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3 de Abril de 2019
Desarrollo infantil

Las molestias gastrointestinales podrían alertar de problemas emocionales

Asocian las alteraciones en el microbioma de niños que han experimentado situaciones adversas durante la infancia temprana con cambios en la función cerebral.

Las modificaciones en el microbioma gastrointestinal de un niño que ha experimentado carencias psicosociales en la infancia temprana podrían afectar regiones cerebrales asociadas con la salud emocional. [iStock/ Panyawatt]

Desde hace tiempo, los científicos sospechan que existe una fuerte relación entre el intestino y el cerebro. Ahora, investigadores de la Universidad Columbia han demostrado que las situaciones adversas en la infancia temprana, como la falta de atención y cuidados, se asocian con un aumento de los síntomas gastrointestinales en los niños, los cuales pueden afectar su cerebro y conducta a medida que crecen hasta la madurez.

«Un motivo común por la que los niños acuden a los consultorios médicos son las quejas intestinales», explica en un comunicado de prensa Nim Tottenham, profesora de psicología de la Universidad Columbia y autora principal del estudio. «Nuestros hallazgos indican que los síntomas gastrointestinales en niños pequeños podrían ser una señal de alerta para los médicos de atención primaria de futuros problemas en la salud emocional». Los resultados del estudio se publican en Development and Psychopathology.

Infancia en condiciones adversas

Para su estudio, los investigadores se basaron en los datos de 115 niños que habían sido adoptados de orfanatos u hogares de acogida a la edad de 2 años, y de 229 criados por sus padres biológicos (grupo de control). Seleccionaron a ocho participantes de 7 a 13 años de cada grupo. Recopilaron información sobre la conducta de los sujetos y tomaron muestras de heces para examinar la abundancia y diversidad de bacterias en la materia fecal de cada participante. También exploraron el cerebro de los niños mediante técnicas de neuroimagen.

Según observaron, los niños que presentaban trastornos emocionales relacionados con sus experiencias psicosociales adversas en los orfanatos manifestaban más síntomas gastrointestinales, entre ellos, dolor de estómago, estreñimiento, vómitos y náuseas. Asimismo, presentaban un microbioma intestinal diferente al de los sujetos del grupo de control. Las exploraciones cerebrales también revelaron que los patrones de actividad neuronal se correlacionaban con ciertas bacterias. Por ejemplo, los niños criados por los padres biológicos y en condiciones favorables presentaban un microbioma más rico, condición que influye la corteza prefrontal, una región del cerebro que, entre otras funciones, interviene en la regulación de las emociones.

«El papel del trauma en el aumento de la vulnerabilidad a los síntomas de la salud tanto gastrointestinal como mental está bien establecido en los adultos, pero rara vez se estudia en la infancia», señala Bridget Callaghan, otra de las autoras del estudio. Existen investigaciones que demuestran que los adultos con síndrome del intestino irritable presentan con más frecuencia antecedentes de traumatismo o abuso que las personas sin esa dolencia. Por otra parte, los estudios en animales han mostrado que los cambios que producen las condiciones vitales adversas en el microbioma intestinal influyen en el desarrollo neurológico. Pero ningún estudio en humanos lo ha hecho.

«Es demasiado pronto para establecer conclusiones; no obstante, nuestra investigación sugiere que los cambios en el microbioma intestinal asociados con la adversidad se hallan relacionados con la función cerebral, así como con las diferencias en las regiones del cerebro asociadas con el procesamiento emocional», señala Tottenham. Los investigadores están trabajando en un estudio con 60 niños en la ciudad de Nueva York para replicar sus hallazgos. Esperan obtener resultados a finales de este año.

Fuente: Universidad Columbia

Referencia: «Mind and gut: Associations between mood and gastrointestinal distress in children exposed to adversity», de Bridget L. Callaghan et al., publicado en línea en Development and Psychopathology el 28 de marzo de 2019.

 

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