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21 de Octubre de 2019
Exploración espacial

Una nueva idea para terraformar Marte

El uso de aerogeles de sílice podría facilitar el cultivo de alimentos en zonas localizadas del planeta vecino sin necesidad de transformar globalmente la atmósfera.

La superficie de Marte se caracteriza por una sequedad y un frío extremos (izquierda). Las propuestas tradicionales para hacer el planeta menos hostil a la vida han sugerido aumentar globalmente la densidad de su enrarecida atmósfera (derecha). [NASA/Centro Goddard de Vuelos Espaciales]

En julio de 2019, un artículo publicado en Nature Astronomy analizaba qué sucedería si algunas zonas de Marte se cubriesen con capas de aerogel de sílice de dos o tres centímetros de espesor. El estudio, firmado por Robin Wordsworth, Laura Kerber y Charles Cockell (de Harvard, Caltech y la Universidad de Edinburgo, respectivamente) se preguntaba por nuevas formas de imaginar la terraformación de Marte; es decir, de hacerlo más adecuado para la vida tal y como la conocemos aquí en la Tierra.

En el planeta rojo los organismos terrestres deberían hacer frente a varios problemas. Marte solo cuenta con una atmósfera muy ligera y compuesta en su mayoría de dióxido de carbono, por lo que la superficie del planeta se encuentra bañada por la dañina radiación ultravioleta procedente del Sol. Dicha superficie es además muy seca, y aunque se cree que hay agua subterránea, la mayor parte estaría congelada. El regolito del suelo incluye una hostil combinación de compuestos, entre ellos perclorato de amonio, usado en ocasiones en el combustible para cohetes. Y el planeta es además muy frío, sobre todo por la noche y durante los meses de invierno en ambos hemisferios.

Las ideas tradicionales para terraformar Marte han sugerido que varios de esos problemas podrían resolverse haciendo más espesa la atmósfera marciana. A tal fin, una opción consistiría en liberar las enormes reservas de CO2 congelado que hoy se encuentran en los casquetes polares, pero la mera escala de un proyecto así lo aleja como opción práctica. Además, quedan abiertas las preguntas, perfectamente legítimas, sobre la idoneidad de transformar un entorno prístino (y con posibles organismos propios, al menos mientras no se demuestre lo contrario) solo porque nos apetece hacerlo.

Como alternativa, Wordsworth y sus colaboradores sugieren un enfoque «agrícola», o localizado. Los aerogeles de sílice son extremadamente porosos y ligeros. Pero, al mismo tiempo, generan un efecto invernadero de estado sólido, ya que son bastante opacos a la radiación infrarroja pero parcialmente transparentes a la luz visible y a aquella más energética.

Si el aerogel se colocara sobre una región de regolito rica en hielo (cerca de los polos, por ejemplo), podría bastar una década para que dicho efecto invernadero calentase el suelo hasta muchos metros de profundidad. Además, la sílice bloquearía la luz ultravioleta más dañina. Las temperaturas alcanzarían cotas que, al menos bajo tierra, permitirían la existencia de agua líquida durante gran parte del año. Y en un entorno semejante, en el que la luz aún llega a la superficie, cabe imaginar la proliferación de microorganismos fotosintéticos, especialmente si la capa de aerogel es hermética y capaz de mantener una cierta presión bajo ella.

Por supuesto, la pregunta de si un organismo terrestre —o marciano, en caso de haberlo— podría sobrevivir en tales condiciones es extremadamente incierta. Haría falta algún suministro continuo de nutrientes y el aerogel tendría que fabricarse a escala industrial. Al respecto, los autores señalan que las algunas diatomeas marinas ya son buenas manufactureras de partículas de sílice amorfo. Y tal vez podría desarrollarse una biología sintética que construyese su propio invernadero en Marte.

Con todo, puede que el aspecto más interesante del estudio sea el de ofrecer una alternativa a la «terraformación global» de Marte por medio de un enfoque local, o «agrícola». El impacto sobre el conjunto del planeta podría reducirse al mínimo, al tiempo que sus recursos naturales se explotarían de forma sostenible. De hecho, al mantener la mayor parte del planeta en su estado natural y desolado, las probabilidades de un cambio ecológico catastrófico se reducirían de manera significativa. Y puede que, para cultivar alimentos, sea mejor cubrir con aerogel algunas zonas de Marte que levantar colosales biosferas y toda la infraestructura necesaria.

Caleb Scharf

Referencia: «Enabling Martian habitability with silica aerogel via the solid-state greenhouse effect»; Robin Wordsworth, Laura Kerber y Charles Cockell en Nature Astronomy vol. 3págs. 898903, julio de 2019.

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