15 de Noviembre de 2021
Cambio climático

La falta de justicia climática en Glasgow enfurece a los fundadores de la COP

Los científicos que trabajaron en la cumbre climática original de la ONU dudan de que la COP26 sirva de ayuda a los países de rentas más bajas.

Carteles de protesta en una manifestación contra el cambio climático. [FilippoBacci/iStock]

Los investigadores que colaboraron en la elaboración de los primeros acuerdos medioambientales de las Naciones Unidas, hace casi 30 años, afirman que los países de renta baja se sienten enormemente decepcionados con el debate climático de la COP26.

En la Cumbre para la Tierra de la ONU, celebrada en 1992 en Río de Janeiro, asistieron científicos y responsables políticos de países ricos y pobres. «Estaba esperanzado», explica el ecologista Zakri Abdul Hamid, asesor científico de la delegación de Malasia, al recordar cómo «pasó de ser un joven académico normal y corriente» para convertirse en un responsable de políticas científicas. «Tenía las esperanzas puestas en Río», añade por su parte Saleemul Huq, climatólogo de Bangladés que asesoró a los países más vulnerables al clima que asistieron a Río.

Aquella cumbre dio lugar a una serie de acuerdos en el marco de la ONU para hacer frente tanto al cambio climático como a la pérdida de la biodiversidad, y también sentó las bases de un nuevo enfoque de la ONU sobre desarrollo sostenible. Sin embargo, hoy Zakri cree que fue un «ingenuo» al esperar que las naciones ricas cumplieran sus promesas de proteger los intereses de los países más pobres.

Durante la segunda semana de negociaciones de la 26.a Conferencia de las Partes de la ONU sobre el Cambio Climático (COP26), celebrada en Glasgow, los países de ingresos bajos se mostraron muy críticos con la lentitud de la descarbonización y aseguran que no se han cumplido las promesas de financiación.

Un acuerdo histórico

La cumbre de Río fue crucial porque los responsables políticos de los países ricos y pobres establecieron lo que parecía ser una fórmula equitativa para proteger el entorno de los peores efectos de la industrialización. Las ideas que condujeron a la celebración de la cumbre procedían en gran medida de los países de renta alta. Sin embargo, a los países con menores ingresos les preocupaba que un acuerdo sobre cambio climático o biodiversidad les impidiera construir sus propias industrias e infraestructuras modernas.

En respuesta, los países más ricos acordaron asumir el peso de la descarbonización y la reducción de la pérdida de biodiversidad, lo que, por otro lado, concedía a los países pobres más tiempo para industrializarse. Pero no lo han hecho, afirma Zakri, quien pasó a presidir la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES).

En un informe publicado antes de la COP26, los investigadores del Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente (CSE) de Nueva Delhi calcularon que, entre 1990 y 2019, los países con mayores ingresos fueron responsables de dos tercios de las emisiones de gases con efecto invernadero. Las naciones ricas tampoco cumplieron el Protocolo de Kioto de 1997, una ley internacional elaborada para reducir las emisiones, entre 2008 y 2012, en una media del 5% respecto a los valores de 1990.

Desde el comienzo de la década de los noventa, el concepto de «contracción y convergencia» se popularizó como una forma de impulsar la equidad. La idea consistía en que tanto los países de renta alta como los de renta baja se descarbonizarían, pero a ritmos diferentes —los países más ricos reducirían sus emisiones más rápidamente («contracción»)— hasta que las emisiones de los dos grupos convergieran y alcanzaran la misma concentración per cápita. La idea no tardó en atraer a influyentes responsables políticos de países de renta alta y baja, como China y Estados Unidos, así como a algunos organismos de la ONU.

«No ofendía a nadie; nos unía a todos. Es equitativo. Es inclusivo», señala el principal precursor de la idea, Aubrey Meyer, del Instituto Global Commons de Londres. Sin embargo, el apoyo a la estrategia no se tradujo en acciones significativas. «Hoy, 30 años después, llegada la COP26, la mayoría de los problemas medioambientales han empeorado» afirma Zakri, y las naciones más ricas no han rendido cuentas.

Sunita Narain, directora general del CSE y coautora de su informe junto con la especialista en política climática Avantika Goswami, afirma que el Acuerdo Climático de París de 2015 —el acuerdo para limitar el calentamiento global a menos de 2°C por encima de los niveles preindustriales— ha acabado debilitando los compromisos con la equidad. Desde que se firmó, se espera que los países de menores ingresos también comiencen a reducir sus emisiones. Sin embargo, Narain afirma que las emisiones de gases con efecto invernadero de los países pobres representan solo una fracción de lo que producen los grandes emisores.

«La realidad es que París no nos ha concedido espacio para crecer», explica Narain, que asistió a la cumbre de Río en representación del CSE. Le preocupa que las promesas de los grandes emisores de alcanzar las emisiones netas a partir de 2050 permitan a los países más ricos «seguir acaparando el presupuesto de carbono», a menos que se establezcan objetivos intermedios más estrictos.

Fracaso de la financiación

Las promesas incumplidas en materia de financiación climática también han enfurecido a los veteranos de Río. El acuerdo de 1992 estipulaba que los países más ricos aportarían fondos para proteger a los países vulnerables al clima de las repercusiones del calentamiento global y para ayudarles a desarrollar nuevas tecnologías.

Se creó un fondo de 1000 millones de dólares, el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, al que seguirían otros fondos climáticos más modestos. En la COP15, celebrada en Copenhague en 2009, las naciones más ricas acordaron una cifra más realista que se ajustaba a las necesidades de los países de ingresos bajos y medios: prometieron aportar 100.000 millones de dólares al año entre 2020 y 2025. El objetivo de 2020 no se cumplió, y más de dos tercios de la financiación se ha concedido en forma de préstamos, no de la «financiación nueva y adicional» que se esperaba después de Río, declara Tariq Banuri, antiguo director de desarrollo sostenible de la ONU en Nueva York, quien representó a Pakistán en la Cumbre para la Tierra de 1992.

Banuri afirma que el proceso de negociación de la COP que impulsó junto con Huq, Zakri, Narain y otros expertos se ha convertido hoy en poco más que una «terapia institucional» para los países más ricos. «Participan en un proceso fallido para asegurarse de que están haciendo algo. Soy muy pesimista respecto a la COP», reconoce.

No obstante, existe el consenso de que la esperanza no debe morir. Un gran número de científicos y jóvenes del ámbito de la ciencia, el activismo y la política se han dado cita en la COP de Glasgow. «Deben seguir diciendo la verdad al poder», afirma Narain.

Huq, fundador del Centro Internacional para el Cambio Climático y el Desarrollo, en Daca, afirma que los países deben seguir cooperando a través de la ONU para obtener justicia. «Naciones Unidas es lo más parecido a un organismo de gobernanza mundial», afirma. «Tenemos que perseverar con ella, aunque no esté cumpliendo realmente».

Ehsan Masood

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Resarch Group.

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