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26 de Enero de 2021
Inteligencia extraterrestre

¿Por qué podrían querer visitarnos los extraterrestres?

La idea presupone que somos fascinantes, pero ese no es necesariamente el caso.

Anastasiia Shavshyna/iStock

Es presuntuoso pensar que somos dignos de atención por parte de las especies avanzadas de la Vía Láctea. Para ellas, bien podríamos ser un fenómeno tan poco interesante como son las hormigas para nosotros; a fin de cuentas, cuando caminamos por la acera rara vez nos detenemos a examinar cada hormiga que se cruza en nuestro camino.

El Sol nació en la recta final de la historia de formación estelar del universo. Eso implica que a mayoría de las estrellas son miles de millones de años más antiguas que la nuestra. De hecho, numerosas estrellas similares al Sol ya han consumido su combustible nuclear y se han enfriado hasta convertirse en enanas blancas, remanentes compactos del tamaño de la Tierra. Hace poco hemos descubierto que aproximadamente la mitad de las estrellas semejantes al Sol albergan un planeta del tamaño de la Tierra en su zona habitable, donde es posible que exista agua líquida y la química necesaria para la vida.

Como los dados de la vida se han lanzado en miles de millones de lugares de la Vía Láctea con condiciones similares a las de la Tierra, es probable que la vida tal y como la conocemos sea común. Si así ocurre, algunas especies inteligentes podrían llevarnos miles de millones de años de ventaja de desarrollo tecnológico. Al sopesar los riesgos que conllevaría interaccionar con otras culturas menos avanzadas, como la nuestra, esas civilizaciones podrían optar por abstenerse de contactarnos. El silencio que implica la paradoja de Fermi («¿dónde está todo el mundo?») podría significar que no somos la más atractiva de todas las opciones.

Para hacernos una idea de cómo son los demás seres humanos, es razonable mirarnos en el espejo. Ello se debe a que cada uno de nosotros comparte una herencia genética con los demás. Pero eso no tiene por qué ocurrir con la vida en otros planetas. Por ejemplo, los animales y la vegetación del exoplaneta habitable más cercano, Próxima Centauri b, podrían ser asombrosamente distintos de los terrestres. En particular, esos animales bien podrían tener unos ojos de mirada extraña, adaptados para detectar la radiación infrarroja emitida por Próxima Centauri, cuya temperatura superficial es la mitad que la del Sol.

Dado que Próxima b se encuentra veinte veces más cerca de su estrella que la Tierra del Sol, es de esperar que presente acoplamiento por marea; es decir, que al orbitar en torno a su estrella muestre hacia ella siempre el mismo lado, del mismo modo que la Luna siempre nos enseña la misma cara. Las especies que residieran en el hemisferio permanentemente iluminado podrían ser muy distintas de las que habitasen en el lado nocturno y más frío, las cuales presentarían diferentes ciclos de sueño. La vegetación del planeta estaría adaptada a captar la luz infrarroja, y su «borde rojo» estaría situado en una longitud de onda más larga que el de las plantas terrestres. Como resultado, la hierba en el jardín de nuestros vecinos podría ser de color rojo oscuro, y no verde como la nuestra.

Más difícil aún resulta prever como sería una tecnología miles de millones de años más avanzada que la nuestra. Al buscar signos de inteligencia extraterrestre, deberíamos prestar atención a las anomalías captadas por nuestros telescopios y no precipitarnos a barrer señales inesperadas bajo la alfombra del conservadurismo. Si nuestros instrumentos no son lo suficientemente sensibles, o si nuestras técnicas de búsqueda no son las adecuadas, nunca descubriremos señales tecnológicas de otras civilizaciones. Procesar los datos sin los algoritmos adecuados de aprendizaje automático puede ser como lanzar una red al mar que nunca atrapará ningún pez por la sencilla razón de que sus agujeros son demasiado grandes.

Nuestras búsquedas de vida extraterrestre se basan en lo que vemos en el espejo. Tras la invención de las telecomunicaciones y el láser, comenzamos a buscar señales de radio y láser provenientes del espacio exterior. Lo mismo ocurrió cuando comenzamos a considerar la tecnología de las velas solares. Puede que, si seguimos imaginando nuevas técnicas, acabemos encontrando aquella que nos permita detectar a las especies alienígenas que la emplean.

No obstante, deberíamos tener cuidado con aquellas observaciones anecdóticas que no cumplen los estándares del análisis científico. Esto incluye diversas teorías de la conspiración que van y vuelven de manera periódica, así como informes sobre ovnis que no resisten el escrutinio de la reproducibilidad, un requisito previo para poder tomarlos por datos científicos creíbles. En particular, los avistamientos de ovnis suelen basarse en indicios que siempre se hallan en el límite de lo detectable. Dado que nuestros métodos para captar imágenes han mejorado de manera considerable con el paso del tiempo, cabría esperar que una fotografía borrosa tomada por una cámara de hace cincuenta años se convirtiera en una imagen perfectamente nítida en las cámaras actuales, lo que proporcionaría pruebas más allá de cualquier duda razonable.

Pero tales indicios son siempre marginales, lo que implica que lo más probable es que los ovnis sean fenómenos naturales o fallos de nuestros instrumentos. Para resultar científicamente creíble, cualquier hallazgo de un objeto inusual debería ir seguido de un estudio cuantitativo de ese o de otros objetos similares mediante procedimientos científicos bien documentados. Las pruebas científicas ponen coto a nuestra imaginación y nos salvan de las ideas descabelladas.

La paradoja de Fermi es pretenciosa porque supone que los seres humanos gozamos de algún tipo de importancia cósmica. En realidad, puede que seamos banales y que, al igual que ocurrió con los dinosaurios, estemos condenados a perecer como consecuencia de alguna catástrofe. ¿Por qué nuestros vecinos galácticos iban a preocuparse de lo verde que es nuestra hierba? Dado que las estrellas enanas, como Próxima Centauri, son mucho más numerosas que las similares al Sol, la mayoría de los planetas habitables podrían estar cubiertos de hierba roja oscura, la cual resultaría tan seductora a los ojos infrarrojos de la mayoría de los turistas espaciales como la hierba verde lo es a los nuestros. De ser así, las agencias de turismo interestelar podrían considerar que Próxima b es un destino mucho más atractivo que la Tierra. Podemos preguntarnos, como hizo Enrico Fermi, por qué todavía no han llegado turistas espaciales para admirarnos. Pero, mejor aún, podríamos intentar ponernos en contacto con Próxima b e invitar a sus habitantes a que vengan a compartir con nosotros una bebida a base de agua.

Abraham Loeb

Referencias: «The occurrence of rocky habitable-zone planets around solar-like stars from Kepler data», Steve Bryson et al. en  The Astronomical Journal, vol. 161, art. n.o 36, diciembre de 2020.

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