16 de Diciembre de 2022
Medioambiente

¿Cómo abordar la contaminación por plásticos?

La ONU se dispone a crear un tratado internacional vinculante para poner fin a la contaminación por plásticos. ¿Qué medidas debería incluir?

El plástico representa el 85 por ciento de la basura marina. En la imagen vemos los residuos plásticos que cubren una playa de Acra, en Ghana. [Muntaka Chasant/Wikimedia CommonsCC BY-SA 4.0]

El plástico es uno de los materiales que más se están extendiendo, y su producción va camino de duplicarse y sobrepasar los mil millones de toneladas anuales antes de 2050, lo que se traducirá en más contaminación. Por ello, a finales de noviembre, los delegados de más de 150 países se citaron en Uruguay para empezar a negociar un tratado mundial histórico que ponga fin a la contaminación por plásticos.

En marzo, la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medioambiente tomó la trascendental decisión de redactar un acuerdo legalmente vinculante que contemplara el ciclo de vida de los plásticos, desde la fabricación hasta las innovaciones en el empaquetado, los productos y los modelos de negocio.

El documento definitivo se espera para finales de 2024. Hasta entonces, los negociadores tendrán la delicada tarea de concebir y acordar reglas y estrategias para controlar la contaminación por plásticos. A continuación, analizamos tres áreas clave y el modo en que las podría abordar el tratado.

Contaminación

El plástico representa el 85 por ciento de la basura marina. El Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente (PNUMA) predice que la cantidad de plástico en el océano casi se triplicará antes de 2040, con un incremento anual de entre 23 y 37 millones de toneladas de desechos.

«La inmensa mayoría de residuos plásticos que no se procesan adecuadamente terminan en los ríos tarde o temprano, y de allí pasan al océano», afirma Steve Fletcher, experto en economía y políticas marinas de la Universidad de Portsmouth que trabaja en el problema del plástico para el PNUMA.

El coste de esa contaminación, incluidas la limpieza ambiental y la degradación de los ecosistemas, supera los 95.000 millones de euros al año, según la Fundación Minderoo, una organización benéfica australiana. «El coste de no hacer nada es mucho mayor que el de abordar el problema», subraya Linda Godfrey, investigadora principal del Consejo de Investigación Científica e Industrial de Sudáfrica.

Godfrey explica que los negociadores tendrán que lidiar con opiniones dispares sobre cómo atacar el problema de la contaminación: las organizaciones no gubernamentales y los grupos de presión a menudo pretenden prohibir los plásticos de un solo uso y hallar alternativas más seguras; la industria plástica defiende que la solución pasa por mejorar la recogida de residuos; y el sector del reciclaje y tratamiento de residuos insiste en reciclar más. «No hay ninguna fórmula mágica», añade Godfrey, quien espera que el acuerdo incluya todas estas medidas, en diferentes grados para cada país. Impedir que los países de rentas altas envíen sus residuos plásticos a los de rentas bajas también reduciría la contaminación, declara.

A Godfrey también le gustaría que el tratado especificara que las empresas deben pagar por la recogida, la separación y el reciclaje de los productos y envoltorios de plástico que generen. Eso haría que menos plásticos acabasen en los vertederos y liberaría a las administraciones locales de la carga económica que supone la gestión de los residuos, que suele pagarse con los impuestos. Si las compañías que fabrican y usan plástico no se lo pueden permitir, entonces «¿tiene sentido que ese producto esté en el mercado o que sea de plástico?», pregunta Godfrey.

El acuerdo debe establecer una fecha límite para que los países restrinjan el uso de plásticos, con el objetivo de reducir la cantidad que acaba en el océano, según Atsuko Isobe, oceanógrafo de la Universidad de Kyushu.

Reciclaje

Hoy solo se recicla el 9 por ciento de los residuos plásticos, en parte porque tienen poco valor. Los científicos apuntan que, si esos plásticos valieran algo, se reutilizarían más, menos de ellos terminarían en el ambiente y disminuiría la necesidad de plásticos nuevos, de acuerdo con las ideas de la economía circular.

Para impulsar la economía circular del plástico, Andrew Forrest, multimillonario australiano de la industria minera y filántropo, opina que los países deberían imponer en el acuerdo un recargo sobre la creación de polímeros, los componentes básicos del plástico. Ese dinero podría usarse para financiar el reciclaje.

Los comercios que venden productos de plástico también deberían estar obligados a recomprar los residuos plásticos y a encontrar formas de reusarlos, añade Forrest, presidente de la Fundación Minderoo, que cuenta con una iniciativa para acelerar la creación de una economía circular. Es probable que el coste acabara recayendo sobre los consumidores, pero Forrest cree que estarían dispuestos a pagar más si supieran que con ello se reduce la cantidad de plástico en el ambiente. Además, esa estrategia ayudaría a frenar la producción de plásticos que no se pueden reutilizar ni reciclar, ya que nadie los recompraría.

Forrest quiere que el tratado implemente este sistema durante los próximos cinco años y que los países establezcan regulaciones para penalizar a las empresas contaminantes. «Los mayores productores y distribuidores de plástico me han confesado que no ofrecen a los consumidores ninguna alternativa a los plásticos que no se pueden reciclar», revela Forrest. «Si se aplican penalizaciones, las compañías cambiarán sus hábitos de inmediato.»

Pero Godfrey duda de la conveniencia de una economía circular, en especial porque se sabe poco acerca de los riesgos para la salud de los plásticos reciclados varias veces. «Si ampliamos su ciclo de vida, tenemos que asegurarnos de que no aumenta el peligro para las personas o los ecosistemas», advierte.

Implicaciones sociales y sanitarias

Los residuos plásticos se queman en todo el mundo, pero sobre todo en Asia. Eso reduce el volumen de desechos y evita que se conviertan en nidos de bacterias, virus y mosquitos. Sin embargo, la incineración es uno de los principales factores que contribuyen a la contaminación del aire, explica Cressida Bowyer, bióloga de la Universidad de Portsmouth que trabaja en soluciones creativas contra la contaminación por plástico.

En 2016, unos 4,2 millones de personas murieron a causa de la contaminación del aire, y un 91 por ciento de esas muertes ocurrieron en países de renta baja y media. En los barrios más humildes de Nairobi y Sylhet (una ciudad de Bangladés), el plástico forma parte del paisaje y supone un importante riesgo sanitario. «Está incrustado en el suelo», y eso hace que su recogida sea muy difícil o imposible, cuenta Bowyer, quien querría que el acuerdo considerase materiales alternativos.

Diferentes estudios han descubierto que los microplásticos se inhalan y se ingieren a través de la comida y el agua. Se ha visto que las partículas de menor tamaño, llamadas nanoplásticos, también provocan daños e inflamación en las células de la piel y los pulmones. Además, los plásticos contienen aditivos (como el bisfenol A, los ftalatos y los bifenilos policlorados) que se asocian a interferencia endocrina y alteraciones reproductivas.

«Tan solo estamos empezando a ver la punta del iceberg en cuanto a la cantidad de plástico (y otros compuestos relacionados) que hay en nuestro organismo», advierte Sarah Dunlop, neurocientífica y directora del programa de plásticos y salud humana de la Fundación Minderoo.

Dunlop considera que el acuerdo debería pedir a los países que prohibieran o redujeran gradualmente aquellos compuestos del plástico que son perjudiciales para las personas. «El tratado tiene que proteger la salud humana mediante la regulación de los compuestos y otras medidas», concluye.

Tosin Thompson/Nature News 

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.

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