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23 de Septiembre de 2020
Cambio Climático

El Ártico está ardiendo como nunca. Mala noticia para el cambio climático

Los incendios están liberando cantidades inusitadas de dióxido de carbono, en parte porque se están quemando antiguas turberas que habían sido sumideros de carbono.

La central térmica de Shatura, en Rusia, usaba originalmente turba como combustible. La turba se convierte ahora en dióxido de carbono en muy grandes cantidades con los incendios de las turberas boreales [Burger].

Los incendios forestales se han extendido por todo el círculo polar ártico este verano. Han incinerado la tundra, han cubierto las ciudades siberianas de humo y han rematado la segunda temporada excepcional de incendios, siguiendo a la del año pasado. Para cuando remitió a finales de agosto, los fuegos habían emitido un récord de 244 megatoneladas de dióxido de carbono, un 35% más que el año pasado, que a su vez marcó un récord. Entre los culpables podrían estar las turberas que se queman mientras la azotea del mundo se derrite.

Las turberas son suelos ricos en carbono acumulado al descomponerse lentamente plantas cargadas de agua, a veces durante miles de años. Son los ecosistemas más densos en carbono de la Tierra; una típica turbera boreal contiene unas diez veces más carbono que un bosque boreal. Cuando arde la turba, libera hacia la atmósfera su antiguo carbono, donde se suma a los gases que retienen el calor y causan el cambio climático.

Casi la mitad del carbono del mundo almacenado en turberas se encuentra entre las latitudes 60 y 70 grados norte, a lo largo del círculo ártico. El problema de esto es que se espera que los suelos congelados ricos en carbono se derritan al calentarse el planeta, con lo que serán aún más vulnerables a los incendios y resultará más probable que desprendan grandes cantidades de carbono. Es un bucle de realimentación: al liberar las turberas más carbono, el calentamiento global se intensifica, lo cual derrite más turba y hay más incendios forestales. Un estudio publicado el mes pasado muestra que las turberas boreales podrían finalmente dejar de ser un sumidero neto de carbono y convertirse en una fuente neta de carbono, con la consiguiente aceleración del cambio climático.

Los incendios árticos sin precedentes de 2019 y 2020 demuestran que ya están en marcha cambios transformadores, dice Thomas Smith, geógrafo medioambiental de la London School of Economics and Political Science. «Alarmante es la palabra oportuna».

Fuegos zombis

La temporada ártica de incendios empezó este año inusualmente pronto: ya en mayo los hubo al norte de la línea de árboles siberiana, lo que por lo normal no ocurre hasta julio, más o menos. Una razón de que así fuese se encuentra en las temperaturas del invierno y la primavera, que al ser más cálidas de lo usual hicieron que aumentase la propensión a arder del paisaje. También es posible que los incendios de la turba siguiesen quemando bajo el hielo y la nieve toda el invierno y luego emergiesen, como zombis, en primavera, al derretirse la nieve. Los científicos han demostrado que este tipo de combustión a baja temperatura, sin llama, puede quemar la turba y otros materiales orgánicos, como el carbón, durante meses, años incluso.

Los distintos incendios árticos, al empezar tan pronto, han ardido más tiempo del usual, y «empezaron mucho más al norte que antes, en paisajes que creíamos que eran más resistentes al fuego que propensos a él», dice Jessica McCarty, geógrafa de la Universidad de Miami en Oxford, Ohio.

<strong>Incendios de turberas. </strong>Los incendios han quemado a lo largo del Círculo Ártico millones de hectáreas y han marcado un récord de emisión de dióxido de carbono. Muchos se produjeron en suelos con turba, ricos en materia orgánica; al quemarse liberaron carbono antiguo que ingresó en la atmósfera. En gradaciones de grises, la densidad de turberas; en rojo, los incendios (junio-agosto de 2020). Fuentes: Servicio Copérnico de Seguimiento de la Atmósfera/Centro Europeo de Pronósticos Meteorológicos a Medio Plazo. Hugelius, G. et al. en Proc. Natl. Acad. Sci USA 117, 20438-20446 (2020).

Los investigadores están evaluando ahora la gravedad de la temporada ártica de incendios. El Sistema de Seguimiento Remoto de Incendios Forestales de Rusia catalogó 18.591 fuegos distintos en los dos distritos más orientales de Rusia, con un total de casi 14 millones de hectáreas quemadas, dice Evgeny Shvestov, especialista en incendios del Instituto Forestal Sukachev, de la Academia Rusa de Ciencias en Krasnoyarsk. La mayor parte de los fuegos se produjeron en zonas de permafrost, donde el suelo, por lo normal, está helado el año entero.

En el cálculo del récord de las emisiones de dióxido de carbono, los científicos del Servicio Copérnico de Seguimiento de la Atmósfera, de la Comisión Europea, se valieron de satélites para estudiar los lugares donde se producen los incendios y su intensidad, y luego evaluaron cuánto combustible debió de quemar cada uno. Sin embargo, es posible que hasta esa estimación se haya quedado corta, dice Mark Parrington, científico de la atmósfera del Centro de Pronósticos Meteorológicos a Medio Plazo, en Reading, Reino Unido, que participó en el análisis. Los incendios de las turberas podrían tener una intensidad demasiado baja para que los sensores puedan captarlos.

El problema de la turba

La medida en que los incendios árticos de este año afectarán al clima mundial a largo plazo dependerá de lo que han quemado. La razón es que las turberas, al contrario que los bosques boreales, no vuelven a crecer rápidamente tras un incendio, así que el carbono liberado va a parar a la atmósfera de modo permanente.

Smith ha calculado que alrededor de la mitad de los incendios árticos de mayo y junio quemaron turberas, y en muchos casos durante días, lo que da a entender que se alimentaron de espesas capas de turba o de otros suelos ricos en materia orgánica.

Y el estudio de agosto determinó que hay casi cuatro millones de kilómetros cuadrados de turberas en las latitudes boreales. Una parte de esa extensión, mayor de lo que se pensaba hasta ahora, está congelada y es somera, y por lo tanto resulta vulnerable a la fusión y la desecación, según Gustaf Hugelius, científico de la Universidad de Estocolmo que estudia el permafrost y diirigó la investigación. Con sus colaboradores, encontró también que, si bien las turberas han contribuido a enfriar el clima durante miles de años, seguramente se convertirán en una fuente neta de carbono liberado hacia la atmósfera; a ese punto se podría llegar hacia finales de este siglo.

Se ha predicho que el riesgo de incendios en Siberia aumentará a medida que el clima se caliente, pero conforme a diversos criterios el cambio se ha producido ya, según dice Amber Soja, científica medioambiental que estudia los incendios árticos, del Instituto Nacional del Aerospacio de Estados Unidos, en Hampton, Virginia. «Lo que cabía esperar está sucediendo ya», dice. «Y en algunos casos más deprisa de lo que cabía esperar».

Alexandra Witze / Nature News

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.

Referencia: «Large stocks of peatland carbon and nitrogen are vulnerable to permafrost thaw», de Gustaf Hugelius et al., en PNAS, 25 de agosto de 2020, 117 (34) 20438-20446.

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