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1 de Marzo de 2021
COVID-19

El peligro de «covidizar» la ciencia

Algunos científicos temen que priorizar tanto la pandemia pueda perjudicar otras disciplinas.

Algunos investigadores temen que la atención desmedida a la pandemia vaya a afectar a otras áreas de trabajo. [iStock-NanoStockk]

Al igual que millones de personas, la neurocientífica Lis Evered ha visto amenazado su trabajo por la pandemia de COVID-19. Pero su inquietud no tiene que ver con la estabilidad o la financiación, sino con algo más profundo: su motivación y su misión como científica.

«Tenía una gran pesadumbre, y me veía como una fracasada, por no estar en la vanguardia de la lucha contra la covid. Sentía que mi trabajo ya no era importante», confiesa.

Evered, del Centro Médico Weill Cornell, en Nueva York, investiga los trastornos cognitivos perioperatorios en los ancianos, como los delirios confusionales asociados a la reanimación postanestésica. Con el giro que dieron algunos de sus colegas y las revistas especializadas hacia las cuestiones candentes de la COVID-19, se sintió desplazada. Fue entonces cuando se topó con una palabra que le hizo ver las cosas de otra forma: «covidización». «Me quitó un peso de encima», asegura.

Acuñado en abril por Madhukar Pai, de la Universidad McGill de Montreal, el término «covidización» describe la distorsión causada por la pandemia en los mecanismos de financiación, producción, publicación y divulgación científicas. Este experto en tuberculosis temía que esa distorsión obligase a los países, los financiadores, los organismos sanitarios y los investigadores a centrarse demasiado en las enfermedades infecciosas de escala pandémica, en detrimento de otras cuestiones fundamentales para la salud pública, desde las patologías no transmisibles hasta el cambio climático.

Evered, que se encontró con el término en un artículo firmado por Pai en julio, ahora tiene claro que vale la pena seguir investigando en áreas distintas de la COVID-19.

Prioridades de financiación

La covidización de la ciencia tiene algunas ventajas: una de ellas son los fondos extra. Ya en abril, la Comisión Europea había comprometido 137,5 millones de euros para el estudio científico de la pandemia, más que lo destinado a la investigación en VIH/sida, tuberculosis y malaria en 2018. El dinero acelera el desarrollo de las vacunas y permite investigar asuntos como la salud mental y el efecto de las desigualdades sociales sobre la pandemia. Pero Pai sostiene que el repentino cambio de prioridades y el frenesí desatado pueden ser dañinos. «Hay miedo de quedarse fuera», explica, «los fondos han despertado una competencia feroz».

Según Pai, la covidización comporta tres grandes problemas. El primero es el desvío de fondos hacia propuestas que únicamente tienen que ver con la pandemia, en detrimento de las investigaciones motivadas por la curiosidad. En abril, por ejemplo, los Institutos Canadienses de Investigaciones en Salud cancelaron su beca anual a causa de la pandemia, y poco después anunciaron una nueva subvención de 108 millones de dólares (70 millones de euros) para proyectos «que respondan a la actual fase de la pandemia de COVID-19». (Posteriormente, sí se evaluaron las propuestas que optaban a la beca original y se otorgaron los fondos.)

La covidización de la ciencia también desdibuja las iniciativas para proteger la salud mundial, lamenta Colin Carlson, biólogo de la Universidad de Georgetown, en Washington. «Este modelo, en el que cualquiera se sube al carro de la financiación, no será necesariamente bueno», advierte.

Carlson añade que las entidades ecologistas y medioambientales están aprovechando la COVID-19 para reformular investigaciones básicas sobre deforestación, pérdida de biodiversidad y comercio de animales silvestres, vendiéndolas como preparación contra pandemias. «Todo el mundo intenta disfrazar de covid lo que hace, y eso emborrona su trabajo.»

Advenedizos en la COVID-19

El segundo problema es que hay científicos de campos muy variados que se han puesto a investigar y publicar sobre epidemiología, inmunología y enfermedades infecciosas, áreas en las que no todos poseen la debida capacitación.

El tercero es que, bajo el aluvión de estudios enmarcados como COVID-19, a menudo publicados sin pasar por la revisión independiente, cada vez resulta más difícil separar el grano de la paja, tanto para el público y los medios de comunicación como para los gestores políticos.

Un estudio sobre «las investigaciones de mala calidad», de Katrina Bramstedt, bioeticista de la Agencia Luxemburguesa para la Integridad en Investigación y la Universidad Bond, en Gold Coast (Australia), señala que, a finales de julio, ya había 19 artículos y 14 preimpresiones sobre COVID-19 retractados, retirados o con un aviso de cautela.

Cuando alguien deja de investigar en su campo —pongamos, por caso, física nuclear— para hacerlo en COVID-19, es más fácil que cometa errores, porque carece de los conocimientos especializados, argumenta Pai. Por los blogs y los servidores de prepublicación se cuelan ideas a medio cocer e investigaciones mediocres, sin el tamiz de la revisión externa independiente. Por ejemplo, han aparecido estudios de personas inexpertas según los cuales comer pepinos y col protege del coronavirus. «Luego esos estudios se citan, pasan a la prensa y se monta un buen revuelo», insiste Pai. «Por eso a los gestores políticos y a los periodistas les cuesta tanto saber a quién deben escuchar.»

Investigar «fuera de pista»

Los investigadores que abandonan su área de especialidad de esta forma son un ejemplo de lo que el filósofo Nathan Ballantyne, de la Universidad Fordham en Nueva York, llama «intromisión epistémica». Aunque los científicos a veces idealizan las aportaciones genuinas de alguien ajeno a su campo —como los escritos del físico Erwin Schrödinger sobre biología—, en la mayoría de los casos, esas maniobras académicas fuera de pista arrojan a los aventureros de cabeza a la nieve.

Muchos forasteros traen buenas intenciones, dice Ballantyne, y cruzar las fronteras interdisciplinarias puede ser positivo para la ciencia. Gran cantidad de investigadores han encontrado así nuevas líneas productivas para su trabajo; pero el filósofo advierte que los recién llegados deben colaborar con expertos en el campo, y los estudios que no cuentan con ellos entre sus autores tendrían que hacer saltar las alarmas de la comunidad científica y de los medios de comunicación.

Algunas agencias financiadoras ya han detectado la amenaza de la covidización. Matthias Egger, presidente del Consejo Nacional de Investigaciones de la Fundación Suiza para la Ciencia, cargaba hace unos meses contra los «expertos exprés» que han proliferado con la pandemia. «Algunos colegas, que habían pasado toda su vida académica muy alejados de los virus y las neumonías, milagrosamente se erigen ahora en expertos», ironizaba en un artículo de opinión. Derrochar el dinero en la COVID-19 a expensas de otras disciplinas puede ser un error, sostenía entonces, y los investigadores deben seguir centrados en el camino que habían decidido emprender. «Aquí nadie va a covidizar la ciencia», sentenciaba.

«A los que investigan los celacantos, los exoplanetas, las desigualdades sociales o el calentamiento global, les ruego, por favor, que sigan dedicándose a lo que se dedican», concluía Egger.

David Adam/Nature News

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Resarch Group.

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