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18 de Mayo de 2021
Vida e información

Nosotros somos los alienígenas

A escala geológica, la aparición del «datosoma» humano puede compararse a una invasión extraterrestre o al impacto de un asteroide.

Algo muy antiguo, muy poderoso y muy especial se ha desatado en la Tierra. [AerialPerspective Works/iStock]

Los humanos somos extraños. Para ser una especie global, no somos particularmente diversos desde el punto de vista genético, algo debido en parte a que nuestras antiguas costumbres exploratorias provocaron «efectos fundadores» y «cuellos de botella» que redujeron nuestro acervo genético ancestral. También ejercemos un impacto realmente desmesurado sobre el planeta, sin que —al menos hasta ahora— el desgaste natural haya sido capaz de poner coto a nuestra influencia.

Sin embargo, lo más extraño de todo es la manera en que generamos, explotamos y propagamos una información que no estaba en nuestro material genético y que, a pesar de ello, viaja con nosotros a través del tiempo y el espacio. Buena parte de esa información está representada en formas puramente simbólicas (alfabetos, idiomas, códigos binarios), pero no solo. También lo está en cada ladrillo, cada aleación, cada máquina y cada estructura que construimos a partir de los materiales que nos rodean. Incluso lo simbólico acaba adoptando una encarnación material, ya sea en la tinta de nuestras páginas o en las cargas eléctricas de nanopiezas de silicio.

Este «datosoma» se ha convertido en una parte integral de nuestra existencia. De hecho, puede que siempre haya sido una parte integral y esencial de ella, desde que nuestra especie de homininos comenzó a diferenciarse hace unos 200.000 años. Esta idea, que discuto en mi libro The ascent of information (Riverhead, 2021) conduce a una serie de propuestas llamativas y provocadoras.

Consideremos nuestro impacto planetario. Si miramos la energía que consume nuestra especie, veremos que, de los cerca de 6 o 7 teravatios de potencia eléctrica que producimos en la actualidad, entre el 3 y el 4 por ciento se  ve engullido por nuestra electrónica digital y su capacidad de cómputo, almacenamiento y transporte de la información. Puede que eso no suene tan mal. Pero nuestro mundo digital crece a tal ritmo que, cada año, reclama un 40 por ciento más de energía. Incluso teniendo en cuenta las mejoras en la eficiencia de cómputo y en la generación energética, eso nos aboca a un mundo en el que, dentro de unos 20 años, toda la energía que generamos hoy será consumida únicamente por la electrónica digital.

Esta no es más que una faceta de la demanda energética del datosoma humano. Aún imprimimos en papel, y el coste energético de una sola página equivale a quemar unos cinco gramos de carbón de alta calidad. También los dispositivos digitales, desde los microprocesadores hasta los discos duros, son extraordinariamente exigentes en su producción, ya que implican una profunda reconversión de la materia con la que están hechos. Estamos luchando literalmente contra la segunda ley de la termodinámica para forjar todas esas estructuras exquisitamente ordenadas y de baja entropía a partir de materias primas que, en su estado natural, se encuentran desordenadas y poseen una entropía enorme. Es difícil avistar dónde se detendrá o enlentecerá ese tsunami informativo.

Todo ello plantea una pregunta. ¿Por qué exactamente estamos haciendo todo esto?

Una respuesta inesperada es que no lo estamos haciendo nosotros solos. Nuestro datosoma, aunque totalmente simbiótico —o incluso endosimbiótico—, parece ser un fenómeno con entidad propia. Podríamos decir que la única razón por la que Homo sapiens es una especie verdaderamente singular es porque ha coevolucionado con una enorme cantidad de información externalizada; desde los idiomas alojados en estructuras neuronales a través de generaciones, pasando por las herramientas y las abstracciones en cerámicas y pinturas rupestres, hasta el moderno mundo digital.

Pero una simbiosis implica que cada parte tiene sus propios intereses. Y vernos a nosotros mismos de esta manera nos obliga a preguntarnos si realmente somos nosotros quienes estamos tomando todas las decisiones. A fin de cuentas, en una visión de la biología centrada en los genes, un ser vivo no es más que un vehículo temporal para la propagación y la supervivencia de la información. En este sentido, el datosoma no es diferente. Y la forma exacta bajo la cual sobreviva la información importa menos que el hecho mismo de que consiga sobrevivir. Una vez que esa información y sus fundamentos algorítmicos están en el mundo, seguirán en él siempre que sea posible.

Un ejemplo muy claro lo hallamos en las grandes obras de la literatura universal, desde Lao-Tse hasta Shakespeare. Esos escritos, esos paquetes de información, han hallado una manera de persistir en el tiempo adhiriéndose a nosotros. Los leemos con avidez, reestructuramos nuestro cerebro para recordarlos y nos esforzamos en copiarlos y reproducirlos una y otra vez a lo largo de los siglos en todo tipo de idiomas y formatos. Pero esos textos no son solo memes: son más bien la germinación de un fenotipo humano extendido; uno que sigue sus propios procesos y que exhibe la capacidad de presionar al entorno para asegurarse la supervivencia.

Durante los 3000 o 4000 millones de años que lleva la vida en la Tierra, no parece que haya ocurrido nada igual. En una escala de tiempo geológica, la aparición del datosoma humano se asemeja a una súbita invasión extraterrestre o al impacto de un asteroide que desencadena una extinción masiva; algo que modifica el flujo de energía y el funcionamiento de la biosfera. En este mundo, la vida ya no es solo de carne y hueso. Por un capricho de la evolución, nuestra existencia como simios inteligentes y parlanchines ha ido de la mano de algo más: de nuevo truco para reestructurar la materia al servicio de un fenómeno con raíces muy profundas en la disposición estadística de los átomos y las moléculas; en su orden y desorden; en la entropía y su hermana, la información.

Mire ahora mismo a su alrededor. A las paredes de su habitación, a la silla en que está sentado, a la luz con la que está leyendo o a la pantalla donde aparecen estas palabras. Todas esas cosas están al servicio de los datos, de las ideas y de la entidad más poderosa del universo: la información. Puede que nuestro datosoma alienígena sea el presagio de lo que está por venir.

Caleb Scharf

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