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1 de Julio de 2006
Bioética

Las drogas: un enfoque neuroético

El LSD y otros alucinógenos no son tóxicos, ni crean dependencia. Amplían la conciencia y en ocasiones llegan a proporcionar profundas sensaciones anímicas. ¿Deben prohibirse?

GEHIRN UND GEIST / MEGANIM

En síntesis

En pequeñas dosis, ciertas sustancias psicoactivas no son tóxicas ni crean adicción. ¿Existe razón para su ilegalización o deberíamos integrarlas en nuestra cultura?

La neuroética debe ponderar las consecuencias fisiológicas del consumo de sustancias, además de valorar el equilibrio entre los riesgos físicos, psíquicos y sociales y el grado de satisfacción que produce su influencia en el cerebro del que consume.

Si existiesen leyes precisas se podría regular el acceso a las sustancias que influyen en el grado de consciencia. En este supuesto, la heroína o la cocaína nunca dispondrían de un permiso de circulación.

Las tres experiencias citadas muestran hasta qué punto una acción farmacológica sobre el cerebro humano puede desencadenar cambios drásticos en las vivencias subjetivas. Aldous Huxley y los alumnos de teología del experimento de Walter Pahnkes en la Universidad Harvard vivieron una profunda experiencia anímica.

Tales estados de consciencia tienen muchos puntos en común. Por un lado, son desencadenados por sustancias psicoactivas que en pequeñas dosis no son tóxicas ni crean adicción. La mezcalina, que se obtiene del peyote, y la psilocibina, que se extrae de cierto hongo (Psilocybe mexicana), no producen ningún daño en el cuerpo. También la sal de cocina o el agua pueden considerarse dañinas y letales si superan determinado umbral. Lo mismo vale para el LSD, sintetizado en 1938 por Albert Hofmann, de los laboratorios Sandoz en Basilea. Cinco años más tarde él mismo descubrió el efecto alucinógeno del alcaloide.

Por otro lado, estas experiencias comparten un mismo estigma social, y por ello se ha convenido en declarar ilegal su consumo. Se consideran sustancias estupefacientes, pese a que no guardan relación alguna con los estupefacientes. No obnubilan la consciencia, sino que la estimulan y amplían.

Ante estas experiencias, la neuroética se pregunta si hay razón para tal ilegalización o si debiéramos mejor integrarlas en nuestra cultura. ¿Hay circunstancias en las que los ciudadanos libres de un país libre permitan disponer libremente de ellas? Tenga presente, además, el neuroético que, cuanto mejor conocemos los mecanismos neuroquímicos del cerebro humano, tanto mayor es el número de drogas disponibles en el mercado negro.

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