No person who has not spent a period of his life in those "stark and sullen solitudes that sentinel the Pole" will understand fully what trees and flowers, sun-flecked turf and running streams mean to the soul of a man

(Ernest Shackleton, The Heart of the Antarctic)

 

Equipo de Scott en el Polo Sur, durante la Expedición Terra Nova- British Antarctic Expedition (1912)El explorador polar Ernest Shackleton decía que en sus viajes, a pesar de la extrema dureza de la Antártida, había sido capaz de tocar el alma humana. Las expediciones polares, ya sean las de la conocida como “edad heroica” -las del propio Shackleton o las de Amundsen y Scott, entre otros- o las modernas misiones científicas, despiertan en nosotros una curiosidad atávica, porque intuimos que las dificultades que atraviesan sus protagonistas son tan sólo el preludio de una recompensa mayor aún: la superación de los propios límites personales, al superar los límites que impone un entorno dramáticamente bello y hostil a la vez.

Aunque posiblemente Shackleton esté en lo cierto y el continente blanco nos ofrezca una posibilidad de llegar al alma humana como ningún otro entorno, lo cierto es que la psicología no ha aprovechado aún del todo las posibilidades de este laboratorio de conducta que nos regala la naturaleza (1,2). Las investigaciones realizadas sobre la adaptación a los entornos extremos, como es el caso de los científicos que han de trabajar en estaciones antárticas durante prolongados períodos de tiempo, han sido más bien fragmentarias, enfocándose casi en exclusiva en tres áreas: cómo seleccionar a las personas más adecuadas para este tipo de misiones, cuáles pueden ser sus efectos psicológicos, y cómo el ser humano puede adaptarse exitosamente a un entorno tan desafiante no sólo desde el punto de vista físico, sino también emocional. Más aún, los retos y las tareas que han de afrontar los expedicionarios polares son distintas, en función de que se trate de trabajadores que realicen su actividad en estaciones situadas en los polos, o de personas que visitan estas áreas como exploradores, con una finalidad deportiva, cultural, o de búsqueda del contacto con la naturaleza (2). En consecuencia, el perfil psicológico de los exploradores polares y su forma de dar respuesta a los desafíos del entorno posiblemente no sea tampoco homogéneo, pero es escaso lo que se sabe aún sobre este punto.

El peor viaje del mundo

Apsley Cherry-Garrard, miembro superviviente de la Expedición Antártica Británica liderada por Scott a principios del siglo XX, tituló sus memorias sobre la experiencia con una franca expresión: “el peor viaje en el mundo”.  Ciertamente, el explorador polar ha de afrontar riesgos concretos y variados, como la exposición al peligro de sufrir un daño físico, el clima extremo, la escasez de recursos y provisiones, la dependencia que ello conlleva, el aislamiento, la convivencia forzosa con el grupo, la restricción de movimientos, la falta de contacto social, la ausencia de privacidad en ocasiones, la ruptura con el curso de la actividad habitual, la falta de contacto con familiares y amigos, o la irregular llegada de noticias a las estaciones polares -hasta la era de Internet-, lo que puede constituir una fuente de preocupación añadida (2, 3).  Y todo ello, unido al “estrés biológico” que este entorno extremo representa para el organismo humano, que ha de adaptarse a bajas temperaturas y condiciones diferentes de iluminación, entre otros cambios. No en vano, el conglomerado de estresores presentes en los ambientes polares se conoce como ICE -hielo, en inglés-, al reunir demandas derivadas del aislamiento (isolation), el confinamiento (confinement) y el propio entorno (environment) (4).

Quizás uno de los ejemplos más conocidos sobre los desafíos que entraña "la prisión de hielo" fue el caso de la doctora Jerri Nielsen. Cuando se encontraba trabajando como médico en la estación antártica Amundsen-Scott, descubrió que tenía un bulto en el pecho, cuyo carácter maligno ella misma pudo diagnosticar. Aislada en la estación científica durante los meses del invierno polar, tuvo que practicarse dos biopsias y auto-administrarse un tratamiento de quimioterapia, siendo supervisada por oncólogos norteamericanos a distancia gracias a las nuevas tecnologías, hasta que finalmente pudo ser evacuada. Se trata sin duda de uno de los casos más dramáticos de supervivencia en la Antártida.

Estación antártica Amundsen-ScottPero incluso en condiciones habituales, el trabajo en las estaciones polares es de especial dureza. Un equipo de psicólogos de la Universidad de Pekín ha realizado un interesante estudio de tipo cualitativo, en el que -entre otros aspectos- analizan cuáles son los retos implicados en la experiencia polar. Los investigadores analizaron la información proporcionada por una muestra de expedicionarios chinos, desplazados por trabajo a dos emplazamientos del país asiático en la Antártida, y encontraron cuatro tipos de desafíos.

Las respuestas de los entrevistados podían organizarse en torno a la exposición de problemas físicos (“si te dañas, es difícil recuperarse”), problemas emocionales (“me sentía solo y abandonado en una isla”), conflictos interpersonales (“a veces teníamos intensos debates sobre temas sociales... Y podían derivar en desacuerdos personales”), y dificultades relativas a la tarea que debían llevar a cabo (“el instrumental no funcionaba una vez más y no podía repararlo; estaba realmente estresado”). (5)

Riesgos psicosociales de las expediciones polares

Palinkas y Suedfeld, en un artículo de revisión sobre los efectos psicológicos de las expediciones polares han clasificado los posibles síntomas asociados a ellas en cinco categorías (3). Algunas de ellas son de tipo psicofisiológico, como la aparición de síntomas somáticos (fatiga, dolor de cabeza, molestias gastrointestinales, etc.) y problemas de sueño (insomnio, reducción de la cantidad de sueño REM, etc.). Pero también se han detectado problemas de tipo cognitivo, como los fallos a la hora de realizar tareas de memorización, atención o razonamiento, o algunos curiosos como la mayor susceptibilidad a la sugestión o a la hipnosis. Por supuesto, tampoco faltan las perturbaciones de tipo emocional, con síntomas de ansiedad, irritabilidad o depresión. Ya en el siglo XIX, el explorador y médico Frederick Cook, se refirió a  la incidencia de esta última de una manera algo poética: “La cortina de oscuridad que ha caído sobre el mundo exterior de helada desolación ha descendido sobre el mundo interior de nuestras almas”. Finalmente, una última categoría de problemas psicosociales hace referencia a la posibilidad de conflicto interpersonal, ya sea hacia miembros del propio grupo o externo a éste.

Algunos investigadores hablan de la existencia de una condición subclínica, el síndrome invernal (winter-over syndrome), en el que síntomas como los problemas de sueño, las dificultades cognitivas, la emocionalidad negativa y el conflicto interpersonal aparecerían asociados. Tal síndrome tendería a su punto álgido hacia la mitad de la expedición, y aminoraría su intensidad hacia el final, con cierta independencia respecto de la duración de la misión (3). Las causas de este síndrome parecen de tipo psicosocial, y por ejemplo, tienen que ver con el pensamiento -hacia la mitad de la expedición- de que aún queda otro intervalo de tiempo por superar igual al que ya se ha vivido. Pero Palinkas y Suedfeld también han encontrado que podría estar asociado al llamado síndrome polar T3, relacionado con cambios en el funcionamiento de la hormona tiroidea triyodotironina. Con el fin de mantener el calor corporal en una situación de bajas temperaturas extremas, los músculos harían acopio de esta hormona, en detrimento del cerebro (6). Los síntomas resultantes se asemejan al hipotiroidismo subclínico, con pérdida de memoria temporal, sensación de falta de energía, obnubilación, estados de confusión, o depresión, entre otros. Otra problemática, el trastorno afectivo estacional -SAD, por sus siglas en inglés, correspondientes a Seasonal Affective Disorder-,  también puede afectar a los habitantes de las estaciones polares, apareciendo con síntomas como bajo estado de ánimo, tristeza, y falta de energía. En este caso, la falta de exposición a la luz solar durante los largos períodos invernales parece ser la causa de alteraciones en los niveles de melatonina y serotonina, que pueden afectar a los patrones de sueño y al estado de ánimo.

La prevalencia de trastornos mentales entre el personal de estaciones polares se sitúa en torno al 5 %, siendo los trastornos del ánimo, los adaptativos y los del sueño los más habituales (1, 2). No es una cifra elevada, pero si se tiene en cuenta que se trata de una población que ha pasado previamente por diversas pruebas de selección, la interpretación puede cambiar y hacernos pensar en lo demandante de la experiencia desde un punto de vista cognitivo y emocional.

Conquistar, mediante la resistencia

Adaptarse a un entorno extremo, inusual y psicológicamente demandante requiere la puesta en marcha de numerosas estrategias de afrontamiento. Después de todo, como anotó Shackleton en su diario, "las dificultades son sólo cosas que hay que superar". Pero qué se puede esperar de alguien que tenía como lema "mediante la resistencia, conquistamos"...

Científicos trabajando en la AntártidaLejos de ser hombres y mujeres de hielo, los miembros de las expediciones polares con frecuencia presentan niveles elevados de ansiedad al comienzo de éstas. La investigadora de la Universidad de Bergen, Gro M. Sandal, sugiere que los expedicionarios pueden tener un umbral del miedo más elevado que la mayoría de la gente, pero que en todo caso, no son inmunes al temor, y su éxito en la adaptación dependerá de su habilidad para -entre otras operaciones- enfocarse en los aspectos positivos que encierran las situaciones potencialmente estresantes (7).

La bibliografía parece identificar de manera consistente una tríada de factores que estarían implicados en la eficacia a la hora de desarrollar un trabajo en este entorno: el nivel de habilidad o competencia en el trabajo, la estabilidad mental y las habilidades interpersonales, necesarias para garantizar la armonía entre los miembros del equipo (2). En una línea similar, en el anteriormente mencionado estudio realizado entre expedicionarios chinos, se da una visión bastante sistemática del rango de estrategias cognitivas, emocionales e interpersonales empleadas por los participantes en este tipo de misiones de trabajo. Tener una actitud amistosa hacia la vida y los demás miembros del equipo, implicarse y disfrutar del trabajo, buscar activamente el bienestar emocional, mantener la disciplina y evitar conflictos, o encarar los problemas de manera proactiva son algunas de las estrategias que, a nivel personal, reportaron estos expedicionarios.

Algunos rasgos de personalidad podrían ayudar también en el proceso de adaptación. Así, algunas investigaciones han encontrado que los expedicionarios polares tienen una menor tendencia al neuroticismo, mayor estabilidad emocional, puntuaciones altas en extraversión, apertura a la experiencia, así como una elevada motivación de logro (8). Las características del expedicionario ideal dependerán, no obstante, de factores diversos, como por ejemplo la duración de la misión o el grado de aislamiento al que se va a estar expuesto. Por ejemplo, en algunas circunstancias, una persona introvertida pero con adecuadas habilidades sociales puede tener un perfil muy idóneo para una estancia que implique a la vez momentos de aislamiento y trabajo en equipo (3, 5). 

Pero, de manera muy destacada, el afrontamiento de las situaciones demandantes no se lleva a cabo aisladamente. En el estudio sobre los expedicionarios chinos, por ejemplo, las estrategias grupales, como participar en actividades deportivas y lúdicas o involucrarse en actividades de apoyo social y ayuda a otros, parecen situarse entre las más practicadas (5). El éxito en la adaptación también dependerá de factores propios de la dinámica del equipo. Así, el líder puede ejercer un modelado sobre el resto del grupo, contribuyendo a favorecer la implementación de formas adecuadas de afrontar las situaciones, además de tener un rol clave en la asignación de responsabilidades, en la comunicación, o a la hora de promover el bienestar colectivo. La propia composición del grupo puede ayudar a generar efectos beneficiosos. Los equipos heterógeneos en términos culturales y de género parecen contribuir a una convivencia intragrupal más sana, incrementando los niveles de motivación y de desempeño en las tareas (9).

El mejor momento de la vida

Toca matizar ahora lo anterior, y de nuevo, nada mejor que recurrir al sincero Cherry-Garrard. Si su título nos ponía en guardia frente a los posibles riesgos del viaje a la Antártida, es él mismo quien también nos precisa que estas expediciones son "la peor forma de tener el mejor momento de tu vida". La aventura polar, más allá de sus dificultades y riesgos, o tal vez precisamente gracias a ellos, conlleva también numerosos beneficios desde el punto de vista psicológico.

La exposición a condiciones extremas, no sólo físicas sino también personales e interpersonales como se ha visto, es un perfecto gimnasio donde entrenarse en resiliencia y fortalecer el propio crecimiento personal. Por otra parte, parece que el rango de posibles efectos negativos asociados a las expediciones polares es mayor en comparación con los efectos beneficiosos, pero en cambio, los segundos son más frecuentes en realidad que los primeros.

Aurora en la estación polar Amundsen-ScottPalinkas y Suedfeld han clasificado en dos categorías los efectos positivos de estas estancias (3). En primer lugar, identifican efectos derivados de la posibilidad de disfrutar de un entorno majestuoso, como es la naturaleza del Ártico o la Antártida. En este sentido, hablan del gozo que va unido a la contemplación de la belleza de estos territorios, la excitación que provoca su grandeza y los vastos paisajes blancos, o la sensación de sentirse pequeño en un entorno así, y a la vez, sentirse fortalecido y en armonía con la naturaleza.

Otros efectos beneficiosos derivan del necesario afrontamiento de las dificultades que surgen, y la superación de retos. En este sentido, se habla de un “crecimiento post-retorno” en aquellas personas que regresan de una experiencia desafiante pero no traumática, crecimiento que se caracterizaría por cambios en las estrategias de afrontamiento, mayor resiliencia, autoestima, autoconfianza, aumento en la sensación de logro personal, cambios en la forma de entender la vida, o una mayor autoconciencia. Un ejemplo de ello es un reciente estudio en el que se analiza la experiencia de un equipo compuesto por dos hombres que viajaron desde Ward Hut Island (Canadá) hasta el Polo Norte en 55 días y sin apoyo externo. Tras su vuelta, estos expedicionarios manifestaron sentirse más vinculados de alguna forma a la naturaleza, a la vez que presentaban una menor necesidad de conseguir estatus social o prestigio, elementos asociados con la idea común y convencional de “éxito social”.(10)

La bibliografía sobre los efectos de las expediciones polares ha encontrado también numerosos beneficios entre sus participantes a nivel grupal e interpersonal. Por ejemplo, de forma reiterada los expedicionarios reportan una mejora en sus relaciones con los demás, sentimientos de camaradería tras la convivencia, aumento de la cohesión y solidaridad grupal, o una mayor tendencia a la cooperación y al trabajo en equipo. En definitiva, se habla de que las experiencias polares tienen efectos “salutogénicos en distintas áreas, es decir, que se trataría de vivencias que pueden promover el bienestar y el desarrollo personal, actuando incluso como preparación para los retos de la vida cotidiana tras el regreso (3).


La investigación psicológica en los Polos

La grandeza del paisaje polarEl estudio del comportamiento humano en situaciones extremas como las referidas resulta sin duda apasionante para el psicólogo. Pero, como avanzaba al comienzo, la "psicología polar" no ha alcanzado aún el desarrollo que tal vez fuera esperable. La investigación en este contexto presenta algunas limitaciones de tipo metodológico, que posiblemente están en la base de este escaso desarrollo. Por ejemplo, el uso de muestras pequeñas, las dificultades técnicas intrínsecas al entorno, la falta de los rasgos prototípicos del laboratorio -como la asignación aleatoria o la existencia de grupos control, etc.- son algunos de los obstáculos que suelen mencionarse en las investigaciones realizadas en este campo.

En la actualidad, no obstante, parece existir un repunte del interés por el comportamiento polar, a la vista de futuras misiones científicas espaciales con las que la investigación polar podría tener numerosos paralelismos. No es una idea nueva, en todo caso. Ya a finales de los años sesenta y en los setenta se hablaba de las aplicaciones que la experiencia polar podría tener en otros contextos (11). Pero llama la atención algo. A veces, enfocarnos hacia el lejano espacio nos hace ser miopes respecto de aquellas aplicaciones que están al alcance de la mano.
Y es que en las grandes metrópolis uno puede verse igualmente expuesto a situaciones que “hielan el alma”, aunque la ciudad no sea en el sentido literal un entorno ICE. Seguramente, las experiencias psicológicas de los expedicionarios y trabajadores polares pueden ayudarnos a comprender mucho mejor el funcionamiento humano en contextos y situaciones ordinarias pero extremas. El aislamiento, la soledad, algunos riesgos ambientales, la necesidad de cooperar y coordinarse dentro de equipos, o la existencia de situaciones en las que uno se siente "atrapado" -ya sea física o metafóricamente- son situaciones emocionalmente demandantes que también están presentes en la vida cotidiana. Y muy posiblemente, muchos de los aprendizajes y estrategias de adaptación de los expedicionarios polares pueden ofrecernos una guía para afrontar los desafíos y superar las limitaciones que encontramos en el día a día. Tal vez, como ya advirtiera el místico Rumi, "el jardín del mundo no tiene límites, excepto en nuestra mente".

Agradecimientos:

Sara Revilla Romero (@revilla_sara) y Gerardo Ravassa Escobar (@gravassa), compañeros de la Universidad a Distancia de Madrid y miembros de la Expedición Polar Raid Universia 2015 (@polarraid) han revisado amablemente este artículo. Mi agradecimiento para ellos, y también a los demás miembros del equipo UDIMA Polar Raid, que han sido una inspiración a la hora de escribir sobre este tema.


Referencias

1. Roberts, R. (2011). Psychology at the end of the world. The Psychologist, 24(1), 22-25.

2. Suedfeld, P. (1991). Polar psychology: an overview. Environment and behavior, 23, 6: 653-665

3. Palinkas, L. A., & Suedfeld, P. (2008). Psychological effects of polar expeditions. The Lancet, 371(9607), 153-163.

4. Palinkas, L. A. (2002). On the ice: Individual and group adaptation in Antarctica. Online Articals.

5. Yang, G., Ye, Q., & Tang, C. (2011). Adaptation and coping strategies in Chinese Antarctic Expeditioners’ winter-over life. Adv Polar Sci, 22, 111-117.

6. Gunga, H. C. (2014). Human Physiology in Extreme Environments. Elsevier.

7. Sandal, G.M. (2011). The mental state of the polar explorer. News Service, University of Bergen. Recuperado de: http://www.uib.no/en/news/36505/mental-state-polar-explorer

8. Sandal, G. M., Leon, G. R., & Palinkas, L. (2007). Human challenges in polar and space environments. In Life in Extreme Environments (pp. 399-414). Springer Netherlands.

9. Zimmer, M., Cabral, J. C. C. R., Borges, F. C., Côco, K. G., & Hameister, B. D. R. (2013). Psychological changes arising from an Antarctic stay: systematic overview. Estudos de Psicologia (Campinas), 30(3), 415-423.

10. Leon, G. R., Sandal, G. M., Fink, B. A., & Ciofani, P. (2011). Positive experiences and personal growth in a two-man north pole expedition team. Environment and Behavior, 43(5), 710. Retrieved from http://search.proquest.com/docview/894730193?accountid=139267

11. Rothblum, E. D. (1990). Psychological factors in the Antarctic. The Journal of psychology, 124(3), 253-273.

Antonio Crego
Antonio Crego

Profesor titular del departamento de Psicología y Salud en la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), donde coordina el Máster en Psicología General Sanitaria. Su investigación se ubica en la confluencia entre la psicología social y la psicología de la salud, con especial interés en el análisis de los aspectos psicosociales implicados en el bienestar.

Sobre este blog

Las neuronas son, como dijo Cajal, las misteriosas mariposas del alma. Este blog trata de ellas, y de cuanto surge con su batir de alas: nuestros pensamientos, emociones, conductas, y nuestro mundo social.

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