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3 de Enero de 2020
Percepción

Nuevas esperanzas para quienes sufren ceguera a los rostros

Demuestran que jugar a una variante del famoso juego de mesa ¿Quién es quién? produce mejoras en las habilidades de reconocimiento facial de los niños. El hallazgo podría constituir un primer paso hacia un tratamiento de la prosopagnosia.

La prosopagnosia o ceguera a los rostros es un trastorno cognitivo caracterizado por la incapacidad de reconocer caras familiares y que afecta aproximadamente a un dos por ciento de la población. [iStock/Tidarat Tiemjai]   

Alicia tiene seis años. Le cuesta hacer amigos en la escuela y a menudo se sienta sola durante el recreo. Enseguida se pierde en el supermercado y cuando los padres van a recoger a los niños, se acerca a otros que no son los suyos. Una vez se separó de su familia durante una visita al zoológico y ahora tiene un miedo horrible a los lugares concurridos. Alicia tiene una enfermedad llamada prosopagnosia, también conocida como ceguera a los rostros. Esta dificultad para reconocer las caras afecta al 2 por ciento de la población. Como Alicia, la mayoría de esas personas nacen con el trastorno, aunque un pequeño número de ellas desarrolla dificultades de reconocimiento facial tras una enfermedad o una lesión cerebral.

Por desgracia, no parece sencillo lograr una mejoría en los pacientes aquejados de esta dolencia. No obstante, un estudio reciente dirigido por quien firma estas líneas y publicado en línea en la revista Journal of Experimental Psychology: General arroja resultados más prometedores: una mejora sustancial en las habilidades de reconocimiento facial de niños con un desarrollo típico (no aquejados de la enfermedad) después de jugar a una versión modificada del ¿Quién es quién? durante un período de dos semanas.

En la versión tradicional de este juego de mesa, cada jugador ve un conjunto de 24 caras dibujadas y selecciona una de ellas. Ambos contendientes se turnan para hacer preguntas de sí o no sobre el aspecto de la cara elegida por el otro, con las que generalmente indagan sobre el color de ojos, el peinado y accesorios como sombreros o gafas. Los jugadores usan las respuestas para descartar caras del conjunto; cuando solo queda una, habrán adivinado la identidad del personaje que escogió su oponente.

La versión experimental del juego seguía estas mismas reglas básicas, pero empleando caras reales que solo diferían en el tamaño de los ojos, la nariz o la boca o en la separación entre ellos. Es decir, que el peinado y la forma exterior de la cara eran idénticos, y los niños tenían que distinguir los rostros únicamente a partir de pequeñas diferencias en los rasgos internos. Se cree que esta manipulación refleja una estrategia de procesamiento crucial para el reconocimiento facial en el ser humano: la capacidad de tener en cuenta no solo el tamaño y la forma de las facciones, sino también el espacio que hay entre ellas.

Hay indicios de que las personas con ceguera a los rostros presentan alteraciones en esta capacidad de procesar las caras de manera «holística». El programa de entrenamiento basado en el ¿Quién es quién? pretendía aprovechar este vínculo. El juego presentaba 10 niveles de dificultad creciente (en cada nuevo nivel, las diferencias entre los distintos personajes eran menos evidentes). Los niños jugaron media hora al día durante 10 días cualesquiera de un período de dos semanas, pasando al siguiente nivel cuando ganaban dos rondas consecutivas.

Se realizaron tests de reconocimiento de caras y objetos antes y después del período de entrenamiento. Los niños que jugaron a la variante del ¿Quién es quién? mostraron una mejora media del 8 por ciento en la memoria de rostros respecto a los niños del grupo de control (que jugaron a la versión tradicional del juego durante el mismo lapso de tiempo), resultado que seguía manteniéndose al cabo de un mes. En cambio, no se observaron progresos en la memoria de objetos, lo que sugiere que el entrenamiento solo actúa sobre los mecanismos de reconocimiento facial del cerebro. Este hallazgo refuerza las teorías que sostienen que el reconocimiento facial depende de sistemas cerebrales especializados.

También apoyan estas teorías algunos resultados que sugieren que la capacidad de reconocimiento facial es en gran medida innata y, accidentes o enfermedades aparte, no puede ajustarse durante el desarrollo. La ceguera a los rostros no solo es hereditaria, sino que la capacidad de reconocimiento facial de los gemelos idénticos es mucho más parecida que la de los mellizos.

Sorprendentemente, la capacidad de reconocimiento facial presenta una larga trayectoria de desarrollo y continúa mejorando durante el comienzo de la edad adulta, hasta los 30 años. Sin embargo, hasta ahora había muy pocos indicios de que esta larga ventana de desarrollo ofreciera oportunidades para maximizar el éxito de una intervención. Por el contrario, los datos previos parecían indicar que la capacidad de reconocimiento facial no podía modificarse después de las primeras semanas de vida. Esta idea tiene su origen en el descubrimiento de que las personas que nacen con cataratas no desarrollan habilidades normales de reconocimiento facial o de procesamiento holístico aunque se eliminen las cataratas unos dos meses después de nacer.

Por consiguiente, el estudio basado en el ¿Quién es quién? desafía la noción tradicional de que entrenar el reconocimiento facial es inútil. Los niños que participaron en el estudio tenían entre cuatro y once años, y no se encontró ninguna relación entre la edad y el grado de mejora. De hecho, el único factor que predijo el alcance de los progresos fue el resultado en las pruebas iniciales: los niños que presentaban una peor memoria de caras antes del entrenamiento fueron los que mostraron las mayores ganancias, lo cual hace pensar que el programa será muy eficaz en personas con ceguera a los rostros.

Sin embargo, para poder emplear este método, es necesario que los cuidadores logren detectar la prosopagnosia en los niños pequeños. Aunque se piensa que la afección está presente desde el nacimiento, es fácil malinterpretar sus síntomas externos. Los cuidadores suelen identificar a los niños que parecen socialmente retraídos, pero muchos son despachados como «tímidos», «distraídos» o simplemente «difíciles».

Otro estudio reciente realizado por el mismo grupo abordó esta cuestión, identificando diversos síntomas conductuales de la ceguera a los rostros a partir de entrevistas con adultos con la enfermedad, sus seres queridos y los padres de niños afectados. Se encontraron dieciséis síntomas característicos, y los resultados indican que podrían detectarse desde el mismo momento en que el niño comienza la escuela, ya que, por lo general, esa será la primera vez que se encuentre con una gran cantidad de caras nuevas. Entre esos indicadores están las dificultades para devolverle un trabajo a un compañero concreto o al participar en juegos por equipos donde los integrantes de cada bando no llevan ningún elemento distintivo.

Como en el caso de Alicia, estas dificultades pueden acarrear graves consecuencias sociales. Los niños pueden experimentar dificultades en su desarrollo emocional y en su capacidad de hacer amigos. De hecho, a menudo se somete a los niños con prosopagnosia a pruebas para detectar otros trastornos del desarrollo, porque la escasa conciencia de esta afección impide comprender la verdadera causa de sus síntomas. Este desconocimiento profesional tiene importantes implicaciones en materia de seguridad, ya que los niños con ceguera a los rostros pueden perderse fácilmente en las excursiones escolares o acercarse a extraños al acabar las clases.

La necesidad de gestionar adecuadamente la prosopagnosia se puso de manifiesto en un segundo estudio basado en entrevistas, en el que también se extrajeron recomendaciones fundamentadas para enfrentarse a esta afección. Uno de las principales conclusiones fue la necesidad de informar a los educadores en caso de que un niño padezca la enfermedad. Los adultos con ceguera a los rostros recurren a estrategias compensatorias (como fijarse en la voz o la manera de andar) para reconocer a la gente en su vida diaria. Sin embargo, esos métodos suelen resultar demasiado complejos para los niños pequeños.

En definitiva, el estudio basado en la versión modificada del ¿Quién es quién? representa un primer paso hacia un muy necesario programa de intervención para niños con prosopagnosia, aunque aún queda por ver si los beneficios de realizar un entrenamiento facial en la infancia se mantienen en etapas posteriores del desarrollo.

Sarah Bate

Referencia: «Guess who? Facial identity discrimination training improves face memory in typically developing children», Sarah Bate, Amanda Adams y Rachel J. Bennetts en Journal of Experimental Psychology: General, octubre de 2019.

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