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12 de Abril de 2021
BIOMECÁNICA

¿Cómo volarían un hipogrifo y otros animales fantásticos?

Un paleontólogo y una ilustradora nos muestran cómo serían en la realidad las criaturas mitológicas, si se ajustaran a las reglas de la biomecánica.

[Terryl Whitlatch]

Los animales fabulosos aparecen en los mitos y leyendas de todas las culturas y adoptan formas muy diversas: algunos trotan y otros reptan, unos viven en los mares y otros bajo tierra. Muchos de ellos vuelan. Como paleontólogo dedicado a estudiar los fósiles de aves (Michael Habib) y como dibujante de cine y libros (Terryl Whitlatch), nos interesa especialmente la biomecánica de la locomoción aérea y la representación creíble de las bestias voladoras. Juntos hemos elaborado un libro sobre este tema, titulado Flying monsters: illustrating flying vertebrates (Design Studio Press, 2021), en el que aparecen animales reales e imaginarios. A continuación presentamos tres criaturas mitológicas del libro y explicamos cómo podrían levantar el vuelo si estuvieran sujetas a las leyes biofísicas de nuestra realidad. 

Reinterpretar un clásico: los caballos alados

[<span>Terryl Whitlatch]</span>

Los caballos voladores abundan en mitos y epopeyas. El más célebre probablemente sea Pegaso, el corcel alado que, según la mitología griega, nació de la sangre de Medusa, la gorgona decapitada por el héroe Perseo. Menos conocido es el hipogrifo, mitad equino mitad ave, un depredador capaz de galopar por los prados como un caballo y surcar los cielos como un águila.

Hemos repensado el hipogrifo clásico como un cruce de caballo y pterosaurio. Gracias a las características de ambos, el animal sería capaz de elevarse en el aire aun con el tamaño de un caballo. Por lo que se sabe, varios factores fueron esenciales para que los pterosaurios gigantes, como los Quetzalcoatlus, Cryodrakon y Hatzegopteryx, llegasen a ser tan grandes sin perder la capacidad de volar: los huesos eran muy ligeros, las alas estaban formadas por una membrana musculocutánea en vez de plumas, que son más pesadas, y posiblemente se valían de las cuatro extremidades para alzar el vuelo, propulsándose con mucha más fuerza que si solo hubiesen empleado los miembros posteriores. Al igual que estos pterosaurios, nuestro hipogrifo (en realidad un hipoptero) utiliza las alas como extremidades de salto para ejecutar el despegue.

Esa técnica funciona tanto para un caballo cuadrúpedo, cuyas extremidades anteriores son también las alas, como para un hexápodo, cuyas alas constituirían un par de extremidades adicionales. En este último caso, las alas empujan el suelo, en una posición más extendida, junto con las cuatro patas. Las dos configuraciones plantean diferentes problemas: en el hexápodo, hace falta superponer las escápulas, mientras que en el cuadrúpedo hay que reconstruir todo el hombro, porque los caballos de verdad no pueden extender las patas delanteras hacia los lados, y mucho menos levantarlas por encima del dorso.

<a href="/images/58934/raw.png" target="_blank">Ampliar imagen</a> [Terryl Whitlatch]

Que las alas tuvieran dos funciones y también sirvieran para propulsarse contra el suelo es lo más realista si queremos imaginar cómo despegaría una criatura del tamaño de un caballo. Con la fisiología muscular y la solidez ósea típicas de los vertebrados, y con una constitución vagamente semejante a la de un pterosaurio, lo máximo que podría pesar la criatura, para poder volar, serían unos 360 kilogramos. Si los huesos fuesen huecos y estuviesen llenos de aire, como ocurría en los pterosaurios (y ocurre en muchas aves actuales), podría pesar menos que ese valor e igualmente tener el tamaño de un caballo. Otra posibilidad sería que tuviera unos músculos más grandes o unas alas más largas que los pterosaurios. Con las propiedades anatómicas adecuadas, podría volar un caballo alado de hasta 550 kilos. 

En nuestro hipogrifo, la musculatura dorsal actúa como elevadora del ala y la musculatura pectoral, como depresora, al igual que en los murciélagos actuales y los antiguos pterosaurios. Las aves, por el contrario, tienen ambos grupos musculares en la zona pectoral. De esta forma, el tórax conserva un tamaño moderado, ya que con la configuración de las aves abultaría demasiado. También es una opción más realista para el hipotético hexápodo, para el cual resulta imposible diseñar una musculatura como la aviar, al estar superpuestos los dos juegos de escápulas. 

Representar lo metafísico: los ángeles de la Biblia hebraica 

A pesar de la prominencia de los ángeles en el arte, la literatura y las tradiciones judeocristianas, los textos religiosos nos dan muy pocas pistas de su aspecto. En las interpretaciones modernas, acostumbramos a verlos como figuras antropomorfas con alas, pero las escasas descripciones contenidas en la Biblia apuntan a formas mucho más complejas: seres celestiales de aspecto estremecedor, que infunden un terror cerval a todo ser humano que se encuentre con ellos. Solo dos libros de la Biblia, el de Ezequiel y el Apocalipsis, describen sus características físicas. En ambos encontramos los mismos cuatro ángeles, a veces denominados «seres vivientes».

[Terryl Whitlatch]

Las descripciones de ambos textos coinciden en algunos detalles, pero difieren en aspectos notables. En el Apocalipsis, se describe a estos poderosos espíritus como cuatro animales, uno semejante a un león, el segundo a un toro, el tercero a un hombre y el cuarto a un águila. Según Ezequiel, en cambio, cada uno de ellos tiene cuatro caras, una de cada animal. Los ángeles del Apocalipsis poseen tres pares de alas; los de Ezequiel tienen dos pares, cubiertos de ojos, y se elevan de la tierra por encima del trono de Dios, rodeados de fuego resplandeciente y de gran aparato eléctrico.

Según una de las primeras interpretaciones, popularizada por el emperador galo Victorino, la tétrada correspondería a los cuatro evangelistas: el león representa a Marcos; el toro, a Lucas; el águila, a Juan; y el hombre, a Mateo.

Nosotros hemos dibujado a Mateo tal como lo describe Ezequiel, tras sumergirnos en el registro fósil en busca de inspiración. Para diseñar el cuerpo, nos hemos fijado en los Microraptor, un género de dinosaurios tetrápteros. Los últimos estudios indican que probablemente volaban agitando las alas anteriores mientras mantenían las posteriores desplegadas, por debajo del cuerpo, para maniobrar y estabilizarse. Según este modelo, nuestro Mateo tiene cuatro alas y se propulsa batiendo las delanteras mientras mantiene las traseras en posición vertical.

Respecto a las proporciones generales, hemos recurrido a los mayores animales aéreos que se conocen: los pterosaurios azdárquidos. Entre estos colosos del aire estaban el Quetzalcoatlus y el Cryodrakon, que podían superar los 200 kilos de peso y los 10 metros de envergadura. Uno de sus rasgos más llamativos es la distribución del peso hacia la parte frontal del cuerpo: la cabeza, el cuello, el pectoral y los brazos eran descomunales. Nuestra representación de Mateo tiene una cabeza antropoide, aunque claramente no humana, sobre un portentoso cuello al estilo del Cryodrakon. El tórax es muy ancho para alojar la musculatura implicada en el vuelo. Con el impulso de las alas hacia delante, la criatura equilibra el centro de gravedad. Con todo ello conseguimos un ser a la vez majestuoso y terrorífico, además de biomecánicamente viable. 

Volar sin alas: los dragones ápteros de Oriente 

Es difícil representar a los dragones orientales (sobre todo los de las mitologías china y japonesa) de forma que resulten anatómicamente creíbles, porque siempre aparecen volando a pesar de no tener alas. Acostumbran a tener un cuerpo ofidiforme, aunque en la tradición popular no están emparentados con las serpientes. Por el contrario, normalmente comparten rasgos con los mamíferos y los peces, en concreto con las carpas, y se los relaciona con los ríos, la lluvia, los rayos y las tormentas.

<a href="/images/58937/raw.png">Ampliar imagen</a> [Terryl Whitlatch]

Para encontrar un modelo verosímil en el mundo real, buscamos animales que vuelen sin alas. Las serpientes del paraíso, del género Chrysopelea, planean magistralmente, recorriendo decenas de metros de una vez. Estas criaturas evolucionan en el aire con movimientos ondulantes que evocan las sinuosidades de los dragones mitológicos. (En las comparsas populares chinas, los dragones están compuestos por filas de personas que avanzan en trayectorias curvilíneas.) Las Chrysopelea solo se encuentran en el sudeste asiático, por lo que constituyen un género muy adecuado, en términos geográficos, para nuestro modelo. Al igual que ellas, nuestro dragón oriental genera su superficie de vuelo enarcando las costillas y ensortijándose en el aire. Por su tamaño, le hemos añadido unas membranas a lo largo del cuerpo y de las extremidades, para ampliar esa superficie. 

Hemos estudiado otros ofidios curiosos del mundo real, como las serpientes de nariz puntiaguda endémicas de Madagascar (género Langaha), para diseñar los «bigotes» que suelen tener los dragones en los dibujos tradicionales. Estas serpientes poseen un apéndice flexible en el extremo del morro, que nosotros hemos adaptado y desflecado para crear una suerte de barbas. Para la cara, estrecha, con pupilas horizontales y crestas sobre los ojos, nos hemos inspirado en el género de culebras Ahaetulla, también oriundo de Asia. 

Nuestro dragón habita en las proximidades de los arroyos forestales. Nada, trepa y planea con gran habilidad, por lo que constituye un depredador formidable. Todas las serpientes que hemos tomado como modelo se especializan en la caza de lagartos. Tienen los colmillos situados en la parte posterior del maxilar y su veneno resulta paralizante para los reptiles; de hecho, los mayores depredadores de lagartos y serpientes son otras especies de lagartos y serpientes. Teniendo en cuenta este dato, imaginamos que la principal amenaza para las crías de dragón occidental —o sea, nuestro dragón alado clásico— serían los demás dragones, y en particular el dragón áptero oriental, con su cuerpo serpenteante. Así, inspirándonos en las ciencias biológicas, componemos toda una ecología para nuestro dragón. Analizando la relación entre morfología y fisiología en los animales verdaderos, podemos imaginar cómo serían las criaturas mitológicas en la realidad, tanto en su anatomía como su comportamiento.

Michael B. Habib y Terryl Whitlatch

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