7 de Mayo de 2021
MEDICINA

Pistas sobre la COVID-19 persistente

Se empiezan a entender mejor las características de los síntomas que perduran hasta varios meses después del diagnóstico de la enfermedad.

La COVID persistente, que se caracteriza a menudo por una gran fatiga, afecta a muchos adultos de todas las edades.[iStock-nensuria]

La existencia de la COVID-19 persistente está de sobra demostrada. En todo el mundo, se han realizado estudios en los que, en un número importante de adultos de todas las edades, se han descrito síntomas que perduran pasados veintiocho días. Algunos trabajos publicados reconocen la persistencia de síntomas hasta tres y cuatro meses después de la enfermedad, e incluso seis meses en China, donde el seguimiento de los pacientes es más prolongado.

La dimensión de este fenómeno también se va precisando. En particular, el pasado 31 de marzo, un equipo británico, que trabaja junto con Daniel Ayoubkhani, del Instituto Nacional de Estadística del Reino Unido, evaluó su impacto en una gran muestra de pacientes. De los 47.780 pacientes que ingresaron en el hospital por COVID-19 y posteriormente se reintegraron a su domicilio, casi una tercera parte tuvo que volver en un plazo de 4,5 meses después del alta, y más de uno de cada 10 falleció después del alta; ello supone, respectivamente, un porcentaje 4 veces mayor que en los pacientes hospitalizados y 8 veces mayor que los pacientes que murieron en el grupo de control durante el mismo período (este grupo estaba formado por personas que no habían contraído la COVID-19).

También se ha empezado a clasificar bien los propios síntomas. Su lista es larga y diversa, como han comunicado recientemente Elaine Wan y sus colaboradores del Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia, en Nueva York: fatiga, debilidad muscular, dolores articulares, dificultad para respirar, tos, alteración del sueño, sensación de cabeza espesa, dolores de cabeza, anosmia, palpitaciones, dolores en el pecho, tromboembolia, disfunción renal, caída del cabello, problemas intestinales y hepáticos, etcétera.

Basándose en estos datos, varios equipos han propuesto pistas para identificar a las personas con riesgo de COVID persistente y adaptar la atención médica que necesiten. En especial, Claire Steves y su equipo, del King College de Londres, observaron —tras el seguimiento de un grupo de 4182 casos de COVID— que las personas que presentaban más de cinco síntomas durante la primera semana de la enfermedad tenían un riesgo mayor de experimentar COVID persistente.

Sin embargo, a pesar de todos estos progresos, sigue planteada una gran pregunta: ¿cuáles son las causas de la persistencia? Existen muchas hipótesis. Algunas son bastante clásicas: daño prolongado de los tejidos, inflamación crónica, presencia del virus en forma latente… Otras son más osadas. Por ejemplo, algunos investigadores apuntan a una disfunción de las mitocondrias, los orgánulos celulares que proporcionan energía a la célula. El estrés celular que esta disfunción comporta se asocia a una fatiga crónica similar a la observada en la COVID-19 persistente. Otras hipótesis invocan a un daño del tronco encefálico, que regula funciones tan dispares como la respiración, el ritmo cardíaco y el tránsito intestinal; también garantiza el vínculo entre el cerebro y los nervios periféricos, funciones que están alteradas en las personas con COVID-19 persistente. Por último, diversos equipos señalan similitudes con otros síndromes postinfeciosos, como los que aparecen después de la enfermedad de Lyme o del síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés), que apareció en el año 2003. Estos estudios son solo un comienzo, pero una cosa es segura: la investigación sobre la COVID-19 persistente es del todo imprescindible.

Marie-Neige Cordonnier

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