9 de Diciembre de 2015
Psicología social

La firma electrónica nos tienta a actuar de manera deshonesta

Las personas damos menos valor a la firma electrónica que a la manuscrita, según los investigadores.

Según la reciente investigación, nos sentimos más vinculados a nuestra firma manuscrita que a su versión electrónica. [iStock/ gzorgz]

Por lo común, las personas nos identificamos con nuestra firma y le atribuimos un valor simbólico. Sin embargo, muchos individuos se sienten menos comprometidos con la verdad si signan un documento con una firma electrónica que si lo hacen de forma manuscrita. En fecha reciente, un grupo de la Universidad de Virginia ha analizado a partir de siete experimentos la influencia que ejerce la manera de firmar en nuestra conducta. Según sus resultados, la firma electrónica resulta poco eficaz para asegurar la honestidad del titular.

Existen varios formatos para la firma electrónica: desde una firma digital, pasando por marcar una casilla en una página web o utilizar una tarjeta de coordenadas hasta teclear un usuario y una contraseña en el ordenador.

Firmantes menos honestos

En uno de los experimentos, los autores solicitaron a una serie de probandos que, en una habitación en la que se encontraban solos, resolvieran en cinco minutos tantos cálculos matemáticos como fueran capaces. Una vez transcurrido el tiempo, debían indicar en un formulario el número de ejercicios que habían resuelto y depositar la hoja con los cálculos en una papelera. También les explicaron que cuantos más cálculos resolvieran, más boletos para un sorteo podían sustraer de un sobre que tenían a su disposición. De esta manera, aumentaban las posibilidades de que les tocara un premio económico. Los investigadores pidieron a una parte de los probandos que signaran, bien a mano bien tecleando su nombre en un ordenador, un documento con el que confirmaba que habían entendido las reglas del juego y que iban a decir la verdad en relación a su rendimiento en la prueba matemática.

Sin que los probandos lo supieran, los investigadores habían marcado las hojas de ejercicios, los sobres y los formularios con un código con el fin de comprobar más tarde quién había mentido. Según descubrieron, los participantes que habían firmado el formulario digital tomaron un par de boletos más del sobre de los que en realidad les correspondían; conducta que coincidía con la de los probandos de control, quienes no habían firmado ningún documento. En cambio, los participantes que habían plasmado su firma manuscrita actuaron de manera honesta, es decir, sustrajeron del sobre el número de papeletas para el sorteo que debían; ni uno más.

En otros de los diversos experimentos, los sujetos debían dar su conformidad mediante un número PIN personal o un simple clic sobre la expresión «de acuerdo»: los resultados fueron semejantes. En pocas palabras, mostraron una conducta más deshonesta.

Eileen Chou, autora principal de estudio, señala que los resultados de la investigación se deben a que las personas nos sentimos menos ligadas a la firma electrónica y no la asimilamos como una prolongación de nosotros mismos. A ello contribuye que nuestra influencia sobre la firma electrónica suele ser escasa, mientras que la manuscrita la practicamos desde la infancia, tan pronto como aprendemos a escribir.

Según la investigadora, es probable que el problema de la firma electrónica sea solo una cuestión generacional: a medida que las nuevas generaciones crezcan en un entorno en el que este modo de firmar sea el habitual, desaparecerá esa tendencia en la conducta. Hasta entonces, Chou sugiere como posibles soluciones que se refuerce la relación de las personas con su firma electrónica o que se tengan en cuenta técnicas que permitan trasladar la firma manuscrita a un medio electrónico.

Más información en Journal of Experimental Social Psychology

Fuente: Daniela Zeibig / Spektrum.de

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