El conocimiento, al igual que las artes, es una pasión que está presente en todas las culturas humanas conocidas. Esta pasión es una forma de amar porque en otro caso, no se explicaría que Marie Curie dedicara meses a remover toneladas de tierra en la búsqueda de nuevas formas elementales de materia. Tampoco sería posible comprender por qué Rita Levi-Montalcini no interrumpió su investigación sobre el crecimiento del sistema nervioso durante la segunda guerra mundial, a pesar de que estaba obligada a permanecer escondida y aislada en una granja por su condición de judía. Pero, ¿de dónde procede esta motivación casi inquebrantable por descubrir o dar explicación a un fenómeno? ¿Se trata de un afán por ser recordados en el futuro? ¿Reconocimiento académico? ¿Honores? En mi opinión, la vanidad, al menos por sí sola, no explica el comportamiento de la mayoría de los grandes investigadores.

Retrato de Francis Crick en la época en que decidió dedicarse al estudio de la consciencia. Ilustración de A. IbáñezUn ejemplo notable es el de Francis Crick, codescubridor de la estructura helicoidal del ADN. Un tiempo después de recibir el premio Nobel por este descubrimiento, y por tanto, el mayor logro académico posible en ciencia, decidió dedicar sus esfuerzos a la investigación de las bases cerebrales de la consciencia. En ese momento, al comienzo de los años noventa, Crick desapareció del mapa público de la ciencia para dedicarse a un tema prácticamente tabú incluso entre los especialistas en neurociencias (y diría que aún hoy en algunos círculos académicos). Decidió dedicar sus últimos esfuerzos intelectuales a lo que él consideró la empresa más bella.

Así, tratar de conocer el mundo y de conocernos a nosotros como individuos y como especie es una actividad que trasciende, con mucho, motivaciones menores relacionadas con el reconocimiento social y académico, o con el deseo de ser recordado a través de generaciones futuras. Entonces, ¿cuál es la motivación de orden superior? La respuesta a esta pregunta se obtiene fácilmente en muchas obras de distintos investigadores. Por poner un ejemplo, Christof Koch, el investigador que más colaboró con Crick en sus últimos años ha denominado su agenda investigadora como task of love, u obra de amor en castellano, en un intento de transmitir lo que significa para él dedicarse a la Neurociencia.

Sin duda, es este amor al conocimiento y el placer del descubrimiento lo que motiva a la mayoría de los científicos. Es un amor que se convierte en pasión cuando los pone en movimiento y desarrollan métodos y herramientas para estudiar los fenómenos naturales. La actividad científica conlleva un amor que básicamente surge de la curiosidad y la promesa de encontrar belleza y orden en la aparente desorganización de la vida cotidiana. Y el camino que va conduciendo a pequeños logros, resultados relevantes y respuestas a hipótesis se va recorriendo entre emociones de gran profundidad.

Desafortunadamente, este primer capítulo de la ciencia no se suele enseñar en ninguna institución académica, sino que se transmite implícitamente desde algunos maestros a estudiantes con una sensibilidad específica. Y es que el curriculum docente se desarrolla en un contexto de inmediatez y velocidad tal que apenas si se puede profundizar en los contenidos obligatorios. ¿Cómo entonces hacer partícipe al alumnado de la armonía y belleza de una teoría científica si apenas la han visto pasar precipitadamente ante su mirada? Es decepcionante darse cuenta de que para muchos estudiantes, la ciencia es un monstruo que hay que combatir para obtener el aprobado. ¿Cómo evitar esta tragedia? ¿Cómo no perder nuevas Levi-Montalcini en potencia? Una posibilidad muy directa podría ser mostrar explícitamente la estética. Y es que la estética de la ciencia, una vez que se ha comprendido el contenido, es sin ninguna duda imbatible. La comprensión formal de una teoría o hecho científico debería ir acompañada de un intento de transmitir el orden, simetría o belleza que contienen. Porque es evidente que es esto lo que enciende el motor interno de la motivación y permite el disfrute o, como decía Richard Feynman, el placer del descubrimiento.

Es justo en este punto en el que me gustaría moverme en mis aportaciones a este blog. Aunque fundamentalmente me centraré en teorías y estudios sobre las relaciones entre la mente y el cerebro, intentaré sobre todo transmitir mi modesta chispa de pasión por las preguntas que me entusiasman: ¿Cómo genera la mente el cerebro?; ¿qué significa en términos fisiológicos estar despierto?; ¿existen reglas básicas a partir de las cuales el cerebro genera todos los fenómenos cognitivos?; ¿podemos simular la mente en un ordenador?; etc.

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Antonio J. Ibáñez Molina
Antonio J. Ibáñez Molina

Doctor en Psicología Experimental y Neurociencias del Comportamiento en la Universidad de Granada. Actualmente investiga y da clase en la Universidad de Jaén. Ante todo, un gran aficionado a la ciencia.

Sobre este blog

El cerebro es una red de células interconectadas que dan lugar a una mente consciente. Revisaremos nuevos estudios y teorías que tratan de explicar cómo en el cerebro cabe el universo.

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