De reptiles y el número 3

07/10/2012 2 comentarios
Menear

Existen teorías, modelos y conceptos obsoletos, invalidados por investigaciones más recientes, que no obstante continúan, persistentes, formando parte del imaginario científico popular. Una de estas teorías que ya han perdido su validez pero no obstante continuan apareciendo, casi ubicuas, en revistas y charlas con amigos, o incluso con colegas de profesión, es la del cerebro triuno.

Si por la denominación cerebro triuno (acompañada del dibujo adjunto) no han reconocido de qué estamos hablando, aquí va otra pista: este modelo postula que nuestro cerebro está compuesto, cual rompecabezas, por un cerebro reptil, uno paleomamífero y uno neomamífero. Sin desmerecer las muchas contribuciones de Paul McLean, que acuñó dicho concepto hace más de 60 años, a la investigación en neurociencia y psiquiatría (entre las que se cuenta su esfuerzo por señalar la importancia de las emociones y la socialización para el comportamiento humano, acompañado de la introducción del término sistema límbico), su modelo es erróneo desde el punto de vista anatómico, funcional y evolutivo. Sabemos, por ejemplo, que los reptiles poseen amígdala, que hoy se considera parte fundamental del sistema límbico y que en el modelo tripartito forma parte del cerebro paleomamífero; sabemos que los que McLean designaba como mamíferos inferiores poseen neocortezas asociativas, aunque sus lóbulos frontales no se encuentren tan desarrollados como los de los primates. Pero no es mi intención aquí discutir sobre las características del cerebro de reptiles, aves y mamíferos que invalidan el modelo del cerebro triuno*, sino preguntarme el porqué de su supervivencia y popularidad.

Una interesante hipótesis se explora en un artículo publicado en 2010 en el Journal of the History of the Neurosciences. Su autor, Chris Smith, de la Universidad de Aston, hace notar la prevalencia de las estructuras tripartitas en el pensamiento occidental, desde tiempos tan remotos como los platónicos. En efecto, Platón, en el Timeo, propone una sociedad dividida en tres castas (los guardianes, los soldados y los proletarios) y establece que el cuerpo humano, análogamente, también se compone de tres partes. Aristóteles, por su parte, observa un alma vegetativa, una sensitiva y una racional. Para los filósofos griegos, influidos por los pitagóricos, la figura geométrica más sencilla, el triángulo, debe ser la raíz de todas las cosas. La importancia del número tres no se ha extinguido, ni mucho menos, en las sociedades de raíz cristiana: no debemos olvidar, por supuesto, el dogma de la Trinidad.

Si bien estas reflexiones me resultan muy inspiradoras, tan solo trasladan el problema: tal vez el modelo del cerebro triuno sea popular gracias a nuestra preferencia por el número tres, pero ¿de dónde surge ésta? Umberto Eco, en su novela Il pendolo de Foucault, ofrece una imaginativa solución por boca de la compañera del protagonista, enfrascado en el estudio de los números mágicos: el tres debe serlo porque no tenemos nada en nuestro cuerpo que sea tres, pero cuando se junta el hombre, que es uno, con la mujer, que es una, dan lugar a tres.

O quizá sea más sencillo que todo esto, y la culpa la tenga Carl Sagan, uno de los divulgadores científicos más conocidos, que utilizó el concepto del cerebro triuno en su libro Los dragones del Edén.

Como quiera que sea, agradecería cualquier idea procedente de los amables lectores que me ayudase a comprender este fenómeno de supervivencia inusitada.

Tres cerebros en uno

Imagen tomada del artículo "Paul McLean and the Triune Brain", Science vol.204, 1979


Referencias

  • Lanuza E, et al. Understanding the basic circuitry of the cerebral hemispheres: the case of lizards and its implications in the evolution of the telencephalon. Brain Res Bull. 2002 Feb-Mar 1;57(3-4):471-3.
  • Novejarque A, et al. Amygdalostriatal projections in reptiles: a tract-tracing study in the lizard Podarcis hispanica. J Comp Neurol. 2004 Nov 15;479(3):287-308.