Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Abril de 2020
Biología

¿Volcanismo o impacto? Un rápido fin cae sobre el debate de la extinción de los dinosaurios

La paleontóloga Pincelli Hull ha determinado con gran precisión el momento y velocidad de la extinción que mató a los dinosaurios. Los detalles contienen advertencias inquietantes para nuestros días.

A principios de año, Pincelli Hull se atrevió con la disputa de la que se ha dicho que es «la más enconada de la ciencia» [Beatrice de Gea para Quanta Magazine].

La última vez que fue el fin del mundo se conjugaron dos cataclismos. Sobre un lado del planeta cayó un asteroide perdido como uno de esos yunques de los dibujos animados; perforó el borde de la península de Yucatán y penetró hondamente en la corteza terrestre. Más o menos al mismo tiempo, hace 66 millones de años, un millón de kilómetros cúbicos de lava borbotearon hasta la superficie y desprendieron en la atmósfera dióxido de carbono y azufre, con su capacidad de alterar el clima, y formaron las que hoy se conocen como las Traps (o «escaleras») del Decán, en la actual India.

Capas de roca muestran alrededor del mundo lo que pasó a continuación. Los dinosaurios, aparte de los pájaros, no sobrevivieron. Tampoco los amonites, parecidos a los calamares, que se enroscaban como los cuernos de los carneros, ni diversos reptiles marinos, entre ellos los plesiosaurios (digan lo que digan las teorías de la conspiración sobre el lago Ness). Pero como el asteroide y el volcanismo se encontraban tan cerca en el tiempo, los geólogos se han pasado años fortificando sus posiciones en una polémica cada vez más acre acerca de cuál de los dos fenómenos tuvo la culpa. En 2018, la revista The Atlantic decía que el debate era «la disputa más enconada de la ciencia».

Hasta hace poco, Pincelli Hull se había mantenido fuera de la pelea. En su subdisciplina, los fósiles marinos planctónicos, se consideraba que el impacto era obviamente la única causa de la extinción del Cretácico-Paleógeno. Se centraba, por el contrario, en cómo se recuperó la vida, no en aquello que casi acaba con ella. «Había mucho que hacer sin sacar a nadie realmente de sus casillas», dice Hull, paleontóloga de la Universidad de Yale.

Eso cambió con el tiempo. Primero, un amigo paleontólogo que trabajaba en otros períodos de tiempo sostuvo que no había duda de que contribuyeron tanto el asteroide como el volcanismo. «Recuerdo que me irritó», dice Hull. «No es tu tema de estudio; ¿cómo tienes una opinión sobre eso?»

Pero cuando comprendió que los investigadores que analizaban otros registros de la extinción pensaban que la teoría del volcanismo era una cuestión aún abierta y no solo un punto de vista minoritario, hizo por entenderlos. Muchos de esos científicos trabajaban en formas más exactas de datar con exactitud la erupción de las Traps del Decán; quiso conocer las pruebas que estaban haciendo aflorar.

Se sabía desde hacía mucho que la erupción de las Traps del Decán se produjo como mucho unos millones de años antes de que cayera el asteroide. Pero en 2015 un grupo de la Universidad de Princeton estrechó mucho ese lapso. Vieron que la lava empezó a brotar de la tierra solo 250.000 años antes del impacto y siguió haciéndolo durante 500.000 años. El año pasado calcularon que se produjo un brote grande de lava solo decenas de miles de años antes del impacto. (Al mismo tiempo, un grupo de Berkeley sostuvo, por el contrario, que un gran brote empezó justo después).

Puede parecer que no es más que una oscura querella cronológica, pero  es importante: si las Traps del Decán liberaron lava y gas justo antes de que cayese el asteroide, cabrá atribuir al menos parte del exterminio posterior al cambio climático creado por los volcanes. «Hizo que pensara 'pues bueno, entonces es que el problema sigue pendiente'», dice Hull.

No pensaría así mucho tiempo. Se hizo cargo de la dirección de un proyecto en el que cooperaban investigadores de instituciones de distintas partes del mundo que, a principios de este año, ha publicado una cronología definitiva de cómo se fue desarrollando la hecatombe entre los pequeños fósiles de los océanos. El equipo fue siguiendo los cambios de la temperatura mundial a lo largo del tiempo. El planeta se calentó antes del impacto, descubrió Hull, pero se volvió a enfriar antes de que llegase el asteroide. Y mientras que el episodio de calentamiento no parece que esté correlacionado con extinciones marinas, tras el impacto desapareció bruscamente más del 90 por ciento de las especies de plancton. El estudio indica que el efecto principal de las Traps del Decán fue la de guiar la evolución posapocalíptica de las especies supervivientes, no la de impulsar la extinción misma.

Hull en el Museo de Historia Natural Peabody de la Universidad de Yale, del que es conservadora ayudante. Los amonites, como el espécimen irisado de la derecha, fueron unas de las muchas víctimas de la extinción K-T [Beatrice de Gea para <em>Quanta Magazine</em>].

Quanta le ha preguntado a Hull acerca del cataclismo (cuyo nombre se abrevia a menudo como extinción K-T) y sobre su profundo amor a las criaturas planctónicas; también sobre en qué se parece aquella extinción a la que hoy está en marcha. La entrevista se ha resumido y corregido para que resulte más clara.

¿Recuerda cuándo oyó hablar por primera vez de la extinción de los dinosaurios? Cuando yo era niño, siempre se le echaba la culpa al impacto del asteroide.

Tengo que reconocer que de niña no me interesaban los dinosaurios ni lo más mínimo. Me metí en todo esto un poco reculando. Soy de Ohio y me crié sin ver el mar. Me acuerdo de la primera vez que lo vi y de la primera vez que vi amplificado el plancton, esas cosas que había en el agua. Me enamoré de lo extraño que era; ¡era una locura su rareza! Así que al final escogí hacer el doctorado sobre los ecosistemas oceánicos modernos y solo entonces fue cuando me puse a estudiar las extinciones masivas; en líneas generales, se puede decir que fui retrocediendo desde el presente.

El raptor <em>Deinonychus</em> y Hull en el Centro de Ciencia Medioambiental de la Universidad de Yale [Beatrice de Gea para <em>Quanta Magazine</em>].

En algunas charlas ha contado que dejó el instituto para salir a navegar. 

La clave de esta historia es que soy una procrastinadora crónica. En vez de hacer mi proyecto de graduación en el instituto estaba con el ordenador viendo cómo podría navegar por el mundo. Dejé a medias mi último año de bachillerato para ir a la Asociación de Educación Marina en Woods Hole y recibí alguna formación en oceanografía, historia marítima y literatura. Me embarqué en un buque oceanográfico y me gustó tanto que no quería ir a la universidad. Mis padres estuvieron en el plan de ¿y si pruebas con la universidad un semestre? Pero probé con la universidad un semestre y me quedé hasta el final.

Empezó su carrera estudiando los ecosistemas modernos pero de ahí saltó a la extinción que acabó con los dinasaurios. ¿Es ese un momento, 66 millones de años atrás, al que resulte lógico saltar?

La gente se pregunta si estamos o no estamos en medio de una extinción masiva en estos mismos momentos. La extinción masiva más reciente es la K-T y su influencia es tan grande que la verdad es que la puedes ver, con una huella muy profunda. Otra razón de que venga bien estudiar la gran extinción masiva más reciente es que a medida que nos alejamos más en el tiempo se tienen exponencialmente menos archivos fósiles, ya que el mundo entero es en esencia una gigantesca fábrica de reciclado de roca.

Hull y sus colaboradores recogen, preparan y analizan una vasta biblioteca de microfósiles extraídos de los sedimentos de las profundidades del mar [Beatrice de Gea, <em>Quanta Magazine</em>].

¿Significa eso que es raro extraer del fondo del mar un testigo que llegue siquiera sea hasta esa extinción?

Ya lo creo. Soy bióloga, y cuando llegan los testigos se produce no poca  expectiva, pero como la crea mirar las nubes. Viene a ser como ¡ay, otro tuvo de barro marrón!, ¡otro tubo de barro grisaceoazulado! Pero cuando te topas con una frontera como la K-T, es atronador. Es sobrecogedor.

¿Recuerda la obtención de los testigos en que se basa su nuevo artículo?

Muchos de esos datos se conocían hace tiempo, la verdad. Participé en una expedición en 2012 en la que extrajimos una de esas sobrecogedoras secciones de la frontera K-T, y nos emocionó lo bella que era. Estaba tan bien conservada. Me pasé toda la noche, entiéndase al pie de la letra, levantada tomando fragmentos diminutos de la muestra a lo largo de la frontera K-T con unos amigos, algunos de los coautores del [nuevo] artículo. Hicimos montañas de análisis químicos muy, muy básicos, análisis isotópicos del carbono y del oxígeno. Y cuando tienes al final los resultados, ves que se trata del registro más aburrido del mundo.

¿Por qué era aburrido?

Lo aburrido es que estás mirando millones de años del final del Cretácico. El clima se despierta, se calienta un poco, o se enfría, se calienta, se enfría. Pero lo cierto es que no hay mucho que decir. Y entonces, justo cuando el impacto, todos los registros enloquecen. La historia, la aburrida historia, y la interesante, es que se produjo una cierta cantidad de volcanismo antes de la frontera, pero los registros son bastante estables en todo momento. Muestran un ligero calentamiento y un ligero enfriamiento. Pero nada como para que repiquen las campanas. Lo único que te salta a los ojos es el impacto. En el fondo del mar todo se vuelve loco.

Muchas especies de plancton con conchas de carbonato cálcico, como las que se ven aquí, se extinguieron en la frontera K-T, lo que indica que los océanos se acidificaron como consecuencia del impacto del asteroide. Estos fósiles tienen más o menos el tamaño de un grano de sal [Beatrice de Gea para <em>Quanta Magazine</em>].

¿Por lo tanto, confirmó la que usted pensaba que era la historia estándar y por eso abandonó el asunto?

Sabía que había algo que contar ahí, pero en aquel momento me interesaban otros temas. Así que me dediqué a otras cosas y luego a otras. Pero en esas se publicaron dos artículos en 2019. Usaban dos cronómetros geológicos diferentes para datar las Traps del Decán. Lo que contaban acerca de cuándo empezó el principal pulso de lava era bien diferente. Los investigadores de Princeton decían que empezó justo antes del impacto; los de Berkeley, que justo después hubo uno grande. Me di cuenta de que era mi momento. Podíamos usar los datos de nuestro fondo marino para poner de verdad a prueba esas dos hipótesis.

¿Con qué se encontró?

Los datos en que nos fijamos en este estudio eran en realidad datos de temperatura. Ejecutamos entonces una serie de modelos del ciclo del carbono para intentar ver si podíamos simular esos registros de temperatura. Si hubo ese volcanismo en marcha antes del impacto, tuvo que terminar unos 200.000 años antes [para reproducir las temperaturas que se ven]. Y si nos fijamos en las especies, veremos que en realidad no se extinguió nada en ese momento. Todas las especies que se movieron hacia latitudes más altas por el calentamiento retrocedieron después. Los ecosistemas reaccionaron a ese calentamiento, que seguramente se debió al volcanismo, pero volvieron a su estado base normal de antes del impacto.

Y entonces, cuando se produce el impacto, todo se vuelve loco. Ahora no hemos sufrido el impacto de un asteroide, pero su trabajo ¿nos dice algo sobre lo que está pasando hoy?

Algunas de las extinciones masivas que vemos en el registro fósil debieron de desarrollarse durante cientos de miles de años. Se trata de un conjunto de mecanismos diferentes del que intervino en una extinción como la de la frontera K-T,  de la que sostenemos que se produjo en el curso de cientos de años. Cientos de años es una escala humana de tiempo. Es lo que estamos haciendo ahora.

Lo que dice el estudio es que la extinción K-T es quizá en verdad un buen análogo de lo que pasa ahora por lo rápido, rápido que es. No estamos hablando de que el volcanismo vaya dándole fuerza a la extinción. Basta con unas circunstancias verdaderamente malas durante unas décadas o unos pocos cientos de años.

Nos pone los pies en el suelo

Esta es otra de las razones de que me dedicase al registro fósil. Cuando practicaba la biología de conservación moderna al principio de mi doctorado me deprimía mucho. Sentí que las cosas antiguas eran suficientemente abstractas como para no tener que pensar en ello demasiado.

Y en escalas de tiempo suficientemente largas, la nota alegre la pone el que, como decía Stephen Jay Gould, la vida nunca se ha extinguido por completo desde que surgió. La vida, en su conjunto, tiene mucho aguante. Pero las especies que son dominantes antes de una extinción masiva casi nunca son las dominantes después. Y eso ya lo creo que nos pone los pies en el suelo. Si uno se irrita con la humanidad, puede pensar que, bueno, algún otro tendrá una oportunidad. Estoy bastante esperanzada en que la vida seguirá, y cuando la vida sigue es pero que muy interesante y creativa. Eso es bueno. Pero como ser humano, siento preocupación por nosotros, y es deprimente.

Joshua Sokol / Quanta Magazine

Artículo traducido por Investigación y Ciencia con el permiso de QuantaMagazine.org, una publicación independiente promovida por la Fundación Simons para potenciar la comprensión pública de la ciencia.

Referencia: «On impact and volcanism across the Cretaceous-Paleogene boundary», de Picelli M. Hull et al., en Science, 17 de enero 2020: vol. 367, número 6475, págs. 266-272.

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.