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29 de Mayo de 2019
Medicina

El apéndice, ¿sirve para algo o se puede extirpar sin más consecuencias?

Es poca cosa, parece inútil y se inflama con demasiada frecuencia. ¿Para qué tenemos el apéndice, ese órgano vermiforme unido al ciego del intestino?

Una apendicectomía laparoscópica [U.S. Navy, Milosz Reterski].

Desde hace muchos años, los cirujanos prueban su pericia con la apendicitis: un simple corte, fuera y  ya está. Esta sencilla operación ha ayudado con rapidez y sin problemas a incontables pacientes que padecían esa infección. Y como el apéndice (un órgano poco aparente, de apenas diez centímetros de largo, unido al ciego del intestino grueso) se inflama a menudo y no parece desempeñar ninguna función, se llegó en un tiempo a eliminarlo preventivamente cuando se disponía de la oportunidad durante una operación en el abdomen. Hasta el día de hoy sigue valiendo esto: «Mejor operar una vez demasiado que una vez demasiado poco». La operación se puede realizar de ordinario de forma mínimamente invasiva por medio de una endoscopia.

Los médicos ya consideraban en el siglo XIX al apéndice un relicto que en el curso de la evolución humana había perdido su función. Y uno peligroso, además: lo constataba el anatomista comparativo Robert Wiedersheim en 1902, en su obra La anatomía humana como testimonio de su pasado. Refiriéndose al apéndice decía que no podía «dejar de comprobar, también en esta oportunidad, la coincidencia de unos órganos rudimentarios y la propensión a enfermar». En palabras más actuales: el apéndice sobra y es perjudicial porque tiende a inflamarse. ¡Fuera con él!

Y los hechos: muchas personas viven, tras esa operación rutinaria que es la apendicectomía, muchos años, bien y sin complicaciones pese a no tener ya apéndice. ¿El apéndice es, por lo tanto, realmente superfluo? ¿Y por qué no ha desaparecido entonces en el curso de la evolución?

Laboratorio linfático en el intestino

El apéndice parece desempeñar, sin embargo, un papel, al menos en el sistema inmunitario y en el desarrollo embrionario. A las pocas semanas de vida, células glándulares migran a la membrana mucosa del apéndice y empiezan a producir diferentes señales de aminas y péptidos: un proceso organizativo en el crecimiento del feto, como explica el fisiólogo Loren Martin, de la Universidad del Estado de Oklahoma. En los tejidos de las paredes del apéndice, sin embargo, se encuentran sobre todo (en especial en los niños y en los adolescentes, pero también en los adultos) muchas células linfáticas que hacen del apéndice una especie de «amígdala del intestino», análoga a las de la garganta, esos cúmulos de tejido linfático que si se inflaman también pueden ser extirpados sin problemas.

Si esos nodos de recipientes linfáticos faltan, se podrían abrir en algunas circunstancias brechas en las defensas del organismo, pese a que en la mayor parte de los casos y situaciones carece por completo de consecuencias. Finalmente, en los primeros años de vida maduran en el apéndice, «órgano linfático temporal», muchos linfocitos y se crean anticuerpos IgA. Se forman además linfoquinas, unas sustancias que modifican las fuerzas defensivas del cuerpo o que las dirigen al blanco.

Pero el apéndice también actúa en los adultos como línea de frente entre el sistema inmunitario y los distintos causantes de enfermedades, con sus antígenos, que medran en el intestino. El apéndice desempeña así un papel parecido al de las placas de Peyer del intestino delgado, cúmulos de células linfáticas que hacen las veces de puestos defensivos y lugares de control del sistema inmunitario adquirido: determinadas células especiales, las llamadas células M, que capturan antígenos en el intestino y los entregan a células presentadoras de antígenos, que entonces hacen que los conozca el resto del organismo. Si falta el apéndice, las placas de Peyer del intestino delgado seguramente lo compensan: no se puede decir que la marca distintiva del apéndice sea su apoyo al sistema inmunitario.

Reserva de la flora intestinal. ¿Y almacén de repuestos?

Una idea más ha sido propuesta hace unos años por investigadores estadounidenses. Sospechan que el apéndice, aparentemente superfluo, tiene una función de reserva y refugio de la flora intestinal, saludable y natural. Puede tener su importancia en especial tras enfermedades graves del intestino y diarreicas, en las que el organismo intenta librarse de gérmenes e invasores mediante un vaciado general. El intestino debe alojar después de nuevo esa colonización natural, lo que, dice la teoría, quizá se logre mejor gracias al apéndice, que no habría sido vaciado. Tras una extirpación quirúrgica  del apéndice, la flora intestinal se reconstruiría más despacio. En los países industrializados eso no resulta perceptible y rara vez es un problema porque una mejor higiene general hace que raramente se produzca una infección intestinal peligrosa de verdad.

En general, el apéndice podría encargarse, por lo tanto, de ciertas tareas, pero casi todas, parece, se compensan, sobre todo después de la infancia, con otros órganos o no son esenciales.

Desde un punto de vista quirúrgico, hay otra razón contra las apendicectomías demasiado rutinarias, recordaba el doctor Martin: al menos a finales de los años ochenta, los cirujanos empezaron paulatinamente a dejar de extirpar accesoriamente el apéndice después de que el médico francés Paul Mitrofanoff propusiese que se lo usara como almacén de piezas de repuesto del cuerpo. Se puede extirpar quirúrgicamente el apéndice tras una extirpación de vejiga para que, como«estoma de Mitrofanoff», haga desde la vejiga supletoria de conducto de la orina que se puede cerrar. Así, los cirujanos han logrado quitarle al superfluo apéndice un poco de su superfluidad. 

Jan Osterkamp

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