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21 de Febrero de 2012
Astronomía náutica

La brújula solar vikinga

Nuevos estudios y hallazgos avalan su existencia y podrían ampliar su horizonte histórico.

Réplica moderna de un drakkar vikingo en el Museo Naval de Roskilde, Dinamarca. Las embarcaciones con las que colonizaron Islandia y Groenlandia eran de casco más redondo y mangudo, mejor preparadas para resistir el embate del mar abierto y con mayor capacidad de carga. [Wikimedia Commons / Boatbuilder]

La navegación a través de las brumosas aguas del Atlántico norte emprendida por los vikingos hace más de mil años sorprende todavía hoy a los historiadores. Desprovistos de brújula, invento que no se extendería por Europa hasta entrado el siglo XIII, los navegantes escandinavos recurrían de ordinario al sol y a las estrellas como medio de orientación.

Ese hecho adquiere visos de proeza si reparamos que en latitudes altas los cielos suelen quedar cubiertos por un denso velo de nubes o niebla por espacio de días y el sol permanece bajo en el horizonte durante largos periodos.

¿Cómo consiguieron, pues, adentrarse en el océano en semejantes condiciones y culminar con éxito las singladuras que les condujeron en reiteradas ocasiones hasta Islandia, Groenlandia y, plus ultra, hasta las costas de la mismísima Norteamérica?

La respuesta podría recaer en parte en la «piedra solar», citada por algunas sagas contemporáneas.

En los años sesenta del siglo pasado un arqueólogo danés planteó la existencia real de esta especie de brújula óptica, cuyo funcionamiento estaría basado en la despolarización de la luz ambiental difusa a su paso por un cristal de roca birrefringente, lo cual permitiría ubicar con bastante precisión la fuente de luz en el cielo, no otra que el sol, para así orientarse.

Desde entonces, la cuestión ha sido harto debatida por físicos, historiadores y arqueólogos, pero nuevas investigaciones publicadas en 2011 en referencia al espato de Islandia, un mineral de calcita incoloro y transparente relativamente abundante en dicha isla y en Escandinavia, parecen decantar la balanza a favor de sus defensores.

Es más, el reciente descubrimiento entre los restos de un naufragio de la Inglaterra isabelina de una piedra tallada de esa naturaleza abre la posibilidad de que el uso de este compás óptico estuviera más difundido en el espacio y en el tiempo de lo que se pensaba. Este artilugio pudo haber sido una ayuda preciosa en una época en que las primitivas agujas magnéticas podían sufrir fuertes desviaciones por la proximidad de grandes masas de hierro a bordo (léase, cañones).

Más información en Proceedings of the Royal Society A.

—IyC

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