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25 de Septiembre de 2019
Glaciología

Aguas y vientos en la pérdida de hielo antártico. ¿Y gases de invernadero?

Cada vez está más claro que la Antártida Occidental, e incluso la Oriental, pierden hielo aceleradamente. Parece que el fenómeno El Niño-Oscilación del Sur participa en el proceso, pero no explica los cambios recientes. Se ha encontrado una prueba de que la causa es el calentamiento global.

El borde de la plataforma de hielo de Twaites, en el mar de Amundsen, en 2012. La parte de la Antártida Occidental contigua a ese mar es la que más contribuye a la pérdida neta de masa del hielo del continente helado [NASA ICE].

En 2003, Investigación y Ciencia publicaba un artículo que explicaba cómo habían ido variando las opiniones acerca del hielo de la Antártida Occidental. Por motivos diferentes al calentamiento global, Johannes Weertman había formulado en 1974 la hipótesis de que esa capa de hielo, que en buena parte reposa sobre suelo que está bien por debajo del nivel del mar, era posiblemente inestable y acabaría por desintegrarse con gran rapidez. Según las investigaciones posteriores descritas en aquel artículo de 2003, la capa no era tan frágil. Sin embargo, se advertía de que en los sectores contiguos al mar de Amundsen la fusión sí era mayor de lo que se había estado creyendo.

En febrero de 2019, un estudio de Eric Rignot, de la Universidad de California en Irvine, y sus colaboradores, publicado en PNAS, evaluaba cómo ha ido variando la velocidad a que la Antártida ha perdido hielo en las últimas décadas. Se basa en medidas por satélite y modelos regionales del clima. Las pérdidas del hielo periférico, indica el estudio, crecen mientras que el del interior del continente, que depende de las precipitaciones de nieve, no muestra una tendencia determinada. Hasta las pérdidas de la Antártica Oriental son considerables, en concreto las de la Tierra de Wilkes.

La pérdida total neta de masa de la capa de hielo antártica, dice el estudio, ha pasado de ser de unos 40.000 millones de toneladas al año entre 1979 y 1990 a ser de 50.000 millones en la década final del siglo XX, 166.000 millones en la primera del XXI y 252.000 millones entre 2009 y 2017 (cifras con errores de algo más de un diez por ciento). Y, en efecto, las zonas de los mares de Amundsen y Bellinghshausen son las mayores contribuyentes, con más de la mitad del total. El promedio de los últimos años equivale a una subida de unos centímetros por siglo del nivel del mar en el mundo.

La pérdida de masa se produce sobre todo en las partes contiguas a las aguas subsuperficiales circumpolares, más tibias y saladas, lo cual, explican Rignot y su grupo, es compatible con que unos vientos del oeste más intensos estén empujando esas aguas hacia la Antártida Occidental, que allí derritan las plataformas flotantes de hielo y que ello esté desestabilizando los glaciares, con el resultado final de que el nivel del mar suba.

Pensar que ese violento aumento del ritmo de pérdida de hielo guarda relación con el calentamiento global parece natural. Ya el glaciólogo John Mercer planteaba en Nature en 1978 que el calentamiento podría poner en marcha, quizá solo medio siglo después si las emisiones de gases de invernadero seguían aumentando al mismo ritmo, una rápida deglaciación de la Antártida Occidental, con una subida final de cinco metros del nivel del mar. Sin embargo, hasta ahora no se había contado con pruebas sólidas de que los cambios que ha experimentando la Antártida en los 40 años posteriores al artículo de Mercer se deban en última instancia al calentamiento global de origen humano. Ahora, Paul R. Holland, del Estudio Británico de la Antártida, y sus colaboradores han publicado una en Nature Geoscience.

Los vientos del oeste que empujan las aguas circumpolares hacia la Antártida guardan relación con El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO, el fenómeno climático, irregularmente periódico, que afecta a los vientos y temperaturas superficiales de la parte tropical del este del Pacífico. Pero ENSO es una forma natural de variabilidad, al contrario que el calentamiento global. ¿No hay, entonces, relación tampoco entre el calentamiento global y la aceleración de la pérdida de hielo antártico?

Holland y sus colaboradores cargaron en un modelo climático los datos históricos reales referidos a las condiciones tropicales y dejaron que generase vientos en su representación del mar de Amundsen bajo el efecto del incremento del forzamiento radiativo (es decir, el aumento de la diferencia entre la radiación solar recibida y la reemitida, en especial el causado por la progresiva acumulación de gases de invernadero en la atmósfera).

La parte de la simulación de los vientos correspondiente a la época para la que hay datos de satélite relativos a los vientos reales, es decir, desde finales de la década de 1970, coincide muy bien con estos, lo que da fiabilidad a toda la secuencia, en la que se observa lo siguiente: que la alternancia decenal entre vientos del este y del oeste, condicionada por ENSO, se superpone a una tendencia que actúa en períodos más largos y por la que se ha pasado de una preponderancia entre las décadas de 1920 y 1980 de los vientos del este a que en las últimas décadas vayan imponiéndose los del oeste (la probabilidad de que los haya intensos en un año dado aumenta con independencia de que haya un El Niño o no). Esta tendencia de fondo, aunque pequeña, es suficientemente grande para explicar la aceleración reciente de la pérdida de hielo en la Antártida. Y la razón de esa tendencia es el incremento del forzamiento radiativo, en concreto el causado por las emisiones humanas de gases de invernadero.

Aparte de que la conclusión depende de que se dé por bueno lo que el modelo dice que ocurrió cuando aún no había observaciones, otro motivo para ser cauto antes de aceptarla sin más es que no es del todo seguro cuál es la relación entre vientos, acercamiento de las aguas calientes y pérdida del hielo, como dice en el blog RealClimate uno de los autores del estudio, Eric Steig, de la Universidad de Washington en Seattle.

Sin embargo, dice Steig un tanto paradójicamente, que las emisiones humanas de gases de invernadero sean la causa final del progresivo deterioro de los hielos antárticos permite que haya una esperanza: como indica el modelo cuando se aplica prospectivamente, si las emisiones siguen, la desintegración del hielo irá a más, pero si se estabilizan las concentraciones de gases de invernadero no será así. Claro que muchos glaciólogos piensan que los hielos de la Antártida Occidental han superado ya el punto de no retorno, como recuerda Steig, que por su parte cree que esa es una cuestión, decisiva, que todavía debe aclararse.

Juan Pedro Campos

Referencia: «West Antarctic ice loss influenced by internal climate variability and anthropogenic forcing», de Paul R. Holland et al. en Nature Geophysics, vol. 12, septiembre de 2019, 718–724.

Más información en RealClimate

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