedes. Este modelo es muy valioso para estudiar los mecanismos de la co-evolución de parásitos y especies parasitadas. La doctora Spottiswoode nos dio algunos consejos para sobrevivir en ciencia: sé persistente, no mires atrás, bebe cerveza.

La doctora Nessa Carey, por su parte, nos habló de las opciones de carrera para un científico. De eso ella sabe bastante: de estudiante de doctorado a investigadora, a profesora de Imperial College, a directora de innovación en Pfizer, a escritora científica (ya publicó un libro en el pasado, la revolución de la epigenética, y ahora quiere dedicarse en más profundidad). Sus consejos: intenta seguir estudiando y adquirir conocimientos ajenos a tu campo específico, sé persistente (¡la virtud del científico!), fomenta tu creatividad y flexibilidad, y aprieta los dientes.

El profesor Julian Parkhill, nos contó cómo de ser un biólogo poco exitoso (incapaz de publicar al ritmo requerido en los centros más exigentes), que pasaba el tiempo jugando con los ordenadores de la época, llegó a ser el director del grupo de Genómica de Patógenos del Instituto Sanger. La bioinformática es hoy día una de las disciplinas más en boga, y en el caso de las investigaciones de Parkhill se utiliza para trazar el origen de infecciones hospitalarias.

Finalmente, el profesor Olivier Voinnet habló poco de sí mismo (aunque sí mencionó algunas de sus investigaciones extraoficiales sobre epigenética con su propio esperma), y mucho de su investigación: los RNAs pequeños, que han revolucionado, por ejemplo, el mundo de la terapia génica.

Todo esto, y ciertas lecturas que han aparecido en diversos blogs esta semana, [aquí] y [aquí], me llevó a recordar cómo yo misma llegué a dedicarme profesionalmente a la ciencia.

De niña nunca soñé ser científica: lo que me gustaba de verdad era pintar, tocar el piano (el casio, para mi frustración nunca me llevaron a clases), escribir. En el instituto nunca destaqué en Matemáticas, ni Física, apenas en Química: lo que se me daba bien era el Latín, la Historia, la Literatura. Y sin embargo acabé estudiando ciencias, ya que pensaba que la salida profesional sería más clara. Pragmática que era una. Con mi alergia natural a las ecuaciones, elegí Biología por ser la que menos prometía enseñarme (y probablemente la que menos salida profesional tenía, ¡no me dijeron veces que debería haber estudiado Medicina o alguna Ingeniería!).

Mientras estudiaba, trabajaba los fines de semana y vacaciones, en turno de noche, en una rotativa (muy parecida a la foto que nos enseñó el Dr Lythgoe de su fábrica de Manchester), cargando palés, y haciendo funcionar unas máquinas que se tragaban los suplementos de los periódicos, como una danaide que nunca puede acabar de llenar el cántaro. Uno de esos días, hace ahora doce años, y quizá por el descontrol de horarios, me equivoqué en la hora de un examen: llegué 5 horas tarde. La asignatura era Neurobiología; cuando hablé con el profesor2 que la impartía, quizá porque se había dado cuenta del interés que había mostrado durante las clases (había sido mi asignatura preferida hasta la fecha, la que daba sentido a haber elegido Biología y no Humanidades), me propuso colaborar en su laboratorio. El resto ya lo saben por la mini-biografía que acompaña este blog.

Mirando atrás, a veces no estoy segura de si valió la pena: mudanzas continuas, el corazón siempre en un puño esperando que se resuelva la siguiente convocatoria de becas y proyectos, innumerables rechazos y decepciones, salarios muy por debajo de la industria, siempre la impresión de que llegará el día que tiraré la toalla y me buscaré la vida de otra manera. Otras veces, me asomo al microscopio y se me van las horas simplemente observando un bosque de dendritas; o miro alrededor y agradezco tener compañeros de viaje tan enormes.

Notas

1. Hace 51 años. Para el "otro" dúo, ver aquí.

2. Fernando Martínez-García, catedrático de Fisiología en la Universidad de Valencia, y uno de mis dos padres científicos, junto con Enrique Lanuza.