11 de Abril de 2022
Medicina

Un estudio cuestiona la utilidad de los pulsioxímetros en casa para pacientes con COVID-19

El uso adicional de estos aparatos no ofrecía ningún beneficio frente a un sistema de monitorización mediante mensajes de texto, que preguntaba por los síntomas con frecuencia.

Foto [iStock/Oleksandr Shatyrov]

La dificultad para respirar (disnea) es uno de los síntomas clave de la COVID-19, especialmente en los casos más graves. Esta dificultad respiratoria aparece por el daño en los pulmones desencadenado por la infección por el SARS-CoV-2, que provoca una neumonía. Si esta afectación respiratoria es importante, el intercambio de gases se altera y se produce un marcado descenso de los niveles de oxígeno en sangre (hipoxemia). Aunque la mayoría de las personas que sufren hipoxemia por la COVID-19 sienten que se están asfixiando (con mayor o menor intensidad), hay pacientes que pueden llegar a tener niveles muy bajos de oxígeno, no ser conscientes de ello e incluso hacer vida normal: una condición denominada hipoxemia silenciosa.

La hipoxemia silenciosa podría suponer un peligro para la vida de los individuos que la padecen. Estas personas no sienten la falta de oxígeno y, por tanto, no buscan atención médica por ello o, cuando sienten la disnea, la neumonía podría estar más avanzada y el pronóstico sería más sombrío. Fue este hecho el que motivó a diversas instituciones sanitarias y colectivos médicos de numerosos países (incluyendo a España) a aconsejar el uso de pulsioxímetros para monitorizar en los hogares la saturación de oxígeno en sangre en personas con COVID-19 o con sospecha de padecerla, sobre todo en colectivos vulnerables como ancianos. De esta forma, los pacientes pueden detectar con rapidez el descenso de oxígeno en sangre (sin esperar a tener síntomas) y acudir antes a Urgencias.

A pesar de que esta recomendación a favor de los pulsioxímetros tenía una clara justificación médica, no existían ensayos clínicos que valorasen su utilidad real. ¿Realmente ayudaban a que los pacientes acudieran antes a Urgencias y tuvieran un pronóstico mejor o, por el contrario, provocaban un mayor consumo de recursos sanitarios sin un beneficio demostrado? Un reciente estudio publicado como carta en la revista The New England Journal of Medicine arroja algo de luz sobre esta cuestión.

El ensayo clínico, realizado por investigadores de la Universidad de Pennsylvania en seis hospitales de Estados Unidos entre diciembre de 2020 y febrero de 2021, comparó dos grupos de pacientes. En un grupo, 1.041 individuos (606 de ellos con COVID-19 confirmado) estuvieron bajo aislamiento en casa y monitorizados por un servicio de telemedicina automático (COVID Watch) a través de mensajes de texto en los que se preguntaba periódicamente por sus síntomas (la valoración de la disnea era subjetiva). Aquellas personas que informaban  de sensación de falta de aire recibían la llamada de una enfermera en menos de una hora para profundizar en cada caso y orientar sobre la acción más adecuada: seguir la monitorización en casa, acudir a Urgencias, concertar una consulta médica no presencial urgente...

El otro grupo, de 1.056 personas (611 con COVID-19 confirmado), estaban monitorizados por el mismo servicio de telemedicina y, además, contaban con un pulsioxímetro para evaluar su saturación de oxígeno en el hogar de forma objetiva. Los participantes debían informar de sus niveles de saturación de oxígeno dos veces al día. Si esta saturación descendía de forma marcada o era igual o inferior al 90 % se activaba una alarma.

Cerca del 78 % de los participantes en el grupo que contaba con pulsioxímetros enviaron al menos un registro de este aparato a los servicios sanitarios. De media, estas personas enviaron casi 10 registros durante su participación en el ensayo clínico, lo que suponía el 70 % del volumen de los datos generados cada vez que utilizaban los pulsioxímetros para estudiar su saturación de oxígeno en sangre.

Los investigadores esperaban que el uso de pulsioxímetros ayudaría de dos maneras. Por un lado, que los pacientes que sufrían hipoxemia silenciosa acudirían antes al hospital. Por otro, aquellos que sentían disnea, pero que tenían niveles normales de oxígeno, podían seguir en casa bajo monitorización, sin tener que acudir al médico.

Sin embargo, el ensayo no encontró ninguna diferencia en cuanto a días de supervivencia y días fuera del hospital entre los pacientes con COVID-19 bajo el programa de telemedicina estándar y aquellos que revisaban sus niveles de oxígeno en sangre con un pulsioxímetro. Tampoco se observaron diferencias en ningún otro resultado analizado: ansiedad de los pacientes, frecuencia de visitas a Urgencias, confianza a la hora de gestionar la COVID-19... Esto se cumplía para todos los pacientes, sin importar su etnia. Un hecho en el que se profundizó porque los pulsioxímetros son menos fiables en personas negras. La única diferencia entre ambos grupos consistía en que aquellos con pulsioxímetros contactaban con más frecuencia por teléfono al sistema de salud (una llamada más, de media) y generaban más alarmas.

Ante estos datos, los autores concluyen que los pulsioxímetros no aportan beneficio clínico añadido a un programa de monitorización sanitaria a distancia por mensajes de texto (que sí demostró disminuir la mortalidad de pacientes COVID-19 en un ensayo anterior). Además, estos aparatos también conllevan un incremento del gasto en recursos sanitarios. No obstante, es importante destacar que no se conoce cuál podría ser la utilidad de los pulsioxímetros en aquellas personas que no cuentan con dicho servicio de telemedicina. Quizás en dicho caso sí ofrezcan una ventaja clínica, sobre todo cuando existe sobrecarga asistencial, pero el ensayo clínico descrito no permite averiguarlo.  

 

 

Esther Samper

Referencia: «Pulse Oximetry for Monitoring Patients with Covid-19 at Home — A Pragmatic, Randomized Trial», Kathleen C. Lee, Anna Morgan et al. en The New England Journal of Medicine, publicado en línea, 6 de abril de 2022.  

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