22 de Julio de 2022
Opinión

El verdadero legado de Gregor Mendel al cumplirse 200 años de su nacimiento

Sus experimentos no solo sentaron las bases de la genética. El detalle, el rigor y la humildad de su trabajo son inspiradores.

Crédito: [Wellcome Collection, Atribución 4.0 Internacional(CC BY 4.0)]

 

La genética es una ciencia diabólicamente compleja. Es algo que nos ha enseñado la biología molecular, según los conocimientos que hemos adquirido sobre la secuenciación y el análisis de los genomas y sobre la interacción de los genes con el ambiente. Así que es lógico preguntarse cómo se las arregló Gregor Mendel, fraile agustino, profesor y científico aficionado, para describir los principios de la herencia que siguen siendo válidos en la actualidad, basándose únicamente en el trabajo que realizó sin ayuda de nadie en el jardín de su monasterio durante las décadas de 1850 y 1860.

Kim Nasmyth, de la Universidad de Oxford, nos cuenta en un artículo de opinión publicado en Nature Reviews Genetics que una gran parte de los detalles de sus experimentos se ha perdido, ya que las notas de estos, incluidas sus observaciones provisionales y sus métodos de trabajo, fueron quemadas después de su muerte.

Pero, gracias a sus obras publicadas y a las fuentes históricas que han salido a la luz recientemente, está claro que Mendel fue un científico cuidadoso, cauteloso, paciente y que se basaba escrupulosamente en los datos de sus experimentos. Estas cualidades le permitieron realizar descubrimientos que han pasado la prueba del tiempo. Este 22 de julio se cumplen 200 años de su nacimiento, una ocasión para celebrar y reconocer la obra de este gigante de la ciencia. «Teniendo en cuenta lo que se sabía de las células a mediados del siglo XIX, está claro que Mendel se adelantó décadas a su tiempo», escribe Peter van Dijk de KeyGene, en Wageningen, Países Bajos junto a sus colaboradores en un artículo de opinión publicado en Nature Genetics.

Un modelo de comunicación

Aunque Mendel no sabía nada de genes, cromosomas o genomas, sentó las bases de la genética en un artículo titulado «Experimentos con híbridos vegetales», que presentó en la Sociedad de Historia Natural de Brno (en la actual República Checa) en 1863. Empezando con 22 plantas de guisantes de jardín (Pisum sativum) que polinizó él mismo, Mendel cruzó esos especímenes y su progenie muchas veces, produciendo más de 10.000 plantas durante ocho años. Clasificó las plantas de cada ciclo de polinización según diversas características, como el color y la forma de las semillas y la posición de las flores. Al analizar estos datos, Mendel descubrió que ciertos rasgos (por ejemplo, la forma y el color) pasan de una generación a la siguiente.

El artículo es un modelo de comunicación científica. Describe, utilizando un lenguaje accesible para todo el mundo, cómo estableció controles y protegió la integridad de sus experimentos (por ejemplo, explica sus métodos para reducir el riesgo de que se produjera una polinización anemófila o zoófila). Además, es muy generoso reconociendo el trabajo de otras personas en este campo. En la parte final del manuscrito analiza las posibles fuentes de error. «La validez del conjunto de leyes sugeridas para Pisum requiere una confirmación adicional y, por lo tanto, sería deseable que se repitieran al menos los experimentos más importantes», escribe Mendel en la conclusión.

Aunque en su artículo no acuñó los términos «dominante» y «recesivo» (conceptos fundamentales en la genética moderna), la cautela de Mendel a la hora de interpretar sus resultados estaba bien fundamentada. Desde entonces, generaciones de genetistas y biólogos moleculares y estructurales han demostrado que las características observables no son consecuencia únicamente de la acción de los genes. Al trabajar con organismos modelo y estudiar enfermedades familiares y poblaciones humanas, los científicos han demostrado una y otra vez que las características mostradas por un organismo están influidas por la intrincada interacción que se produce entre una serie de factores. Entre ellos, el ARN, la epigenética (una alteración química de las bases de ADN que no cambia la secuencia de este) y la posición de un gen dentro del genoma y del núcleo de una célula. A estos factores hay que añadir las interacciones con factores ambientales.

Estatua de Gregor Mendel en la abadía de Santo Tomás en Brno, República Checa, de la que Mendel fue abad. Crédito: [Coeli/Wikimedia Commons, dominio público]

Y, sin embargo, se ha documentado que se utilizó el nombre de Mendel de forma errónea e irresponsable para dotar de una base científica a la eugenesia, una idea científicamente inexacta según la cual los seres humanos pueden mejorar mediante la selección artificial. Mendel falleció en 1884 y, solo unas pocas décadas después, los científicos partidarios de teorías de superioridad racial empezaron a utilizar y citar su trabajo. Esa sombra de racismo científico (que distorsiona las investigaciones y las pruebas para causar daño), sigue acechando a la ciencia actual.

La genética, junto a la paleontología, nos han proporcionado herramientas extraordinariamente precisas para comprender los orígenes humanos. Gracias a la genética, también sabemos que existe más variación genética entre personas de la misma categoría racial que entre personas de diferentes razas, lo que demuestra que no existe una base biológica para ese constructo que llamamos raza. A pesar de los avances, la genética sigue guardando muchos secretos, entre ellos el papel de los genes en el comportamiento humano. Pero ahora sabemos que los genes no deciden nuestro destino, algo que conviene repetir en voz alta y con frecuencia.

Mendel sentó las bases de la genética y nos dio un ejemplo de cómo deben recolectarse datos, de una forma paciente y comprensiva. A pesar de la hipercompetitividad que caracteriza a la ciencia actual, vale la pena parar solo un momento para recordar el compromiso absoluto de Gregor Mendel con la observación cuidadosa, el análisis riguroso y la humildad a la hora de interpretar los resultados. 

Editorial/Nature

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con el permiso de Nature Research Group.

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