Dado que perdí el pernicioso hábito de sentarme frente al televisor hace años, me encuentro a menudo desactualizada. Me entero muy tarde de que, semanas atrás, un ente por ahora público suscitó la polémica al exponer cómo encender una vela ante el altar del santo de la elección de cada uno podría rebajar la ansiedad1 inducida por una situación muy probablemente conocida por muchos de los telespectadores que en aquellos momentos recibían tal recomendación, específicamente aquellos pertenecientes a una las especies de trabajador más abundantes en esta península y sus islas circundantes: el trabajador desempleado.

Cuando unas semanas más tarde leo en estas bitácoras ciertas reflexiones acerca del pensamiento religioso (en oposición a la razón), me decido por fin a bucear un poco entre algunos estudios sobre tan interesante tema.

Hay investigadores que opinan que el pensamiento religioso es un fenómeno fundamentalmente cultural. Esgrimen argumentos tales como que no surgen niños politeístas de manera espontánea en sociedades monoteístas. Sin embargo, los estudios con niños también se utilizan para apoyar el punto de vista opuesto, a saber: el pensamiento religioso es innato, mucho más natural para el cerebro que el pensamiento, pongamos por caso, científico. Según encuentran otros investigadores, los niños tienden a inventar causas sobrenaturales para explicar fenómenos naturales, incluso cuando sus padres son ateos. No obstante, no debemos pensar que un niño no está sujeto a la influencia social, no sólo procedente de sus familiares, tanto o más que un adulto (lo cual hace extremadamente complicado investigar comportamientos puramente innatos en humanos, más allá del reflejo de búsqueda del pezón).

Otra argumentación que busca apoyar la idea de que la religión es una capacidad inherente al cerebro humano, al modo como podríamos entender la música o el lenguaje, se basa en relacionarla con funciones bio-psicológicas: la religión sería una herramienta más que usara el cerebro para reducir la complejidad del mundo adaptándolo a nuestra perspectiva, abreviaría el tiempo de toma de decisiones eliminando elecciones, y reforzaría las acciones del individuo. Los rituales religiosos habrían evolucionado a partir de los rituales estereotipados que toman muchos animales como precaución ante un ambiente peligroso. Por ejemplo, lavarnos el cuerpo para evitar enfermedades se traduciría en los rituales de purificación de muchas religiones. Apoyando esta conjetura, algunos investigadores encuentran una relación entre los rituales que llevan a cabo las personas que sufren trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) con los rituales religiosos. Y es que otras condiciones, como el TOC, que cursan con disfunción de nuestro neurotransmisor preferido (la dopamina), como la esquizofrenia o la epilepsia del lóbulo temporal, se han asociado a una religiosidad exacerbada.

Por el contrario, los trastornos de espectro autista suelen asociarse a una menor creencia en un dios personal, tal vez porque parece que los pensamientos religiosos activan, entre otras, redes neurales que participan en la cognición social y la teoría de la mente2. Los lóbulos frontales, y en concreto la zona ventromedial y la corteza cingulada anterior, responden frente a ideas religiosas. Esta última área cerebral participa también en la resolución de conflictos, y su actividad se ha correlacionado inversamente con la convicción religiosa. En todo caso, sabemos que las mismas zonas no se limitan a procesar las ideas religiosas: sin ir más lejos, se activan frente a todo tipo de creencias, ya sean de tipo religioso o certezas como que la Tierra es redonda.

Nuestro cerebro ha evolucionado aprendiendo, aprehendiendo, comprendiendo: no es descabellado pensar que la búsqueda constante de explicaciones, tanto de quienes se apoyan en la religión como de quienes lo hacen en la ciencia, sea una cualidad que emerge de la propia estructura y función cerebral. Leyendo a Lévi-Strauss, aprendo que el pensamiento mitológico -que asimilo al pensamiento religioso- no es más que un intento de explicar la realidad que percibimos, igual que la ciencia, sólo que prescinde, por desconocimiento u omisión, del método de ésta. (Además de apoyarse en verdades irrefutables, algo de lo que el buen científico debería huir).

Por lo que parece, el hardware no diferencia demasiado a la persona religiosa de la escéptica; quizás encontremos diferencias en el software. Algunos artículos proponen que las diferencias individuales en el uso de estrategias cognitivas analíticas nos pueden dar una pista: resolver los problemas analíticamente (típico de los científicos) se asocia con una menor religiosidad. Esto puede deberse a que el pensamiento analítico puede inhibir, o ayudar a superar, las intuiciones que soportan las creencias religiosas.

Entre las teorías en torno a la aparición y posibles beneficios del pensamiento religioso, una muy llamativa sugiere que éste actúa como una tabla de salvación, haciendo sentir seguro a quien lo profesa. Creer en un dios, como hemos comentado arriba, simplifica la ardua tarea que supone la toma de decisiones en este mundo lleno de incertidumbre; creer en dios nos puede llegar a permitir no tener que tomar el control de nuestras vidas. Por lo tanto, dicen algunos estudios, la religiosidad disminuye en aquellos países con un estado fuerte, gobernado con eficacia, capaz de proporcionar a sus ciudadanos dicho control externo. Paralelamente, la religiosidad es más fuerte en los países marcados por la pobreza, la alta mortalidad, las desigualdades sociales y los gobiernos inexistentes o poco fiables.

Como quiera que sea, el tema es amplio y da para un debate mucho más profundo del que cabe en este humilde blog3. Lo dejo aquí, animando al amable lector a que saque sus propias conclusiones acerca de la recomendación de encender una vela para aliviar la ansiedad.

Referencias

  • Banerjee K, Bloom P. (2013) Would Tarzan believe in God? Conditions for the emergence of religious belief. Trends in Cognitive Sciences; 17(1):7-8.
  • Baumard N, Boyer P. (2013) Explaining moral religions. Trends in Cognitive Sciences; 17(6):272-80.
  • Bering, J. (2010) The nonexistent purpose of people. http://www.thepsychologist.org.uk/
  • Boyer P. (2008) Religion: bound to believe? Nature; 455(7216):1038-9. Boyer P. (2003) Religious thought and behaviour as by-products of brain function. Trends in Cognitive Sciences; 7(3):119-124.
  • Gervais WM, Norenzayan A. (2012) Analytic thinking promotes religious disbelief. Science; 336(6080):493-6. 
  • Harris S, et al. (2009) The neural correlates of religious and nonreligious belief. PLoS One; 4(10):e0007272.
  • Kapogiannis D, et al. (2009) Cognitive and neural foundations of religious belief. Proceedings of the National Academy of Sciences USA ;106(12):4876-81.
  • Larson EJ, Whitman L (1998) Leading scientists still reject God. Nature, Vol. 394, No. 6691, p. 313 
  • Lévi-Strauss, C. Mito y Significado, 2012, Alianza Editorial. 
  • Norenzayan A, Shariff AF. (2008) The origin and evolution of religious prosociality. Science; 322(5898):58-62.
  • Norenzayan A, Gervais WM. (2013) The origins of religious disbelief. Trends in Cognitive Sciences; 17(1):20-5.

Notas

1Aunque algunas religiones generan tanta ansiedad como podrían aliviar, de la mano de dioses vengadores y demonios acechantes.
2Sabemos también que las creencias, de la misma manera que la percepción o el estado de ánimo, son moduladas por el estado del individuo, y que pueden reafirmar el ego. Una cuestión relacionada sería el porqué vemos un propósito en nuestro yo. Si desde el punto de vista evolutivo, un ojo no ha evolucionado para ver, sino que ha surgido y se ha adaptado permitiéndonos ver, no parece que nosotros estemos en el mundo para cumplir ninguna función; simplemente, somos.
3Me dejo en el tintero las diferencias entre religiones moralizantes y no moralizantes, el posible valor evolutivo de la religión como cohesionador del grupo y promotor de la socialización y muchos más aspectos de esta cuestión. Tal vez de todo esto hablemos otro día.
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PS. Llega a mis oídos la publicación del libro "Devots i descreguts" (Servei de Publicacions de la Universitat de València, 2013), de Adolf Tobeña, Catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica de la Universidad Autónoma de Barcelona, y habitual divulgador científico. Sin duda, una buena lectura para quienes deseen ahondar en la neurobiología de la religiosidad.

Carmen Agustín Pavón
Carmen Agustín Pavón

Profesora Contratada Doctora de la Universitat de València. Me doctoré en Neurociencias por la misma universidad, con una estancia breve en la Università di Roma La Sapienza. Trabajé como investigadora en la University of Cambridge, Centre de Regulació Genòmica de Barcelona e Imperial College London, y como profesora en la Universitat Jaume I de Castelló. Además, soy zurda, aprendiz de todo y maestra de nada.

Sobre este blog

"Que la actividad desarrollada de manera tan imperfecta haya sido y sea todavía para mí fuente inagotable de alegría, me hace percatarme de que la imperfección al llevar a cabo la tarea que nos hemos fijado o que nos ha sido asignada, se ajusta más a la naturaleza humana tan imperfecta que no la perfección."

Rita Levi-Montalcini, Elogio de la imperfección

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