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24 de Abril de 2020
OPINIÓN

Las metáforas bélicas distorsionan la realidad de la COVID-19

La retórica de la guerra es irresponsable y menoscaba el ejercicio de la medicina.

[iStock-Zeferli]

En las últimas semanas, vienen usándose multitud de metáforas bélicas en el aluvión de titulares sobre el personal sanitario y la COVID-19: que si combatimos en las trincheras sin suficientes municiones; que si luchamos contra el enemigo; que si estamos en guerra.

Pero no estamos en guerra y, ciertamente, no nos hemos alistado a ningún ejército. Somos médicos. Lo que hacemos es trabajar a destajo para mantener con vida a nuestros pacientes.

¿Hay similitudes entre tratar una enorme cantidad de pacientes, aquejados de un virus potencialmente mortal y tremendamente contagioso, y un conflicto armado contra un adversario invasor? Quizás. Pero las diferencias son igual de importantes, si no más.

Adoptar una mentalidad de guerra implica esencialmente tolerar una actitud de «todo vale» para salir victoriosos, alea iacta est. Las tácticas irreflexivas tendrán su lugar en una contienda real, pero jamás debe ejercerse así la medicina.

Por supuesto, todos deseamos contener el virus lo más rápido posible y tratar a tantos enfermos como podamos. Pero hacerlo bajo un estandarte de guerra entraña una falta de responsabilidad que nos expone, tanto a médicos como a pacientes, a un nivel de riesgo inasumible.

En medicina, las emergencias —incluso las pandemias— nunca son excusa para tomar atajos. Si algo nos enseña el análisis meticuloso de nuestros errores y omisiones es que, incluso en la más crítica de las situaciones, tenemos que confirmar la fecha de nacimiento en todas las pulseras y repasar todos los elementos, uno por uno, de cada protocolo asistencial. En la labor cotidiana, estos procedimientos pueden parecernos fútiles y redundantes, pero gracias a ellos no operamos una pierna sana ni le ponemos insulina a un paciente que no es diabético.

En momentos de crisis como el actual, cuando se nos dispara el cortisol —la hormona del estrés— y el personal sanitario está agotado y especialmente propenso a las distracciones, es más importante que nunca seguir los protocolos de seguridad básicos.

La retórica bélica, que impregna casi todas las noticias sobre quienes atendemos a los enfermos de la COVID-19, pone en cuestión esa lógica. A la desesperada, avala el caos y la suspensión del Estado de Derecho a cambio de una solución rápida. Transmite un mensaje peligroso.

Por otro lado, emplear un lenguaje castrense para describir el sentido del deber de los médicos tergiversa y confunde la realidad de nuestras responsabilidades. Hasta hace unos meses, los profesionales de la medicina moderna teníamos la certeza de que, fuese cual fuese la dolencia del enfermo, no arriesgábamos nuestra vida en el acto terapéutico (aunque, por descontado, en el campo de las enfermedades infecciosas transmisibles siempre hay una mínima posibilidad de contagio).

Ahora, médicos de todas las especialidades han tenido que reciclarse. Todos los sanitarios que se esfuerzan por curar a los enfermos merecen los aplausos y la máxima admiración, pero corresponde a los medios de comunicación cuidar su lenguaje para no dar a entender, en ningún caso, que sacrificar nuestra vida sea nuestro cometido natural.

La mentalidad de guerra requiere que haya muerte, sufrimiento y abnegación al servicio de la patria, pero una pandemia no debe exigirle tal sacrificio al personal sanitario. Los médicos jóvenes que todavía no han terminado la carrera no deberían sentirse coaccionados a arriesgar su vida por la promesa del martirologio o la gloria. Los médicos de más edad, o los que tienen patologías previas, deben poder defender sus intereses sin miedo a ningún tipo de «relevo deshonroso». En una guerra, podrá ordenarse al pelotón de soldados que se lance a la batalla en condiciones precarias y sin el equipo adecuado, pero aplicar ese marco mental a nuestras circunstancias es más perjudicial que beneficioso. La guerra es peligrosa por definición, pero el peligro jamás debería ser inherente al hospital.

Cabe reconocer que la militarización lingüística de la medicina no es ninguna novedad. Su introducción en el discurso médico occidental se atribuye al médico Thomas Sydenham (ungido póstumamente como el «Hipócrates inglés»), quien escribió, en su Observationes Medicae de 1676, que «es menester librar una batalla contra una cohorte de pestes sanguinarias, la cual no es batalla para el haragán y el perezoso». No es la primera vez que se utilizan préstamos de la jerga militar: la epidemia de gripe de 1918 azotó a los Estados Unidos justamente cuando el país se encontraba en guerra. Tampoco es sorprendente que la desbocada irrupción de una enfermedad mortífera se describiera entonces como una «invasión», un «ataque» y un «peligro equiparable a los obuses de gas venenoso». 

A pesar de su edad, estas metáforas bélicas no han perecido. El problema de usar incorrectamente las metáforas vivas es que pueden influir en nuestro pensamiento y comportamiento. Como afirman George Lakoff y Mark Johnson en Metaphors we live by, «El corazón de la metáfora es la deducción… [y] puesto que razonamos con metáforas, las metáforas que usamos determinan en gran medida cómo vivimos la vida».

Por eso tenemos que poner sumo cuidado en las palabras que elegimos para describir nuestro trabajo; y lo mismo deben hacer los demás. 

De ninguna manera pretendo insinuar que los médicos no seamos valientes. Todos los profesionales sanitarios que conozco se desviven por ayudar a los enfermos, en la medida de sus posibilidades, y en contener la epidemia. Y estamos más que dispuestos a pelear —contra aseguradoras, gerencias hospitalarias y legisladores— para dotarnos de los medios necesarios.

Cada tarde a las siete, desde miles de balcones, ventanas y terrazas brota un rugido colectivo, una algarabía de repiques, tañidos y exclamaciones de toda variedad, devolviendo un instante de vida a las calles vacías de Nueva York. Lo escucho desde mi habitación, donde llevo casi una semana en cuarentena, recuperándome del virus que atormenta a mi hospital desde hace más de un mes. Todavía estoy muy débil para sumarme al clamor de gratitud, pero comparto plenamente el sentimiento. Al fin y al cabo, el trabajo que hacemos implica una fuerza innegable, un honor inmenso y un sacrificio inconcebible. 

Adina Wise

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