Exactamente a las 9:25 horas del día 1 de marzo de 1996 estaba en Londres, con algo más de pelo y plantado ante la puerta del palacio de Buckingham, en concreto de su sala de exposiciones. Faltaban cinco minutos para la inauguración de una exposición de dibujos del celeste Leonardo da Vinci. Intuía que ese sería un día inolvidable, y lo fue, tal y como demuestran estas líneas. Pero lo que yo no sospechaba es que ese día sería especialmente glorioso porque esa misma tarde (y después de alucinar con la precisión del trazo del maestro) pude comprar un magnífico radiómetro de Crookes, el primero de mi modesta colección. Viajar tiene eso, encuentras lo buscado, lo insospechado, lo soñado y también un montón de problemas. Problemas porque instantes después de tener el radiómetro en mis manos descubrí que no pararía hasta ser capaz de pergeñar uno de esos pequeñísimos motores lumínicos.

Radiómetro de Crookes. El que mostramos aquí ha sido instalado en el interior de un tarro de mermelada en el que previamente se ha hecho el vacío.Veinte años más tarde empecé a escribir la colaboración del mes de diciembre. Motores mínimos se titula y cuando me hice el listado de todos los que conocía y que quería probar, el radiómetro estaba el primero. Ya había hecho algunos intentos, pero nunca lo bastante serios. Así que puse manos a la obra. Seis días tardé, seis larguísimos días en los que nada parecía funcionar. Miremos las fotografías del artículo o el vídeo que acompaña este texto y veremos que el instrumento es de lo más simple. Parece como si no fuera tan difícil, pero hasta que no construí un rotor superligero montado sobre un dedal de vidrio diminuto no dio muestras de girar ni bajo un foco potentísimo.

En realidad la velocidad de giro del radiómetro depende de varios factores. El más obvio es la intensidad con la que se ilumina. Luego y no menos importante el vacío residual de la ámpula de vidrio. A estos siguen otros parámetros. El color de las dos caras de las aspas, su forma, su perímetro, la transparencia de cristal... Y por fin cuando todo esto se ha optimizado y el radiómetro gira veloz bajo la luz queda comprender por qué lo hace.

Reconozco que aún hoy tengo dificultades en explicarme a mí mismo cómo funciona este pequeño instrumento. Me consuela saber que también algunos grandes científicos sufrieron de fuertes problemas para explicarlo. Es por esto que, a día de hoy, disponemos de varias teorías sobre el funcionamiento del radiómetro. Ninguna de ellas apuesta por las fuerzas puramente radiométricas, aquellas que experimentan los cuerpos al ser iluminados en el vacío más absoluto. Aquí en la Tierra su ínfimo efecto es casi inobservable e importa unos míseros 4,6 micropascales. Pero en el espacio interplanetario, donde el aire no abunda, se manifiesta en todo su esplendor. Por ejemplo, los cometas orientan su cola en dirección contraria al Sol porque el viento solar las "peina" en esa dirección.

Es llamativo que precisamente sea el aire lo que impulsa las aspas del molinillo de luz. Aire, eso sí, en su justa medida, porque a una atmósfera de presión, esta supera en diez órdenes de magnitud la fuerza radiométrica real. Hay por tanto que evacuar el recipiente hasta que el gas residual tenga una presión despreciable pero sin olvidar que debe quedar un número suficiente de moléculas para propulsar las aspas si hay diferencias de temperatura. Porque ese es el secreto, las diferencias de temperatura en el seno del gas producidas por la diferente reflectividad y emisividad de las dos caras de las aspas. Hasta aquí puedo leer, pero recomiendo al lector interesado que se dé una vuelta por la red, encontrará excelentes resúmenes de las hipótesis que se manejan hoy sobre este bellísimo instrumento.

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Marc Boada Ferrer
Marc Boada Ferrer

Divulgador científico y experto en ciencia experimental. 
Web: marcboada.com

Sobre este blog

Publicar un experimento significa que antes ha sido necesario hacer muchos más, a veces pequeñas pruebas, en ocasiones tanteos aleatorios; incluso de vez en cuando hacemos manipulaciones improvisadas. Y es que el día a día del experimentador está cargado precisamente de estas acciones.

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