22 de Abril de 2010
Riesgos naturales

Consecuencias de la erupción del Eyjafjalla

La erupción del volcán islandés comenzó siendo una atracción turística para acabar provocando un caos sin precedentes en el tráfico aéreo europeo.

La erupción del volcán islandés Eyjafjalla comenzó siendo una atracción turística para acabar provocando un caos sin precedentes en el tráfico aéreo europeo. Las consecuencias en el norte y centro de Europa se dejarán sentir durante largo tiempo.

   Hasta el 14 de abril, parecía que la erupción volcánica estaba volviendo paulatinamente a la calma. Desde que el 21 de marzo comenzase su actividad, las expulsiones de lava desde una de las grietas del cráter se habían sucedido de manera relativamente continua. El volcán, situado en medio del glaciar Eyjafjallajökull, se convirtió rápidamente en el objetivo de los turistas. Lentamente, su actividad fue disminuyendo. Sin embargo, parece que fue sólo para tomar aliento: el 14 de abril explotó con una violencia completamente insospechada.

   En el cráter se abrió una nueva grieta, pero esta vez bajo el hielo del glaciar. “Cuando el magma encuentra hielo, aumenta la potencia de la erupción: ésta se vuelve claramente explosiva”; así explica Karsten Haase, del Centro Geológico de Baviera del Norte (Universidad de Erlangen-Nurenberg), la súbita violencia del volcán. Además, añade el geólogo, hay que tener en cuenta la particular composición del magma: “En comparación con lo que sucede normalmente con los volcanes islandeses, su composición es en este caso bastante atípica, ya que contiene una elevada cantidad de gas". Ello implica la gran presión ejercida por el magma y su expulsión en forma de explosiones. La lava no sale lentamente, como en los volcanes en Hawaii, sino que se comporta exactamente igual que el champán de una botella que hemos agitado antes de abrir. 

   Fue precisamente esta combinación de altas presiones y súbito contacto con el agua fundida la que provocó que la reciente explosión tuviese lugar con una fuerza diez veces superior a la de las erupciones precedentes. Según el vulcanólogo islandés Armann Hoskuldsson, de la Universidad de Islandia en Reikiavik: "En este momento se trata exclusivamente de una explosión; de hecho, sin expulsión de lava". Del Eyjafjalla emanó una nube de vapor de agua y cenizas que llegó a alcanzar una altura de entre 8000 y 11000 metros. Una vez allí, el viento la arrastró rápidamente hacia el este, en dirección a las islas Británicas y Europa.

Peligros para la aviación
Una vez en Europa, la nube provocó el caos en el tráfico aéreo. Uno tras otro, fueron cerrando los aeropuertos del Reino Unido, Irlanda, Escandinavia, Bélgica, Holanda y Alemania. Dada la posibilidad de que los productos de la expulsión volcánica pudiesen atascar las turbinas de sus motores, miles de aviones se vieron obligados a permanecer en tierra. "Debido a la gran cantidad de gas presente en el magma, la explosión genera una especie de espuma que estalla y crea la fina ceniza que caracteriza a esta nube. La misma se compone de partículas de roca, minerales y, sobre todo, de cristal volcánico. La ceniza se encuentra a una altura considerable. En caso de penetrar en las turbinas de un avión, volvería a fundirse, provocando fallos en el funcionamiento del aparato y pudiendo llegar a detener las turbinas", según Haase. 

   Estas cenizas son difíciles de detectar por los pilotos o los radares de los aviones. En el pasado, situaciones similares han rozado la catástrofe. En 1982, un avión de la compañía British Airways estuvo a punto de estrellarse en un vuelo de Londres a Auckland (Nueva Zelanda). Al sobrevolar Indonesia, el aparato se vio inmerso en la nube de cenizas del volcán Galunggang. Sus cuatro turbinas se detuvieron y los pilotos hubieron de abandonar el área peligrosa simplemente planeando. Sólo cuando el aparato descendió hasta los 7000 metros de altura lograron, para alivio de los pasajeros, volver a encender los motores y poner rumbo a Yakarta. Las duras y afiladas partículas de cristal habían rayado por completo las ventanas del avión.

   Otro caso similar se remonta a 1989, cuando un Boeing 747 de la compañía KLM se extravió al sobrevolar Alaska y penetró en la nube de cenizas que había expulsado el volcán Redoubt. La ceniza atascó las toberas del avión. Tras aterrizar en Anchorage y reparar los motores, los técnicos extrajeron de las turbinas más de 300 kilogramos de cenizas volcánicas. El coste de la reparación ascendió a 60 millones de euros.

Efectos en el clima
En caso de que el Eyjafjalla continúe activo y se incremente la virulencia de sus explosiones, las consecuencias para el clima podrían llegar a durar mucho más que las restricciones sobre el tráfico aéreo. La razón obedece a que los volcanes islandeses liberan una gran cantidad de compuestos de azufre. Éstos se esparcen por la atmósfera terrestre en forma de gotas de ácido sulfúrico que, a su vez, pueden apantallar la luz solar. De tener lugar, ésta no sería ni mucho menos la primera vez que un episodio de actividad volcánica provoca el enfriamiento del planeta. Un ejemplo reciente lo constituye el caso del volcán Pinatubo, en Filipinas: la erupción de 1991 liberó tantos aerosoles a la atmósfera que la temperatura media del planeta descendió medio grado. 

   Karsten Haase afirma que en estos momentos no existen motivos para temer un verano más frío de lo normal: "La cantidad de dióxido de azufre liberada hasta ahora a la atmósfera no es suficiente como para afectar al clima". En el pasado, el clima en Europa ya se ha visto alterado como consecuencia de la actividad volcánica en Islandia: "En 1783 tuvo lugar una fuerte erupción en la isla, al tiempo que se liberaron enormes cantidades de lava. Toda Europa se vio fuertemente afectada". 

   En aquella ocasión fue el volcán Laki el que entró en erupción y envió su azufre hacia el este. El geólogo Colin Macpherson, de la Universidad de Durham, estima que pudieron haberse liberado unos 120 millones de toneladas de dióxido de azufre, una cantidad que triplica a la generada por toda la industria europea en 2006. Las consecuencias fueron devastadoras: en Islandia, la desertificación de los campos de cultivo y la muerte del ganado provocaron una hambruna que acabó con la vida de miles de personas. Gran Bretaña y amplias regiones de la Europa continental se vieron sumidas en una capa de niebla prácticamente permanente. En las zonas afectadas, el invierno de 1783-84 fue extremadamente frío y se cobró numerosas víctimas mortales. Es posible, incluso, que la Revolución Francesa estallase como consecuencia de las calamidades provocadas por esa erupción volcánica. Los fenómenos climatológicos extremos derivados de la misma devastaron las cosechas y mataron al ganado, lo que llevó a una población exhausta y empobrecida a levantase en armas.

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