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24 de Diciembre de 2018
Astronomía

Un recordatorio: dos años de la muerte de Vera Rubin

Una breve semblanza de la astrónoma que desempeñó un papel clave en el descubrimiento de lo que se interpretaría como la existencia de una materia oscura.

Vera Rubin, en el centro, fotografiada durante un congreso que patrocinó la NASA en 2009 dedicado al papel de las mujeres en la astronomía [Jay Freidlander, NASA].

El día de Navidad parece tener un significado especial en el mundo de la astronomía, y no por estrella alguna que brille sobre Belén, sino por los grandes astrónomos que empezaron a vivir o dejaron de hacerlo ese día. Isaac Newton nació, según el calendario juliano, el 25 de diciembre de 1642, y otra gigante de la astronomía, Vera Rubin, murió el día de Navidad de 2016, a los 88 años, tras una carrera profesional con la que cambió, pese a tanto como tuvo en contra, nuestra forma de concebir el universo.

Rubin estudió astronomía en Vassar y quiso doctorarse en Princeton, pero las mujeres no fueron admitidas allí en los programas de doctorado en astronomía hasta 1975, algo realmente singular, y detestable, dado el importante papel que las mujeres han desempeñado en la astronomía del último siglo. Tras cursar un máster en física en Cornell, donde estudió con gigantes como Richard Feynman y Hans Bethe, y también con el brillante y poético Philip Morrison, se cambió a la Universidad de Georgetown. En 1954 completó su doctorado bajo la supervisión de otro prodigio de la física, George Gamow. Asistía a clase por la la noche; su marido la esperaba en el coche porque ella no sabía conducir.

Sus primeras investigaciones fueron sobre el movimiento de las galaxias. Demostró que, además de su recesión uniforme, ligada a la expansión del universo descubierta por Hubble, la mayoría tiene pequeños movimientos peculiares que se deben a su aglutinación gravitacional en cúmulos. Mientras, contribuía al mantenimiento de su familia; crió a cuatro niños a la vez que enseñaba a tiempo parcial en un community college (un centro donde se imparte el primer ciclo de estudios universitarios), el del condado de Montgomery, y en Georgetown, a cuyo claustro se incorporó en 1962. Logró alcanzar el suficiente reconocimiento durante este período como para convertirse en la primera mujer a la que se le permitió utilizar los instrumentos del Observatorio de Palomar, en 1965; ese mismo año se trasladó al Departamento de Magnetismo Terrestre de la Institución Carnegie, en Washington, donde permaneció durante el resto de su carrera.

El mayor descubrimiento de Rubin ocurrió unos años más tarde, cuando empezó su colaboración con Kent Ford. Había trabajado ya anteriormente con él, en el estudio del movimiento de la Vía Láctea relativo a una gran muestra de galaxias distantes; vieron que nuestra galaxia tenía una velocidad considerable con respecto al flujo de fondo de la expansión del universo. Ahora iban a investigar las estrellas y el gas de la cercana galaxia de Andrómeda. Cinco años después de su incorporación al Departamento de Magnetismo, Rubin comunicó, con Ford, que la rotación de Andrómeda era anómala. Sus partes externas estaban girando tan deprisa que, si la única masa que la mantenía unida era la que veían los telescopios, la galaxia se tendría que haber disgregado ya.

Casi 40 años antes, el astrónomo Fritz Zwicky había observado movimientos locales anómalos dentro del lejano cúmulo de Coma; de ahí también se deducía que había más masa en ese sistema de lo explicable con la materia visible, pero no se tuvo en cuenta en aquel tiempo. Contemporáneamente con las observaciones de Andrómeda de Rubin y Ford, el astrónomo australiano Ken Freeman observó una rotación anómala similar en otras galaxias espirales, una indicación más de la existencia de lo que ahora se conoce como materia oscura. En su momento, estas observaciones fueron bastante polémicas. Recuerdo haber oído hablar de los trabajos de Rubin en la década de 1970, aunque yo solo estaba estudiando la carrera por entonces; siempre había advertencias sobre las dificultades que los efectos sistemáticos suponían paran la astronomía, ya que podían nublar las conclusiones.

Sin embargo, Rubin trabajó incansablemente a lo largo de los años, junto con Ford y otros colaboradores, para confirmar esos resultados, no solo en Andrómeda, sino también en nuestra propia Vía Láctea. A finales de la década de 1970, cuando yo ya estaba haciendo el doctorado, la materia oscura había empezado a contar con una amplia aceptación; en la de 1980, su existencia dominaba la construcción de modelos cosmológicos, y su influencia llegó finalmente no solo a la astronomía, sino a la física de partículas. Desde entonces, no solo se ha confirmado la existencia de materia oscura en casi todos los sistemas astronómicos a gran escala, sino que se ha sondeado su naturaleza mediante la observación precisa de la radiación cósmica del fondo de microondas, que no solo limita la cantidad de materia oscura, sino que descarta que esté formada por los constituyentes de la materia normal —los protones y los neutrones–. Este hecho juega un papel vital en nuestro conocimiento de la formación de galaxias, ya que si no hubiesen podido contraerse con rapidez en los pozos de potencial gravitatorio creados tempranamente por la materia oscura, no habría habido tiempo suficiente para que las pequeñas fluctuaciones observadas en el fondo de microondas creciesen lo suficiente, por la gravedad, como para que hoy hubiese las galaxias que vemos.

Por sus trabajos, Rubin recibió una serie de premios; fue la segunda mujer que recibió la Medalla de Oro de la Royal Astronomical Society (la primera fue Caroline Herschel, en 1828). Fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y recibió la Medalla Nacional de Ciencias en 1993 por sus investigaciones pioneras de la materia oscura. Pero Vera Rubin fue además una maravillosa mentora para los jóvenes científicos. Era cálida y estaba ansiosa por ayudar a cualquiera que la buscara. Recuerdo que en la década de 1980 necesité, siendo yo un joven profesor asistente de Yale, algunas cifras para un libro que estaba escribiendo sobre la materia oscura. Me puse en contacto con Rubin de sopetón, y unos días después recibí su cálido apoyo y las cifras.

A lo largo de su carrera, fue una brillante modelo para las jóvenes, a las que alentaba a que se dedicasen a la astronomía y estudiaran el universo, y se empeñó dentro de las organizaciones profesionales en que se garantizase la equidad para las científicas. Pero Rubin no se define por su género, ni será recordada por él, sino por sus notables contribuciones como científica. Como una vez escribió: “[...] mis números significan más para mí que mi nombre. Si los astrónomos siguen usando mis datos en el futuro, ese será el mayor cumplido”.

Lawrence M. Krauss / Scientific American Blog Network

Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Scientific American.

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