Retrato de Rosalind Franklin. [Wikimedia Commons]

La pandemia de COVID-19 no debería hacernos olvidar una importante efeméride histórica de la ciencia, y menos cuando esa efeméride también conecta, oportunamente, con la biología de los virus. El pasado 25 de julio se cumplió el primer centenario del nacimiento en Notting Hill, Londres, de la mujer que nos abrió el camino para penetrar en las extrañas de la materia biológica y descubrir cómo esa materia condiciona nuestras vidas. Rosalind Franklin es conocida principalmente por la imagen de difracción de los rayos X que ella y su estudiante Raymond Gosling publicaron en 1953. Gracias a esa imagen pudo determinarse la estructura de doble hélice de la molécula de la vida, el ácido desoxirribonucleico (ADN).

Sin ese conocimiento, los científicos de hoy no podríamos estudiar e identificar el componente congénito de muchas enfermedades, como las neurológicas o el cáncer, y disponer de técnicas tan sofisticadas como la optogenética, que nos permite controlar el funcionamiento de ciertos procesos cerebrales con una precisión tan eficaz como asombrosa. Toda la biología cambió con el trabajo de esa joven química e incansable investigadora, que, aunque durante algún tiempo fue olvidada, ya forma parte del patrimonio científico de la humanidad.

Pero hoy, en medio de la pandemia que nos asola, su efeméride también sirve para recordarnos que su legado no empieza y acaba en los rayos X y el ADN, pues fue también una gran experta en el estudio de los virus que causan las enfermedades de las plantas y de las personas. Así, en la década de los 50 dedicó varios años de su vida al uso de los rayos X para determinar la estructura del ARN en el virus mosaico del tabaco, que destruye sus plantaciones, y, en 1957 estudió también el virus que causa la polio, una enfermedad muy temida entonces. Ella, sus colaboradores y los científicos de hoy podemos usar técnicas como la secuenciación del ADN o la cristalografía de rayos X para investigar coronavirus como el SARS-CoV-2.

Y ahí tampoco acaba su valioso legado, pues al principio de su carrera, en la década de 1940, ayudó también a determinar la densidad, estructura y composición del coque, fósil de carbón, lo que permitió un eficiente uso del mismo como combustible y, no menos importante, usarlo, por su porosidad, como componente de las máscaras de gas que salvaron muchas vidas durante la segunda guerra mundial.

En 1956 se le diagnosticó un cáncer de ovarios, quien sabe si debido al generoso, pero indebido uso de los rayos X sin demasiada protección que siempre acompañaron muchas de sus investigaciones. Murió dos años después, a los 37 de edad, y no nos cabe la menor duda de que, si hoy viviera y conservara fuerzas, estaría luchando en primera fila contra la pandemia vírica que padecemos. Al lamento de su temprana muerte tenemos que añadir el que James Watson y Francis Crick, que se basaron en su trabajo para identificar la estructura del ADN, no tuvieran un recuerdo especial para ella cuando recibieron el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962.

Ignacio Morgado Bernal
Ignacio Morgado Bernal

Catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Sobre este blog

Este blog trata de cómo el cerebro crea y gobierna los procesos mentales que hacen posible el conocimiento y la inteligencia en animales y humanos. Quién soy, qué es la consciencia, cómo percibimos el mundo, por qué olvidamos, emoción versus razón, autoconsciencia en animales, son ejemplos de los temas que trataremos en el mismo.

Ver todos los artículos