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11 de Septiembre de 2020
ECOLOGÍA

Las zoonosis, más probables en los ambientes humanizados

Un análisis mundial describe los rasgos ecológicos de los animales portadores de microbios que nos pueden hacer enfermar.

Una rata a plena luz del día. Los vertebrados que pueden actuar como vectores de patógenos causantes de enfermedades humanas, como el roedor de la imagen, prosperan en los entornos alterados por la actividad antrópica. [iStock-Pierre-Aden]

La humanidad ha alterado más de la mitad de la superficie habitable del planeta para satisfacer las necesidades de una población creciente. La transformación de los bosques, las llanuras y los desiertos en ciudades, suburbios y campos agrícolas ha provocado el declive o la desaparición de numerosas especies animales, en tanto que ha permitido a otras prosperar. Los perdedores suelen ser animales especialistas desde el punto de vista ecológico, como los rinocerontes o el avestruz: presentan hábitos específicos de alimentación o de otras necesidades, una talla comparativamente grande, y son poco abundantes y más longevos que los no especialistas. Los ganadores suelen ser en cambio animales generalistas, de pequeño tamaño y prolíficos, con un ciclo de vida breve y «acelerado», como las ratas o los estorninos. 

En un estudio publicado en Nature, Rory Gibb, del Colegio Universitario de Londres, y sus colaboradores han demostrado ahora que, a escala mundial, es mucho más probable que los ganadores sean portadores de microbios patógenos para la especie humana que los perdedores. En suma, cuando el hombre transforma a su conveniencia los ecosistemas naturales, está aumentando sin saberlo el riesgo de transmisión de zoonosis, es decir, de infecciones causadas por patógenos que saltan de la fauna al ser humano. 

Durante las últimas décadas se han multiplicado los ejemplos de cambios en el uso de la tierra que agravan el riesgo de zoonosis. Una muestra clara de este fenómeno la constituyen los roedores que facilitan la propagación del parásito causante de la enfermedad de Chagas, de diversas infecciones transmitidas por garrapatas y de una serie de enfermedades provocadas por hantavirus, y que florecen en los territorios humanizados donde otras especies han desaparecido. Así las cosas, la generalización de esta tónica y los mecanismos responsables son hoy objeto de debate. 

Un análisis a escala mundial

En su investigación acerca de si los cambios ecosistémicos motivados por la actividad humana a escala mundial favorecen a la fauna vertebrada que tiene más probabilidades de propagar enfermedades infecciosas, Gibb y sus colaboradores han tenido que superar dos obstáculos. El primero consiste en averiguar qué tipos de animales tienden a desaparecer y cuáles a prosperar a lo largo de un gradiente que va desde los hábitats inalterados hasta las zonas más intensamente transformadas por la mano del hombre. Los autores lograron este objetivo con la base de datos del proyecto PREDICTS (acrónimo en inglés de «Predicción de las respuestas de la diversidad ecológica a la alteración de los sistemas terrestres»). La base alberga más de 3,2 millones de registros procedentes de 666 estudios que censaron la fauna bajo diferentes grados de uso de la tierra, llevados a cabo en todo el mundo.

El segundo escollo estriba en saber qué especies animales son portadoras de patógenos con posibilidades de infectarnos. Con ese fin, los autores compilaron información de seis bases de datos que contienen asociaciones entre hospedadores y patógenos. Hallaron 20.382 asociaciones entre 3883 especies de vertebrados hospedadores y 5694 microbios patógenos. Por desgracia, descubrir que un animal y un patógeno están asociados no indica necesariamente que el animal pueda contagiar el patógeno a los humanos o a otros animales, esto es, que actúe efectivamente como un vector. Sabedores de ello, los investigadores adoptaron criterios estrictos para verificar esas asociaciones, como comprobar que hubiera pruebas directas de la existencia del patógeno en el presunto hospedador, así como de la capacidad de este para transmitir el patógeno en cuestión (de actuar como vector).

Los patrones que detectaron a raíz de esos análisis resultaron sorprendentes. A medida que la humanización se ha ido extendiendo por la superficie del planeta, también lo han hecho los brotes de zoonosis, en tanto que el total de animales no hospedadores ha ido disminuyendo. En las regiones que han experimentado una transformación ambiental más intensa ha aumentado tanto la diversidad como la abundancia de los hospedadores, siendo este último el efecto más potente de los dos. La abundancia de roedores, murciélagos y aves canoras ha aumentado notablemente en los lugares dominados por la acción humana. En cambio, el efecto sobre la abundancia de los carnívoros y los primates ha sido mucho más limitado. Ahora bien, existe el riesgo de clasificar a un hospedador como una especie que no lo es si no se dispone de investigaciones minuciosas que detecten a los patógenos zoonósicos. Y para tener en cuenta este aspecto, Gibb y su equipo incorporaron al análisis un proceso estadístico de remuestreo denominado bootstrapping. De ese modo, pudieron reclasificar a los no hospedadores como hospedadores mediante un planteamiento que incluyó la cantidad de investigaciones publicadas sobre cada especie en cuestión. Las conclusiones a las que llegaron procediendo de ese modo siguieron siendo las mismas. 

Sobre el origen de las zoonosis

La pandemia de COVID-19 desatada por un coronavirus de origen animal ha concienciado a la ciudadanía de todo el mundo sobre la amenaza que suponen las enfermedades zoonóticas para el género humano. Pero con ese reconocimiento del problema también se ha difundido la idea errónea de que la naturaleza es la principal fuente de ese tipo de males. Una idea que se ve reforzada por visiones simplistas y populares sobre junglas plagadas de microbios nocivos, así como por algunos estudios. El equipo de Gibb matiza esa visión con una corrección importante: las principales amenazas en cuanto a las zoonosis provienen de aquellas regiones naturales que han sido convertidas en campos de cultivo, pastos para el ganado y zonas urbanas.

¿Es mera coincidencia que la fauna que prospera en los territorios humanizados entrañe a menudo un riesgo de zoonosis y que aquella en declive o extinta sea en general inocua? ¿Guarda relación la resiliencia de una especie frente a la alteración humana con el hecho de ser un vector de patógenos? Gibb y sus colaboradores han observado que no solo es más probable que las especies de fauna que florecen y se multiplican en los entornos transformados por el hombre actúen como vectores, sino que es más probable que alberguen en su cuerpo una mayor variedad de patógenos, y entre ellos los que son nocivos para nuestra especie.

En otro estudio reciente, Christine K. Johnson, de la Universidad de California, y sus colaboradores han adoptado un enfoque distinto para abordar las mismas preguntas generales. Según sus resultados, los mamíferos cuya área de distribución y abundancia siguen en aumento son portadores de más virus zoonóticos que los mamíferos en retroceso y amenazados. Esas observaciones respaldan investigaciones previas que documentan una suerte de solución intermedia entre el alto ritmo reproductivo que lleva asociado la resiliencia ecológica y la fuerte inversión inmunitaria que exige una carga reducida de patógenos. En otras palabras, aquellos animales cuyo modo de vida es similar al de una rata parecen tolerar mejor las infecciones que los demás. Otra explicación alternativa, que no excluye a la anterior, es que los patógenos generalistas, aquellos que tienen más posibilidades de saltar a nuevos hospedadores, tienden a adaptarse a los animales con los que tienen más posibilidades de tropezar en su periplo evolutivo. Y tales anfitriones son las ratas del planeta, no los rinocerontes.

Los análisis llevados a cabo por Gibb y por otros investigadores apuntan a que la restauración de los hábitats degradados y la protección de las zonas naturales que aún permanecen indemnes serían beneficiosas tanto desde el punto de vista sanitario como ambiental. De aquí en adelante, la vigilancia de los patógenos zoonóticos confirmados y potenciales probablemente será más fructífera si se centra en los entornos humanizados. 

Richard S. Ostfeld y Felicia Keesing/ Nature News & Views

Artículo traducido por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group. 

Referencia: «Zoonotic host diversity increases in human-dominated ecosystems». Rory Gibb, et al. en Nature, vol. 584, págs. 398–402, agosto de 2020. 

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