Un cuento de Navidad: El gen FOXP2 o el perro que habla

15/12/2017 21 comentarios
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Desde hace más de veinte años Luis trabaja en una biblioteca. Todos los días, puntualmente, a las 19 horas llegaba a su modesta casa, heredada de sus padres, en donde sólo lo esperaba su viejo y cansado perro Bichón. Lejos había quedado el tiempo de felicidad con su esposa fallecida hace ocho años.

La soledad lo agobiaba y sobre todo aquel día, que no era un día cualquiera, sino un 24 de diciembre. Salió más temprano del trabajo, pasó por el supermercado, realizó las compras necesarias y se dirigió a su domicilio. Algo estaba dando vueltas en su mente. En la oficina mientras buscaba alguna información por Internet encontró un trabajo científico publicado en la revista Nature del 23 de agosto de 2002: “Molecular evolution of FOXP2, a gene involved in speech and language”, realizado por investigadores de Instituto Max Planck y la Universidad de Oxford. Por lo que pudo entender, habían descubierto un gen que se encuentra en el cromosoma siete, responsable de un fino control entre la laringe y la boca, necesario para articular y desarrollar la palabra. ¡Nada menos que la palabra de la cual depende gran parte del desarrollo de la cultura humana! Absorto en sus pensamientos ingresó a la casa. Tiempo atrás había leído en un diario que un equipo de científicos de Corea del Sur había clonado un perro.

Su imaginación comenzó, impulsada por su angustia, a relacionar lo poco que sabía del tema. Si algún día fuera posible clonar a su perro y le pudieran introducir mediante un nanodelivery el gen FOXP2, utilizando el sistema CRIPR Cas9, tal vez nunca perdería lo único que le quedaba en su vida y hasta tendría con quién hablar. Seguramente el perro inicialmente repetiría palabras relacionadas con sus necesidades fisiológicas, pero luego empezaría a asociar... ¿O acaso el desarrollo de la inteligencia cognitiva no proviene de la interiorización de la palabra? Mientras preparaba la comida, Luis no podía dejar de pensar en el tema. En la parrilla colocó una tira de asado para Bichón y unos bifes para él. ¿Por qué no?, se decía, si hasta en el diario de esta semana había una nota en la cual se comentaba que el genoma de los seres humanos se parece más al de los perros que al de los ratones utilizados en las experiencias científicas…

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Tan abstraído estaba en sus elucubraciones que se sobresaltó cuando después de cenar vio que el reloj del comedor marcaba las 23:50. Rápidamente sacó de la nevera la botella de sidra, de la misma marca que solía gustarle a su esposa, tomó la copa de cristal, recuerdo de su madre, y se sentó en el sillón dispuesto a recibir la Navidad. Bichón se le acercó sigilosamente, apoyó su cabezota sobre sus piernas y lo miró a los ojos. Luis se sobresaltó, le pareció como si Bichón hubiera adivinado sus pensamientos.

¡Cuánto agradecimiento había en su mirada, cuánto afecto, cuánta ternura! Antes de que terminara de sonar la última campanada de la iglesia del barrio, Luis se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo. De pronto comprendió que su perro no necesitaba hablar para decirle cuánto lo quería.