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7 de Abril de 2020
Salud pública

¿Cuál es la verdadera escala de la pandemia de COVID-19? La respuesta podría estar en las aguas residuales

El método podría también usarse como señal de alerta temprana en caso de que el virus regrese.

Planta de tratamiento de aguas residuales. [Bim/iStock]

Más de una docena de grupos de investigación de todo el mundo han comenzado a analizar aguas residuales para estimar el número total de infecciones por COVID-19 existentes en la población. El verdadero alcance de los contagios es una de las grandes incógnitas de la actual pandemia, dado que la mayoría de las personas nunca se someterán a tests. Según los científicos, el mismo método podría también utilizarse como sistema de alerta temprana en caso de que el virus regresase una vez que haya pasado esta primera oleada infecciosa. Hasta ahora, los investigadores han encontrado rastros del nuevo coronavirus en aguas residuales de los Países Bajos, EE.UU. y Suecia.

El análisis del agua que va a las plantas de tratamiento es uno de los métodos conocidos que permiten rastrear enfermedades infecciosas cuyos patógenos se excretan a través de la orina o las heces. Tal es el caso del SARS-CoV-2, el virus causante de la COVID-19.

Estimar la verdadera escala de la infección

Una planta de depuración puede llegar a acumular aguas residuales de más de un millón de personas, explica Gertjan Medema, microbiólogo del Instituto KWR de Investigación del Agua en Nieuwegein, en los Países Bajos. Analizar el agua a semejantes escalas podría ayudar a estimar el verdadero alcance de la pandemia de COVID-19 mejor que los propios tests, ya que reflejaría los contagios de aquellas personas que no se han sometido a pruebas y que son asintomáticas o solo presentan síntomas leves. El investigador ha detectado material genético del SARS-CoV-2 (ARN vírico) en varias plantas depuradoras de los Países Bajos. «Las autoridades sanitarias solo están viendo la punta del iceberg», asegura el experto.

No obstante, para cuantificar la escala de la infección a partir del análisis de aguas residuales, los investigadores deberán primero averiguar cuánto ARN vírico se expulsa a través de las heces. Ello permitiría extrapolar los números e inferir el número total de personas infectadas en una población a partir de la concentración de ARN vírico hallado en dichas aguas.

Al mismo tiempo, los científicos tendrán también que asegurarse de que están analizando una muestra representativa de la población, y no solo una instantánea en el tiempo, así como de que son capaces de detectar el material vírico incluso a niveles bajos, apuntan representantes de la Alianza de Queensland para la Salud Ambiental, un centro de investigación en Australia que asesora al Gobierno del país sobre riesgos en salud ambiental.

Por último, es también importante que el control de las aguas residuales, suponiendo que resulte factible, no quite recursos a la capacidad para hacer tests a la población. Varios esfuerzos para muestrear la propagación del virus se han visto impedidos por el cierre de universidades y laboratorios, así como por la limitada disponibilidad de los reactivos necesarios para las pruebas, los cuales son idénticos a los que se emplean en los tests clínicos, explica Kyle Bibby, ingeniero ambiental de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos. «No queremos exacerbar la escasez mundial [de estos productos]», apunta el investigador.

Alerta temprana

Las medidas de control de la infección, como el distanciamiento social, probablemente suprimirán la actual pandemia, pero el virus podría volver una vez que se levanten dichas medidas. La vigilancia rutinaria de las aguas residuales podría utilizarse como una herramienta de alerta temprana no invasiva para alertar a la población de nuevas infecciones por COVID-19, explica Ana María de Roda Husman, experta en enfermedades infecciosas del Instituto Nacional de Salud Pública y Medioambiente de los Países Bajos. En el pasado, el centro ya ha analizado aguas residuales para detectar brotes de norovirus, bacterias resistentes a antibióticos, poliovirus y el virus del sarampión.

El grupo de Roda Husman detectó rastros de SARS-CoV-2 en las aguas residuales del aeropuerto de Schiphol en Tilburg tan solo cuatro días después de que los Países Bajos confirmaran su primer caso de COVID-19 mediante pruebas clínicas. Los investigadores planean ahora ampliar el muestreo a las capitales de las 12 provincias del país y a otros 12 lugares en los que hasta ahora no hay ningún caso clínico confirmado. El grupo de Medema encontró ARN vírico en la ciudad de Amersfoort antes de que se reportaran las primeras infecciones entre la población.

Varios estudios han demostrado que el SARS-CoV-2 puede aparecer en las heces tres días después de que se produzca la infección, un tiempo mucho más corto que el que tardan los pacientes en desarrollar síntomas lo suficientemente graves para buscar atención hospitalaria (el cual puede prolongarse hasta dos semanas) y obtener un diagnóstico clínico, añade Tamar Kohn, viróloga ambiental del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Lausana.

El seguimiento de partículas víricas en aguas residuales podría proporcionar a los funcionarios de salud pública una información muy valiosa a la hora de decidir si deben tomar o no medidas de control, como el confinamiento de la población, aclara la experta. «Siete o diez días pueden suponer una diferencia clave la gravedad de un brote epidémico», añade. Además, la identificación temprana de la llegada del virus a una población podría contener los daños sanitarios y económicos causados por la COVID-19, especialmente si la epidemia regresa el año que viene, apunta Bibby.

El análisis de aguas residuales se ha usado durante décadas para evaluar el éxito de las campañas de vacunación contra la poliomielitis, señala Charles Gerba, microbiólogo ambiental de la Universidad de Arizona en Tucson. Y el método podría también usarse para medir la eficacia de las intervenciones de control, como el distanciamiento social, afirma Gerba, quien ha encontrado rastros de SARS-CoV-2 en las aguas residuales sin tratar de Tucson.

Smriti Mallapaty/Nature News

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.

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