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16 de Octubre de 2020
Nutrición

El cerebro recuerda mejor dónde encontrar bizcochos que tomates cherry

La memoria espacial de los humanos retiene la ubicación de los alimentos ricos en calorías.

Recordar las cosas dulces supuso una ventaja a lo largo de la historia de la evolución humana. [Pixabay]

El cerebro humano está programado para cartografiar el entorno. Este rasgo se denomina memoria espacial: la capacidad para recordar ciertos lugares y dónde se encuentran los objetos en relación con los demás. Según nuevas observaciones publicadas en tiempo reciente en Scientific Reports, una característica importante de nuestra memoria espacial es la localización eficiente de alimentos energéticos, ricos en calorías. En opinión de los autores del estudio, gracias a ella, nuestros antepasados cazadores-recolectores daban prioridad al emplazamiento de los nutrientes fiables, lo que les supuso una ventaja evolutiva.

En el trabajo, llevado a cabo en la Universidad y Centro de Investigación de Wageningen en los Países Bajos, los 512 participantes debían recorrer un trayecto fijo en una sala en la que se habían colocado en diferentes lugares ocho muestras de alimentos u ocho discos de algodón con aroma de alimentos. Al llegar a cada muestra, los participantes probaban la comida u olían el algodón y calificaban cuánto les gustaba. Cuatro de las muestras de alimentos eran de alto contenido calórico, como bizcochos de chocolate y patatas fritas, mientras que las otras cuatro, por ejemplo, tomates cherry y manzanas, eran bajas en calorías: de dieta, podrían considerarse.

Después de la prueba de sabor, se pedía a los participantes que localizaran cada muestra en un mapa de la sala. Acertaron cerca de un 30 por ciento más al ubicar las muestras ricas en calorías que las poco calóricas, con independencia de que les gustaran o no esas comidas u olores. También fueron un 243 por ciento más precisos con la comida real que con el aroma.

«La principal conclusión que extraemos es que la mente humana parecer haber sido diseñada para situar con eficiencia alimentos energéticos en nuestro entorno», comenta Rachelle de Vries, doctoranda en nutrición y salud humana en la Universidad de Wageningen y autora principal del nuevo artículo. De Vries cree que los hallazgos de su equipo respaldan la hipótesis de que localizar valiosos recursos calóricos era un problema importante al que se enfrentaban con frecuencia los primeros humanos que capearon los cambios climáticos del Pleistoceno. «Es probable que los individuos con mejor memoria para saber dónde y cuándo encontrar recursos alimenticios ricos en calorías llevaran la delantera en cuanto a supervivencia o aptitud», explica.

«Parece un buen trabajo» opina James Nairne, profesor de psicología cognitiva en la Universidad de Purdue, que no participó en esta nueva investigación. «La memoria evolucionó para que recordemos cosas que nos ayuden a sobrevivir o a reproducirnos; por tanto, no sorprende que recordemos especialmente bien la información de interés para mantener un buen estado físico, como el alto contenido calórico».

Tendemos a pensar que los primates, entre los que nos contamos, han perdido el fino sentido del olfato que manifiestan muchos otros mamíferos a favor de la agudeza visual. Y, en gran medida, los seres humanos nos hemos desarrollado de esa manera. Pero los nuevos descubrimientos indican que nuestro olfato no es tan malo: «Estos resultados dan a entender que el cerebro humano sigue albergando un sistema cognitivo optimizado para la búsqueda de comestibles energéticos en los inconstantes hábitats del pasado, y destacan la capacidad a menudo subestimada del sentido olfativo humano», afirmaron los autores.

Un inconveniente de nuestras habilidades espaciales, en lo que respecta al sustento, es el gusto actual por la comida basura. Con una esperanza de vida de no mucho más de 30 años, como era el caso de los humanos hasta hace relativamente poco, las enfermedades crónicas como la diabetes no eran motivo de preocupación para nuestros antepasados. Si se encontraban con una frondosa arboleda de frutales, consumían todo el azúcar posible en interés de su supervivencia. En el presente, nuestro gusto por los dulces y las grasas contribuye a una epidemia mundial de obesidad y nos lleva a preferir dulces que repollos. «En cierto modo, nuestra mente (y cuerpo) no se corresponde con las circunstancias actuales en las que abundan los alimentos "obesogénicos"», asegura de Vries. «Tenemos motivos para sospechar que el sesgo de la memoria espacial hacía las calorías incita a las personas a elegir alimentos energéticos, puesto que resulta más fácil o cómodo encontrar y obtener las opciones con alto contenido calórico».

«Es más probable que recordemos cosas dulces, lo que fue una ventaja real durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva», añade Nairne. «Pero se ha convertido en un problema hoy en día... Todavía vamos por el mundo con cerebros de la Edad de Piedra».

Bret Stetka

Referencia: «Human spatial memory implicitly prioritizes high-calorie foods», de R. de Vries et al., en Scientific Reports, publicado el 8 de octubre de 2020.

 

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