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3 de Septiembre de 2019
Astrofísica

El festín de Sagitario A* del 13 de mayo

El corazón de nuestra galaxia destelló súbitamente en mayo de 2019. Los astrofísicos tienen una clara sospecha sobre cuál fue la causa de ese brote de radiación.

Una estrella puede alterar transitoriamente el flujo de materia que cae hacia el agujero negro del centro de una galaxia. Alrededor del agujero central de la Vía Láctea se han descubierto unos objetos, denominados con la letra G y un número, que presentan características de nube de gas y de estrella y que también podrían tener ese efecto [NASA/CXC/M. Weiss].

Parece que el agujero negro del centro de nuestra galaxia ha engullido hace poco (según nuestra cronología) una merienda especialmente grande. El 13 de mayo de este año se recibió desde su entorno una cantidad récord de radiación. Fue durante un breve lapso de tiempo. La punta de intensidad de las emisiones duplicó las máximas que se habían registrado hasta ahora, y es posible que la emisión fuera aún mayor justo antes de que empezase la observación, que captó el brote casualmente. Lo cuenta el equipo de Tuan Do, de la Universidad de California en Los Ángeles, en un artículo que subieron al repositorio arXiv en agosto.

Lo interpretan como indicio de que una cantidad considerable de materia se deslizó hacia el agujero negro, mayor que las acrecidas que se deben meramente a las alteraciones ordinarias que experimenta el flujo del gas que ingresa en el agujero. Debió de haber, pues, una intervención especial de un objeto celeste cercano al agujero, que habría aportado directamente materia que se le desprendiese o modificado con su gravedad el ritmo habitual de la acreción.

Esa materia adicional habría girado en órbitas cada vez más cercanas al horizonte de sucesos del agujero (su frontera) y se habría ido acelerando cada vez más, y por ello habría ido desprendiendo grandes cantidades de radiación. También se habrían disparado hacia el espacio partículas impulsadas por intensos y contorsionados campos magnéticos, y esas partículas habrían ido a su vez emitiendo radiación. No está clara la contribución de estos dos mecanismos al brote observado.

Los astrónomos apuntan desde hace más de veinte años telescopios muy sensibles a los infrarrojos hacia el centro de la Vía Láctea, que está a 26.000 años luz de distancia. La radiación que emite varía fuertemente. Según la opinión unánime de los expertos, la causa de las emisiones es la presencia allí de un agujero negro, que lleva el nombre de Sagitario A*. Su masa es enorme, aunque no especialmente gigantesca comparada con la de los agujeros negros centrales de otras galaxias, más bien lo contrario. Pero sigue tragando materia, en mayor o menor cantidad según el momento, lo que genera las emisiones.

La región está rodeada por densas nubes de gas y polvo; es una de las razones de que no se haya logrado hasta ahora observar con luz visible el entorno inmediato del monstruo. Pero gracias a estrellas gigantes que describen órbitas muy ceñidas al agujero negro es posible sacar ciertas conclusiones. Uno de esos astros, la estrella S0-2, podría haber sido, según los investigadores,  la que le sirvió a Sagitario A* el bocado de mayo: al acercarse a él en 2018 el doble podría haber modificado el flujo de acreción. Otro sospechoso es un objeto polvoriento, un tipo peculiar de objeto, llamado G2.  

Hace tiempo que los astrofísicos se preguntan por qué los flujos de materia hacia el agujero negro del centro de nuestra galaxia no son mayores. En comparación con los entornos de los agujeros negros supermasivos del centro de otras galaxias, que llegan a brillar más que la galaxia entera, el de Sagitario A emite muy poca radiación hacia el espacio.

Robert Gast / Spektrum.de

Referencia: «Unprecendented variability of Sgr A* in NIR», de Tuan Do et al. en arXiv: 1908.01777 [astro-ph.GA].

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