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31 de Agosto de 2010
Perfil

José María López Piñero, In Memoriam

El día ocho de agosto fallecía en Valencia una figura señera de la historia de la ciencia, que aupó la disciplina a un rango de dignidad y rigor que no tuvo par en el contexto español.

Cortesía del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero.

El día ocho del mes en curso falleció en Valencia José María López Piñero, figura señera de la historia de la ciencia. Aupó la disciplina a un rango de dignidad y rigor que no tuvo par en el contexto español, refugiada hasta entonces en evocaciones senescentes o ditirambos de sillones académicos. Liberó a Cajal del ditirambo ahistórico. Y con sus estudios en esa línea pudimos conocer el curso genuino de la medicina española del siglo XIX a través de lo que él llamó generación intermedia. Ahondó en el siglo XVII para rescatar a los novatores. Y pudimos entender a Valles y a los morfólogos del XVI con el análisis certero de su filosofí­a y medicina. Expresado todo ello en una prosa límpida, propia de quien no tuvo a menos esbozar un diccionario de términos médicos para conocer la historia del concepto encerrado. 

Con una generosidad desbordante, citaba a menudo sus maestros:  Don Pedro (Laí­n Entralgo), que lo atrajo al campo de la historia, y de su paso por las universidades de Múnich, Bonn y Zúrich, a Erwin Ackernecht. Pero si uno se tomaba la molestia de lo dicho por tales maestros, se apercibí­a en seguida que les otorgaba lo que era cosecha y creación propias.

 

Hubo otros maestros extraños al campo de quienes se sentía deudor, como Caro Baroja o Fletcher Valls. A este último en particular, iberista valenciano, guardaba singular aprecio por haberse mantenido con la penuria de medios del tiempo fiel al compromiso de hacer ciencia en España. Para ello, López Piñero creó las herramientas (diccionarios, repertorios, colecciones), vació fuentes, introdujo técnicas nuevas (bibliometría, documentación) y atrajo un cuerpo de historiadores a los que formó en instituciones por él establecidas.

 

Resulta difícil decantarse por sus obras de análisis (monografías sobre Cajal, Cavanilles, Pomar, etcétera) o por las de síntesis (historia de la ciencia española de los siglos XVI y XVII, el darwinismo en España). El lector encontrará tí­tulos abundantes de uno y otro método en su biobibliografía.

 

Capítulo especial merece uno de los últimos afanes de su vida: la materia médica. A ella, en particular a las aportaciones de los españoles en el Nuevo Mundo, le consagró volúmenes ya canónicos. Sin desechar valerse del libro disco, que permite el manejo de ilustraciones y texto con mayor facilidad que el papel. El mismo plantó su hortus sanitatis.

 

Los lectores de INVESTIGACION Y CIENCIA y de MENTE Y CEREBRO conocen su desinteresada y continua colaboración en ambas revistas. Casi dos decenios, mes tras mes, vieron sus aportaciones a la historia de la ciencia española en la primera. O artículos extensos. Traducciones incluso. Quiso estar en la gestación y nacimiento de MENTE Y CEREBRO, él que se había doctorado con una tesis sobre la historia del concepto de neurosis.

 

Sit tibi terra laevis!

 

— José María Valderas

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