18 de Enero de 2023
Paleogenética

La migración entre Siberia y el continente americano se produjo en ambos sentidos

Hace tiempo que se sabe que el pueblo ancestral que vivía en Siberia se internó en la actual Norteamérica. Ahora, el análisis de ADN demuestra que también se produjo una migración en el sentido contrario.

[Norman B. Leventhal Map Center, Reconocimiento 2.0 Genérica (CC BY 2.0)]

Hace tiempo que sabemos que el pueblo que vivía en la actual Siberia atravesó, a pie y con botes de remos, el estrecho de Bering para internarse en Norteamérica. Ahora, nuevas pruebas demuestran que estas primeras migraciones se produjeron en ambas direcciones. Los autores de un estudio reciente, publicado el 12 de enero en Current Biology, creen haber encontrado pruebas de ancestralidad americana en el ADN de siberianos que vivieron hace siglos.

Este legado, presente todavía en los genomas de algunos siberianos actuales, es una prueba arqueológica que nos da a entender que los norteamericanos contactaron con sus vecinos del norte de Asia miles de años antes de que llegaran los europeos.

El descubrimiento no ha sido una sorpresa. Cosimo Posth, arqueogenetista de la Universidad de Tubinga y coautor del nuevo estudio señala que «los desplazamientos humanos rara vez son unidireccionales. Suelen producirse en ambos sentidos».

La llegada a las Américas

Una de las cuestiones más antiguas de la arqueología que sigue abierta es averiguar cuando llegaron los humanos a las Américas. Existen diversas hipótesis, pero muchos investigadores creen que lo más seguro es que los primeros migrantes cruzaran a través del puente terrestre de Bering, una franja de tierra que, durante la prehistoria, conectó con cierta periodicidad el norte de Asia con la zona que ocupa la Alaska actual. Este paso transcontinental desapareció por culpa del aumento del nivel del mar hace entre 11.000 y 10.000 años, pero eso no detuvo las migraciones entre ambas masas de tierra. Los estudios genéticos y las excavaciones arqueológicas indican que el pueblo que habitaba la Siberia actual se trasladó a Norteamérica varias veces, la última de ellas hace tan solo mil años.

Pero, a pesar de la gran cantidad de investigaciones que se han centrado en la reconstrucción de la llegada de los humanos a la actual Alaska, Posth cree que «sabemos muy poco sobre la migración producida en la dirección contraria».

Migraciones siberianas

Poco a poco, eso está cambiando. En 2019, un estudio presentó pruebas genéticas que mostraban que los pueblos que vivieron en ambos lados del estrecho de Bering estuvieron en contacto. Y un reducido número de hallazgos arqueológicos en Alaska (entre ellos el descubrimiento de cuentas de vidrio del siglo XV que podrían ser de origen veneciano) dan a entender que se produjo un comercio continuo entre esta región y el resto del mundo.

Lo que no está claro es hasta donde penetró esa incursión. Se sabe muy poco sobre cómo se desplazaban los siberianos dentro de su territorio en los últimos miles de años. Con la esperanza de poder reconstruir parte de la historia de esta región, Posth y su equipo han secuenciado el ADN de individuos pertenecientes a diez pueblos antiguos cuyos restos fueron desenterrados en varios yacimientos siberianos.

La muestra más antigua tiene 7.500 años. Para este estudio también analizaron los genomas de individuos de tres pueblos que vivieron en la península de Kamchatka (situada en el Extremo Oriente ruso, llega al sudoeste del estrecho de Bering) hace tan solo 500 años. Estas secuencias fueron las primeras muestras de ADN antiguo de esa zona remota, señala Posth.

Gracias a estos análisis, sabemos que, en la antigüedad, partieron de Siberia multitud de migraciones que pusieron en contacto a sus antiguos habitantes con poblaciones de lugares tan distantes como Japón y Groenlandia. También hallaron una conexión, desconocida hasta entonces, entre los americanos nativos y los pueblos que vivieron en Kamchatka hace tan solo unos siglos. Además, los antepasados de estos kamchatkenses ya habían contactado con norteamericanos al menos dos veces: una entre hace 5.500 y 4.400 años, y de nuevo hace unos 1.500 años. Estas conexiones demuestran que la influencia de los nativos americanos llegó más al interior de lo que se creía anteriormente.

Posth esperaba hallar pruebas de la presencia de nativos americanos en Siberia, pero se sorprendió que esas incursiones se hubieran producido hace tanto tiempo. Esos encuentros antiguos no fueron la última vez en la que interactuaron ambos pueblos. El equipo halló un porcentaje incluso mayor de ADN de americanos nativos en los kamchatkenses modernos, lo que parece indicar que esos contactos también se produjeron durante los pasados siglos.

Posth señala que no está del todo claro cómo llegó el ADN norteamericano a Kamchatka. Los antepasados de los kamchatkenses podrían haberlo heredado de otros siberianos que lo portaran en su herencia, o podría ser el resultado de un contacto directo. Según Dennis O'Rourke, genetista antropólogo de la Universidad de Kansas, que no participó en el nuevo trabajo, el estudio de Posth y su equipo que demuestra que el ADN pasó de Norteamérica a Siberia, se basa en investigaciones genéticas anteriores.

Anne Stone, genetista antropóloga de la Universidad Estatal de Arizona, que tampoco participó en la nueva investigación cree que, dada la cercanía de esas dos masas de tierra, no debería sorprendernos que los

pueblos del norte de Asia y Norteamérica entraran en contacto. Las islas Aleutianas (donde históricamente cazaban y comerciaban los aleutianos) forman una cadena de islas volcánicas situada entre el suroeste de Alaska y la península de Kamchatka.

Además, Stone cree que, aunque los primeros habitantes de ambos lados del estrecho de Bering quedaron aislados unos de otros cuando desapareció el puente terrestre, las generaciones posteriores pudieron tener contacto gracias a los botes. Con esas embarcaciones, «podían visitarse unos a otros y comerciar».

Freda Kreier

Referencia: «Middle Holocene Siberian genomes reveal highly connected gene pools throughout North Asia»; Ke Wang et al.  en Current Biology, n.º 33, págs. 1-11, 12 de enero de 2023.

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